Un yogurt con 17 toppings

La Carlota, bajo las nubes grises, era un campo de guerra; iban y venían fotogramas y pinceladas de lo que, cada vez más, parece una guerra civil. Las detonaciones, veloces y vivaces, tronaban sin recato por todos los rincones; nadie sabía hacia dónde mirar. La Guardia Nacional, organizada en barricadas móviles, cerraba el paso cada vez más estrecho;  las posibilidades de huir iban despareciendo. Un Schnauzer, desorientado y tembloroso, escondía la cola entre las patas; tenía amarrada una bandana tricolor que era el epítome de mucha estupidez. Los escudos, pintados con diversas consignas patrioteras, resistían la represión rigurosa; ¿qué sería de las dictaduras si no existiese la fuerza bruta?

Andrea, tras experimentar un dolor que no le era familiar, cayó al asfalto; un proyectil la alcanzó por la parte del talón. Tres encapuchados, profiriendo gritos que parecían un lenguaje ajeno, la levantaron y la llevaron a un lugar más seguro; Andrea, recostada, veía todo el enfrentamiento, experimentaba, en carne propia, una suerte de teicoscopía. Las líneas telefónicas, al igual que los paramédicos directos, estaban colapsadas; Andrea tenía que esperar mientras sentía el contacto del plomo y el hueso. Otros manifestantes, de distintas e impensables formas, iban colapsando; parecían pinos débiles en la mesa de un mal boliche. Un motorizado, identificado con una cruz verde y simétrica, la ayudó a subir al vehículo; a toda marcha se fueron a la clínica.

Por suerte, Andrea, ya pasados unos días, está fuera de peligro; hoy, o mañana, la dejarán irse a casa. Andrea, durante una época, trabajó en la misma franquicia de Yogen Früz en la que su papá servía de gerente. Cuántas veces no habremos comido con descuento (y, a veces, gratis) gracias a ella. Sin embargo, hubo una en especial que es la que me encantaría recordar en este texto.

Volvíamos de casa de Juan Pablo. Andrea, ebria, al igual que yo, cantaba, sacando la cabeza por la ventana del copiloto, una estrofa de Desorden Público: “Y eso mismo ocurre a todos, placeres que vuelven loco, que tu cuerpo sea tu reino, marcha hereje hasta el infierno”. El cinturón de seguridad, siempre tolerante, se enroscaba y se desenroscaba al mismo ritmo de los movimientos coreográficos de Andrea; el sonido, apenas distinguible entre el de las bocinas, me daba risa nerviosa: “fuuuush”, “wuiuuuuuu”, “fuuiuuushh”. La autopista, como es costumbre en la Caracas de madrugada, estaba casi desierta; las vallas, a veces, son las mejores acompañantes para los conductores solitarios. Dos luces de policía, azules y rojas, daban, a lo lejos, vueltas sobre su eje; lo poco que quedaba de autoridad para esa época.

-Tomás, tengo una idea.

-¿Cuál, Andrea?

-Adivina qué tengo en el bolso.

-¿Un Triceratops?

-No.

-¿Dos Triceratops?

-¿No tienes hambre?

-Siempre.

-Tengo las llaves del Yogen Früz.

-Vamos, pues.

Mal estacioné, un poco a la intemperie, sobre la acera. Nos bajamos. Andrea, tras sacar las llaves de su bolso y luego de más de quince intentos (no exagero), abrió el candado de la santamaría y luego la puerta del local. Cerramos todo luego de pasar. Andrea, un poco a tientas, encendió las luces y activó unos suiches que hicieron girar las máquinas a las que les colocaba la mezcla contenida en unos grandes envases asépticos. Desde una alacena, extrajo un bol plateado.

-Tomás, ¿de qué lo quieres?

-Andrea, eso es demasiado grande.

-Tú dijiste que tenías hambre. Vamos a llenar esto de yogurt helado y nos lo comemos.

-¿De qué hay toppings?

-De todo.

