Reseñas Cantáridas: “Viaje al fin de la noche”, de Louis-Ferdinand Céline

Pocos autores pueden presumir de un logro como el que tuvo Louis Ferninand Céline: Hacer que su primera novela se convierta en su obra maestra, indiscutible e inmortal. Y es que, cuando se investiga acerca de Céline, “Viaje al fin de la noche” es el título que, por antonomasia, se nos repite una y otra vez. Y es que Céline es un autor de cuidado, de escándalo muchas veces. Abiertamente, en más de una ocasión, expresó opiniones en contra de los judíos. Sin embargo, estamos ante el segundo autor francés más traducido de la historia (después de Marcel Proust). Y esto es gracias a que, en su momento, Céline supo crear un texto sumamente único y polémico. La principal razón de esta polémica recae en el lenguaje, descarnado y sincero, sin guirnaldas. Al momento de publicarse “Viaje al fin de la noche”, Céline contaba con 38 años.

“Viaje al fin de la noche” representa un viaje que se divide en dos vertientes. La literal y la metafórica. Por un lado, tenemos al protagonista, quien viaja, una y otra vez (algunas veces por iniciativa propia, algunas veces obligado por circunstancias que se le escapan de las manos), a distintos lugares del mundo. A la guerra, a África, a Estados Unidos, a Francia de regreso, dentro de Francia. Por otro lado, tenemos el viaje al fin de la noche como tal, que es esa experiencia pesimista que, con la compañía de otros personajes que van a apareciendo y desapareciendo, va acunando nuestro protagonista en su modo de enfrentarse a la vida, con todos sus obstáculos.

La larga novela se podría fragmentar en distintas aventuras que, cada una a su manera, van dejando entrever distintos temas desde la punzante perspectiva de Céline. Eso sí. Cada uno de los temas sobre los que se habla (el amor, la vejez, el sexo, la vida, la muerte, la guerra, la desesperanza, el pesimismo, la moral) está empapado del humor nihilista que el personaje (que no dista mucho de su propio autor) irradia. Esto le da un toque sumamente refrescante a la novela, que la aleja del lugar común de la belleza y del final feliz. Sin embargo, el tema general es el nihilismo, la futilidad de la vida y de las pocas opciones que, como seres humanos, tenemos ante esta vorágine.

“Viaje al fin de la noche” es una novela con muchísimos personajes, aunque no todos tienen la misma importancia ni la misma participación. En primer lugar, por supuesto, tenemos a Ferdinand Bardamu, nuestro protagonista y narrador. Él es, en cierto modo, el prisma a través del cual todos los personajes se desfragmentan en sus propios matices: odios, amores, celos, valentías, miedos. Bardamu, el viajero del mundo (y de fin de la noche), es nuestro ojo en las aventuras que vive, en las críticas, muchas veces irónicas y devastadoras, que hace de sus encuentros con lugares y personas.

Por otro lado tenemos a “Robinson”. Robinson llega a ser una especie de antagonista de Bardamu. Robinson, a pesar de que muchas veces se nos presenta como un pobre diablo débil, aunque pillo y taimado, no deja de ser enigmático. Robinson se encuentra con Bardamu (o Bardamu con Robinson) siempre de una manera casi inexplicable, en casi todos los lugares a los que éste va. No llega a ser un amigo como tal (muchas veces Bardamu no lo soporta, ni él soporta a Bardamu), pero tampoco llega a ser un enemigo.

Son muchas las mujeres que, a lo largo de la novela, irrumpen y son importantes en la vida de Bardamu. Sin embargo, yo colocaré sólo a una: Molly. Molly es una prostituta sumamente noble que acompaña a Bardamu durante parte de su estancia en Estados Unidos. Quizás no es la que más tiempo pasa con él, pero es la que se convierte, al menos para Bardamu, en el referente de la bondad y de la belleza infinitas. Enternecen, a pesar de lo ácido de la novela, las evocaciones que el protagonista, en un recuerdo cada vez más difuso, hace de Molly.