Galletas, chocolate, sirope, maní, avellanas cubiertas, chispitas. La mezcolanza, a pesar de lo grande del bol, parecía que se iba a desbordar. 17 Toppings. Nos sentamos en unos cojines rosados y comimos, al igual que dos niños. Fue un crimen precioso, un robo sin víctimas y con mucha alegría (aunque, evidentemente, no nos lo terminamos), un campo de dulce guerra, no como La Carlota.

 

Tomás Marín

 

 

 

 

 

¡Epa, se volvió loco!

Ignacio, luego de peinarse hacia atrás el mechón que se balanceaba sobre su frente, enlaza un nuevo nudo en su pulsera roja y negra del Milan, los hilos están ya casi desteñidos. Luis Benjamín, casi gimiendo a causa del cansancio, se arremanga la chemise azul en cuyo brazo hay un delfín bordado, es la rúbrica de la textilera en la que trabaja su madre y que le brinda el 50% de su vestimenta. Yo, secándome de la cara el sudor que empapa mi gorra/boina de los Leones (equipo que, a fin de cuentas, no me gusta), arrojo, con la mayor cantidad de fuerza que me es posible, la agrietada pelota de goma con el siniestro objetivo de “quemar” a Juan Pablo, he fallado por sólo unos centímetros. El recreo, reposo en medio de las tediosas charlas de octavo grado, aún dispone de algunos minutos de vida, mas todo tiene su final, y lo sabemos. El sol, fresco pero cálido, abrillanta el asfalto del escondido patio en el que nos hallamos; en teoría, no podemos jugar allí, pero nos sentimos la banda de Al Capone.

María, encargada de atender la casi clandestina cantina que está al lado, saca, desde una cava de anime, un paquete de chistorras, empacadas al vacío, que su esposo ha traído directamente desde Madrid; tienen una pinta increíble, parecen brillar. La plancha, recién lijada, comienza a exhalar esa especie de vaho que desprenden los elementos a exceso de temperatura; todos estamos asomados sobre el mostrador, es un espectáculo hechizante. La manteca, al hacer contacto con la ibérica mezcolanza de carnes de cerdo, da su nota característica: tsssssssst, ese sonido inconfundible de la fritura que, a los catorce años de edad, en pleno bachillerato, no es una amenaza para el físico ni para la salud. Los panes canilla, que desprenden migas desde su corteza al ser abiertos de tajo con un cuchillo afilado, son adobados con salsas que preceden al relleno principal; una composición dadaísta de blancos, rojos y naranjas sobre un lienzo beige de harina de trigo. Las latas de malta, que anuncian un sorteo en el que, supuestamente, hay miles de premios, escapan, en fila india, desde la nevera promocional; están heladas, cubiertas de gotas frías que asemejan al rocío de Eos.

Luego de digerir, en siguiente recreo, nos dividimos en dos equipos y ponemos a rodar el viejo balón Adidas que Luis Benjamín ha traído desde su casa. Yo, sin pensarlo, me coloco de portero; durante el último año, en los juegos que he disputado en el colegio y en el Club Miranda, he descubierto que no soy tan malo. Ignacio, hábil con las piernas, regatea a Luis Alejandro mientras éste, con movimientos bruscos, intenta contraatacar; Ignacio imita, con exagerado y gracioso acento, a los narradores argentinos de la televisión por Cable.

-Ahí va Ignacio Ayala, la estrella del Milan, miren cómo se la lleva.

-Marico, te la voy a quitar.

-¡Epa! Luis Alejandro no sabe qué hacer, el público delira.

-Bro, de qué te sirve presumir tanto, si no puedes avanzar.

-Los camarógrafos aman a Ayala, Dios mío, no puede ser esta habilidad. ¡Qué Ronaldinho ni qué Ronaldinho!

Luis Alejandro, frustrado aplica la de muchos profesionales, empuja a Ignacio, éste cae al suelo, no se hace daño.

-¡Epa, se volvió loco! ¡Una falta digna de roja, señores, una falta digna de roja!

A nuestro mundo, de FIFA, de salidas al cine con las muchachas del Andes, de deportes improvisados, de rock y de almuerzos compartidos los viernes en nuestras casas, no le dista mucho para ser perfecto. La Venezuela de 2004, con todo y sus traspiés, aún es un país habitable; todavía es una atmósfera para que un grupo de amigos adolescentes pueda ser legítimamente feliz. Hoy en día, trece años después, cuando el comunismo ha terminado de arrasar con todo, sólo quedan las ruinas y un grupo de adultos dispersados, esperanzados, tristes, hacedores de proyectos, que se ven, de vez en cuando, sólo para lamentar el presente y sonreír al pasado. El tiempo nunca está a gusto con lo que tiene, siempre quiere más. Con las dictaduras sucede igual, con la única diferencia de que, al final, el mismo tiempo, al igual que el timbre de nuestro recreo, les anuncia que llega el final y las convierte en sangre y polvo.

 

Tomás Marín.

 

 

 

Cinco obras de teatro que deben ser leídas (VII)

“Hipólito”, de Eurípides.

La maquiavélica diosa Cipris (Afrodita), al no ser idolatrada ni celebrada en su vanidad por el joven Hipólito, se ensaña contra éste y articula su desgracia a través de Fedra, su madrastra, quien se obsesiona, perdidamente, con él. Tras un error de la enterada nodriza, Hipólito rechaza a Fedra, quien, por temor a ser humillada, decide ahorcarse no sin antes dejar una misteriosa tablilla en la que acusa a Hipólito de querer deshonrarla. Teseo, padre de Hipólito, cegado, descarga toda su ira contra su hijo, desencadenando la satisfacción de Cipris y arribando a una reflexiva conclusión. Con cuidada y estética poesía, rúbrica del antiguo teatro griego, se destaca el lamento en antístrofa de Teseo, quien, delante del cuerpo de Fedra, exclama: “Bajo la tierra, bajo la tiniebla, quiero habitar, en la sombra, muerto, desgraciado de mí, privado de tu compañía muy querida pues has matado más de lo que te has aniquilado”. También es digno de señalar las últimas palabras del corifeo, quien afirma: “Común este duelo a todos los ciudadanos ha venido, sin esperarlo. Será un batir de lágrimas abundantes, pues el recuerdo de quienes son grandes merece lutos inextinguibles”.

 

“El sí de las niñas”, de Leandro Fernández de Moratín.

Una de las piezas más aclamadas y celebradas en la historia del teatro español. El bueno de Don Diego, hombre rico de 58 años, espera ansioso su casamiento con Francisca, una joven moza de sólo 16. La desigual unión ha sido posible mediante la intervención de Doña Irene, la ambiciosa madre de Francisca. Una de las mayores preocupaciones de Don Diego es que su “Paquita” no lo ame genuinamente, situación que posee un gran fundamento, pues Francisca está enamorada de Don Carlos, el joven sobrino del maduro pretendiente. La gran reflexión en torno a la libertad de elección en el amor (mucho más vulnerada en 1806, año en el que se escribió se resume en el pequeño monólogo de Don Carlos, quien, conmovido, exclama: “Todo se permite, menos la sinceridad. Con tal que no digan lo que sienten, con tal que finjan aborrecer lo que más desean, con tal que se presten a pronunciar, cuando se lo manden, un sí perjuro, sacrílego, origen de tantos escándalos, ya están bien criadas, y se llama excelente educación la que inspira en ellas el temor, la astucia y el silencio de un esclavo”.

 

Los pintores no tienen recuerdos, de Darío Fo.

Una de las primeras comedias de Darío Fo, premio Nobel de Literatura. Un “pintor” y su jefe son contratados por una obsesiva viuda con el fin de acomodar unas piezas de tapicería (aunque ellos sin tapiceros propiamente). Un accidente, sumado a diálogos realmente hilarantes, desencadenan la confusión y la comedia  en esta audaz farsa para clown. Un trío de chicas misteriosas, imantadas a una estatua de cera que yace sentada en el sofá de la sala, discuten sobre su lugar en la residencia. La agilidad para el planteamiento del humor inteligente juega como rúbrica a favor de una trama corta que asegurará la risa sana. Un ejemplo radica en uno de los primeros diálogos entre el Pintor y la Viuda: “Claro, ustedes saben más de estas cosas. Comprenda que soy una mujer”. “¡Ja, ja , ja! Ya me había dado cuenta… por el collar”. “Por cierto… el presupuesto… cuánto me van a cobrar por dos cortinas… verá, soy una pobre viuda y no dispongo de mucho…”. “¿Es viuda?”. “Sí…”. “Yo también”. “¿También es viuda?”. “…No… yo soy viudo”. “Ya… ay, qué malo es quedarse solo… usted me comprende, verdad… espero que me haga un buen precio…”. “Sí, pero del precio tiene que hablar con mi jefe”. “¿También es viudo?”. “No, él no…”. “¡Lástima!”. “Pero su mujer sí…”. “¿Su mujer?…¿Pero cuándo ha muerto? Hace poco estaba aquí y no me parecía…”. “No… su mujer es viuda, pero del primer marido…”.

 

“No hay ladrón que por bien no venga”, de Darío Fo.

Un ladrón, con todo el sigilo que le es posible al amparo de la noche, entra a robar en una majestuosa y señorial casa que se encuentra solitaria, actúa como todo un profesional. Su esposa, que no cesa de demandarle cariño y atención, lo llama, por teléfono, constantemente a su lugar de “trabajo”. El dueño del lugar, junto a una misteriosa mujer, entra a su hogar cuando el ladrón aún no ha salido, todos actúan como inquietos perseguidos. Un sinfín de malentendidos, hilarantes y convergentes, se acumulan a medida que más y más personajes van entrando en escena; se desvela que todos los seres humanos son menos inocentes de lo que se aprecia a simple vista. El epítome de la pieza se resume en las palabras del dueño de la casa, quien, al igual que casi todos los presentes, al verse sorprendido, alega: “Los malentendidos no se explican…, si no, ¿qué clase de malentendidos son?”

 

“El hombre deshabitado”, de Rafael Alberti.

Un hombre subterráneo, desesperado y triste, es sacado de las profundidades y dotado con cinco sentidos que fungen como balcones para explorar el mundo y sus infinitas posibilidades, no puede estar más sorprendido y agradecido. Una hermosa mujer, recién despertada, será su acompañante en el nuevo trayecto, ambos residirán en un edén doméstico junto al mar (elemento recurrente en las obras de Alberti). La tentación, personificada en una muchacha vulnerable y pletórica de belleza, arriba por “accidente” al entorno, desembocando la caída generada por lo más bajo y mundano que envuelve el corazón de las personas. Esta obra teatral es un himno tanto al libre albedrío como un sutil guiño al pesimismo. Dos momentos son notoriamente sublimes y preciosos a lo largo de la trama. Uno de ellos es el monólogo del Vigilante Nocturno: “Ciudades, naciones enteras, se mueren rebosadas de hombres como tú: trajes huecos que no desean nada, movidos tan sólo por un aburrimiento sin rumbo. Mira. ¿Ves? Esa esquina van a doblarla hombres y mujeres sin vida, muertos de pie, que andan a tropezones por todas las calles del universo. Humanidad hastiada, viviendas vacías, repintadas por fuera para disimular el abandono y obscuridad en que viven por dentro… Aquello afirman que es una mujer. Y que es joven y que además es guapa. Pero yo te digo que es sólo el molde hueco de una careta del albayalde…Un muchacho, un adolescente, dicen que es aquello que ahora va a doblar la esquina. Y yo te juro que es solo una chaqueta, un traje ciego, sin camino”. El otro es la advertencia de la Tentación: “No me voy. He llamado a tu casa para pasar la noche, o quizá toda la vida. Ya lo sabes: para pasar la noche o la vida entera. Y tendrás que matarme, que arrebatarme después de muerta hasta la playa. Y aún así no te verás libre de mi persona, de este cuerpo macizo que tú aún no conoces: el mar y el viento volverán a arrojarme contra los muros de tu alcoba, contra la misma cabecera de tu cama. Si me echas, te quedarás sin sueño, te lo juro. Muerta, continuaré presente en todos tus instantes”. 

 

Tomás Marín.

tomasmarind@hotmail.com

 

Cinco obras de teatro que deben ser leídas (VI)

“El maravilloso traje de color vainilla”, de Ray Bradbury.

Un grupo de hombres decide reunir sus escasos ahorros para, entre todos, comprar un elegante traje que los haga lucir como personas apuestas y exitosas. La condición es que a cada uno le será asignado un día de la semana para utilizarlo. Cuando uno de ellos, el mismo día de la compra, rompe las reglas asignadas para poder andar con la indumentaria, se generará la angustia, el caos y la exposición de la dependencia humana hacia las trivialidades. Esta deliciosa y ágil comedia escarba en la balanza donde se sopesan los intereses personales, la ilusión de éxito, los gozos y la amistad.

 

“Ascensión y caída de la ciudad de Mahagonny”, de Bertolt Brecht.

Tres cazafortunas, quienes por accidente quedan varados en mitad del desierto, deciden fundar una ciudad de belleza y placer a través la cual poder adquirir el dinero de los visitantes. Cuatro amigos, atraídos por la buena publicidad del lugar, arriban a Mahagonny (el nombre de la ciudad) y se deleitan con los cigarros, con el whisky y con las mujeres. El hartazgo de uno de ellos que, cansado de la trivialidad, desea huir, sumado a la noticia de un devastador huracán que se aproxima, hará que los habitantes de Mahagonny decidan vivir en el extremo del hedonismo y la anarquía. Es inolvidable la línea que resume el comportamiento: “Primero, no olvidéis, viene el comer y luego viene el amor. El boxeo no te puedes perder y el beber es también de rigor. Pero, sobre todo, debes saber que aquí todo lo puedes hacer. (Si tienes dinero, eh)”.

 

“Vuelo sobre el océano”, de Bertolt Brecht.

De manera fabulada, se relata la aventura emprendida por Charles Lindbergh sobre el Atlántico, a bordo del legendario “Espíritu de San Luis”, en su intención de unir América y Europa mediante un vuelo aéreo. Las condiciones, las personas (en su mayoría escépticas) y los elementos, mediante ingeniosos diálogos y reflexiones, debatirán con el aviador y lo harán dudar acerca de las capacidades humanas. Esta pieza breve es un himno dedicado a los logros humanos en la carrera por alcanzar lo que, durante largos siglos, se ha considerado imposible. Entre tantos fragmentos destacables, uno de los más simbólicos es el dicho por la Niebla: “Ahora tienes 25 años y temes pocas cosas, pero cuanto tengas 25 años y una noche y un día temerás más. Pasado mañana y 1.000 años después seguirán existiendo agua, aire y niebla pero tú no existirás”.

 

“La vida es sueño”de Calderón de la Barca.

Clásico indiscutible de la literatura universal, la pieza narra, en versos que engloban una filosofía sorprendente y humanista, dos historias paralelas y entrelazadas. La primera (y principal) es la de Segismundo, hijo del rey y legítimo príncipe heredero que, gracias a una advertencia del hado, es encadenado, durante toda su vida, en el interior de una mazmorra bajo el cuidado y la educación de Clotaldo. El rey (Basilio), desafiando al hado, liberará a Segismundo y le hará gobernar con la particularidad de hacerle creer que todo se trata de un sueño. Por el otro lado, Rosaura, una aventurera acompañada del gracioso Clarín, llega a Polonia (lugar en el que se desarrollan los hechos) a resolver una afrenta. Una rebelión popular apoya a Segismundo, desencadenando la trama que ondea en el poder de los seres humanos y su capacidad, mediante la nobleza, de enfrentarse a la predestinación. Todos los monólogos en esta obra son una gema, pero es particularmente especial uno de los discursos finales de Segismundo: “¿Tan parecidas a los sueños son las glorias, que las verdaderas son tenidas por mentirosas y las fingidas por ciertas? ¡Tan poco hay de unas a otras, que hay cuestión sobre saber si lo que se ve y se goza es mentira o es verdad! ¿Tan semejante es la copia al original, que hay duda en saber si es ella propia? Pues, si es así, y ha de verse, desvanecida entre sombras, la grandeza y el poder, la majestad y la pompa, sepamos aprovechar este rato que nos toca, pues, sólo se goza en ella lo que entre sueños se goza”.

 

Eloísa está debajo de un almendro, de Enrique Jardiel Poncela.

Una deliciosa combinación de comedia y thriller. Mariana, joven hermosa y aristocrática, se siente imantada al misterio que encierra Fernando. Fernando, por su parte, tiene, gracias a Mariana, una especie de alucinación obsesiva marcada por coincidencias referentes al suicidio de su padre, ocurrido años atrás. Poco a poco, la trama, que cuenta con personajes entrañables y divertidísimos, va encaminándonos hacia un crimen terrible que involucra a personajes bañados en la locura y en el delirio: un despechado que lleva 21 años sin levantarse de la cama, un criado temeroso de no perder la cordura, una mujer que, cada sábado, espera ladrones en su casa, una muchacha que desapareció sin dejar rastro. Hermosa es la reflexión que hacen Mariana y Fernando con respecto a la idealización del amor: “Por otra parte, el romanticismo, el idealismo excesivo, es como una dolencia que conduce a la soledad. ¿No lo sientes tú así?”. “Completamente. Porque se cree y se espera tanto del amor, que, a fuerza de creer en él y de esperar de él, falta decisión para personificarlo en nadie…” “¡Justo!”  “…por miedo a que la persona elegida esté demasiado por debajo de la soñada”.

 

Tomás Marín

Periodista residente en Madrid.

tomasmarind@hotmail.com

 

 

Ojalá gane Pablo Iglesias

Mi mamá, con casi dos días sin dormir, arrastra su maletín con amargura y cansancio, la falta de sueño es la peor enemiga de la cordura. Mi papá y yo, que hemos estado despiertos durante el mismo tiempo, nos sentamos en el piso de granito; por fin hemos llegado a España luego de las interminables horas del agotador viaje que, saliendo de Caracas, hizo una larguísima escala en Bogotá. El aeropuerto de Barajas, con un inquieto fluir de personas a las diez de la mañana, nos brindará seis horas de descanso hasta que abordemos el avión que nos trasladará a Viena, vamos a visitar a mi hermana. Nuestros ojos, opacos y rojizos, buscan, en la pantalla que anuncia las salidas, el número y la puerta que coincidan con nuestros boletos. Los altavoces, con voz nítida, repiten su mensaje una y otra vez: “Bienvenidos al aeropuerto Adolfo Suárez de Barajas”.

Las mesas de revisión de equipaje, largas y esbeltas, están repletas de bártulos que son revisados por los encargados de seguridad, es un proceso mecánico y veloz. La correa, incansable, va transportando bolsos, laptops, morrales y celulares hacia el arco de rayos X, cualquier elemento sospechoso hará activar la alarma. El monitor, antiquísimo, muestra un fondo blanco sobre el que desfilan formas y figuras indescifrables ante la atenta y seria mirada del inspector, quien tiene un dedo sobre el botón rojo, listo para activarlo ante cualquier anomalía. El cierre del maletín de mi papá es abierto, con cierta violencia, por las manos enguantadas de una señorita uniformada. Un tarrito de Nucita, sellado, origina la discusión entre mi padre y la señorita; yo lo había encontrado, una semana antes y después de mucho buscar, en un centro comercial medio destartalado de Prados del Este y, como sé que a mi hermana le encanta, se lo llevaba como obsequio.

-¿Qué es esto, señor?

-Nucita. Es un dulce muy famoso en Venezuela. Se lo estamos llevando a mi hija.

-Pero esto no puede ir aquí.

-¿Por qué?

-Está prohibido.

-Pero no nos dijeron nada en Venezuela ni en Colombia.

-Lo siento, señor, pero esto es la Unión Europea.

-¿No hay manera de llevarlo en la maleta de equipaje?, aún falta mucho para el vuelo.

-Eso no es asunto mío. Yo lo que sé es que esto no puede pasar de aquí.

-Pero es un regalo para mi hija.

-Lo siento, señor.

-¿No puedo hablar con alguien para ver si es posible llevarlo a equipaje? Revíselo si quiere, no tiene nada.

-No

La señorita, parsimoniosa, arroja, con displicencia, el tarro de Nucita, aún sin abrir, en las fauces circulares de un contenedor de basura; el proceso debe continuar, no puede detenerse. Mi papá, con frustración evidente en su cara, rellena el Maletín y se lo cuelga en el hombro, no podemos darnos el lujo de enlutarnos por el dulce caído en desgracia; tanto nadar (desde Prados del Este) para morir en la orilla (de Barajas). Mi mamá, incólume, se nos ha adelantado varios metros, ya sólo queda pensar en Viena. Mi papá, alejándose hacia la zona de las tiendas, se voltea y pronuncia, a la señorita, una de las frases más épicas que he escuchado alguna vez: “Ojalá, algún día, gane Pablo Iglesias, para que tú sepas lo difícil que es conseguir un dulce en un país destrozado”. La señorita, acomodándose el flequillo y sin dejar de trabajar, exhala un suspiro a la vez que responde con alivio: “ni lo quiera Dios, señor, ni lo quiera Dios”.

 

T.M.

 

 

Caracas arde, Alejandra

Caracas arde, Alejandra; el asfalto hierve entre torres de humo y círculos de fuego. La gente, empapada de adrenalina, corre impulsada por una tempestad de hartazgo y de pánico, no se regalan ni un minuto para detenerse a mirar. Los hombres armados, desde sus corazas distópicas, escupen y disparan mientras dan gracias al dios que les ha concedido ese trabajo. Las vallas y los afiches se prestan, en sacrificio, para la construcción de barricadas, toda defensa es noble en el ensayo de una guerra civil. Nuestro mundo, gangrenado entre tenazas, va sufriendo infartos progresivos, el torrente se ha detenido tras la tercera detonación.

Las bombas, Alejandra, son fantasmas que cada vez dan menos miedo, no tienen más rúbrica que una fecha vencida y una danza en espiral. El monstruo, vomitando los últimos restos de su bilis negra y venenosa, se tambalea mientras suda frío, arroja lamentos de pólvora que son rugidos de titán moribundo. Los malvados, con yesqueros y látigos, se devoran a dentelladas; sobre los rateros, temblorosos y minúsculos, cae todo el peso del derrumbe. Los celulares, aguantando los golpecitos de dedos veloces, encauzan la estampida de mensajes de calma y noticias falsas: “Mami, estoy bien, me he resguardado en casa de Paty. Te amo”; “Cuatro millones de cadáveres desperdigados en medio de la avenida Universidad”. Los cínicos, con la cara desdentada y los estómagos vacíos, se ríen nerviosos, sueltan la carcajada histérica del condenado que ve brillar, camino al cadalso, el hacha del verdugo.

Nuestros soldados, Alejandra, no cuelgan dagas curvas de sus cinturones ni se protegen las cabezas con cascos de centurión; hacen más respirando en Caracas que todos los que, desde el extranjero, ondeamos banderas tricolor y componemos poemas insulsos e idiotas. La historia escribe sus páginas sobre kilómetros de ruinas que una vez fueron ciudad, en aquel césped en donde papá nos llevaba a jugar y a comer helado cuando éramos niños, en aquel caballito descascado que nos hacía felices porque no estaba jineteado por el imbécil de Bolívar.

Anoche soñé contigo, Alejandra, tratábamos de sacarle melodías a un organillo diminuto; nuestro inconsciente nunca será domado por tanquetas ni ballenas, un PNB se hace pedazos en los espacios oníricos en donde tenemos el derecho inalienable de andar contentos. Me siento mal estando acá, me sentiría mal estando allá; a veces siento que he nacido para ser un nómada abrigado por el recuerdo del recuerdo del recuerdo de un país. Qué bien vendría otro abrazo tuyo, Alejandra, otro cuento de hilandera, otra tertulia literaria calentada por el humo de un café. Pero Caracas arde, Alejandra, y, entre tantos santos muertos, eres mi única heroína.

T.M.

Estampa de la Caracas trasnochada

Nos desplazamos a bordo del viejo Corolla de Pinky, parece un milagro que siga rodando luego de tantas décadas prestando servicio. El viento gélido de la Caracas madrugadora golpea nuestras caras a través de las ventanas abiertas, es refrescante y delicado en su violencia. La Francisco Fajardo está desierta, tan sólo dos lejanas luces de vehículo, cual pareja de cocuyos enamorados, se asoman en la distancia. El manto negro del cielo se va destiñendo, casi son las seis de la mañana. No existe miedo, sólo hay risas que son epílogo a nuestros chistes y juegos de palabras; hay euforia en nuestras cabezas, hay alcohol en nuestra sangre.

Pinky, el conductor, es el único que no está embriagado con ron del malo; siempre ha sido un muchacho responsable y maduro. En la emisora que capta el reproductor, se escucha la voz de Horacio Blanco cantando junto a Cuarto Poder, es una fusión de rap y ska que predica a favor de la tolerancia. Los bucles amarillos de María Cristina, quien va sentada en mis piernas, son sutiles látigos que, despeinados por el aire, me azotan la nariz. Navegamos, como exploradores de una novela de Verne, en búsqueda de una arepera, debemos calmar el hambre y despistar al trasnocho. Nos apretujamos ocho personas en un carro de cinco puestos, somos sardinas en lata que sueñan con sentirse libres.

Venimos de casa de Patilla, en Caurimare; ella se ha pasado parte de la velada contándonos sus experiencias liberales en Suiza y en Boston. Leímos, en voz alta, ensayos y cuentos de Salvador Garmendia amenizados con galletas de soda, Doritos chiclosos y mezclas bizarras de Ponche Crema y Blue Curaçao. Jugamos fútbol americano utilizando una vela gruesa como balón, nos revolcamos en la grama e hicimos una montaña unos sobre otros. Cantamos y gritamos el nuevo sencillo de Caramelos de Cianuro: “…Y he aprendido que amar a dos es igual a no amar ninguna”, hay un pedazo de la letra que no entendemos y que nos hace discutir. Nos tomamos fotos tontas que, dentro de diez o veinte años, nos harán reír; el tiempo se ha congelado y se ha convertido en una pieza de museo que apreciaremos cuando ya no seamos tan divertidos.

Un mesonero, con un chaleco que pretende simular la piel de una vaca, nos atiende con amabilidad, tiene el semblante del hombre tempranero y descansado. Los jugos de parchita y las reinas pepiadas nos avispan, estamos en un oasis. Suena un celular, una de nuestras madres está preocupada y sólo quiere saber si estamos vivos, si estamos seguros, si estamos acompañados, si estamos bien. Nos dividimos la cuenta, un cúmulo de billetes y monedas, procedentes de distintos bolsillos, es reunido sobre el mantel, parece la mesa de un crupier de Las Vegas, sólo que sin cartas y sin fichas. Fantaseamos con ser filósofos ontológicos y artistas alternativos, Caracas nos necesita y nosotros necesitamos de ella.

 

T.M.