El narrador, como hemos dicho, está en primera persona. Muchas veces (lo cual es común en este tipo de narrador) se detiene en observaciones reflexivas acerca de tal o cuál asunto. Pero estas observaciones, al no ser aleccionadoras, sino pesimistas y obscuras, resultan sumamente divertidas y entretenidas. Muchas, de hecho, tienen el poder de que nos identifiquemos con ellas, relacionádolas con nuestra propia vida (quizás a ello se deba el éxito de esta novela y de Céline en general). Los adelantos de tiempo, esto hay que mencionarlo, se hacen con delicadeza. Céline cuenta más de quince años de su propia historia sabiendo extraer lo importante.

El lenguaje de Céline da para cortar muchísima tela. Uno de los aspectos por los que esta obra es capital, es el hecho de que el lenguaje es desenfadado, coloquial y, muchas veces, grotesco y grosero. Esto fue lo que generó, al ser publicada la obra, una gran polémica en la sociedad francesa de la época. Pero, analizándolo con una perspectiva del Siglo XXI, no podía ser de otra forma si el autor pretendía retratar (como muy bien lo hizo) la vida barriobajera de las entrañas de la guerra, de Francia y del mundo. Céline da mucha libertad a sus personajes para hablar, pero estos diálogos son concisos y no expresan más de lo necesario para el personaje y para la trama.

Hay denuncias, en la obra de Céline, que son exclusivos dardos a aspectos de su tiempo. La crítica y la burla a la guerra (que Céline experimentó de primera mano), la vida en las colonias francesas de África (ésta es, quizás, la más mordaz de todas, al mostrarnos a pequeños caudillos que humillan a sus subordinados y esclavos y a la vez viven una vida casi inhóspita en selvas que están, prácticamente, aisladas del mundo y que Céline se encarga de describir con particular detalle en lo respectivo al calor, a los olores, a los insectos, a las relaciones, etc.), la vida industrial y muchas veces enajenada de los estadounidenses y, finalmente, la vida de París, las relaciones entre las clases, entre las gentes que, quiéranlo o no, viajan hasta el fin de la noche.

Tomás Marín

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La policía en Caracas siempre ha sido una mierda. La policía en Caracas nunca ha me ha infundido alguna otra cosa que no sea miedo o asco. Miedo porque sabes que tu vida y tus pertenencias no valen nada para ellos. Sabes que te pueden robar todo o te pueden disparar en la cabeza porque eres blanco o porque cobraste tu quincena. Asco porque tienen esa altanería maldita que ni siquiera tienen los delincuentes más activos.

Los casos en los que la policía de Caracas hace algo bien son contadísimos. Son casos absolutamente excepcionales. Yo no sé si los policías se pueden conmover alguna vez con algo. Siento que son seres casi todos embrutecidos incapaces de experimentar emociones. Aunque tengo casi la certeza de que se conmovieron cuando entraron a la casa del novio raro de Natalia y vieron los dos cuerpos. El del novio raro de Natalia estaba sobre el sofá. Me recordaba un poco la imagen de Sócrates bebiendo la cicuta. El de Natalia estaba en el suelo. Natalia (o la ex Natalia) recordaba la famosa imagen de Ofelia sobre el agua. La diferencia era que Natalia estaba muerta sobre una alfombra persa de imitación comprada quizás en Sabana Grande.

Pero los cuerpos aparecieron censurados cuando el mediocre noticiero de Venevisión pasó la noticia en la emisión de la noche. Los cuerpos tenían esa especie de cristal borroso que ponen en edición cuando se considera que una imagen es demasiado fuerte para ser vista por los espectadores estúpidos. Siento que no se comprende que en Venezuela ya nada es capaz de conmover a nadie. Los muertos que ves en la calle (en 3D y hasta en 4D) no tienen esa censura. Tú los ves ahí y ya. Algunos enmohecidos y algunos cubiertos por un trapo blanco y miserable que deja traslucir mucho rojo.

Me es difícil escribir una historia como la que quiero contar. He pasado mucho tiempo dándole vueltas en mi cabeza. No es que la historia me conmueva propiamente. Es que no he sabido cómo contarla. Me genera un poco de inquietud el pensar que algún familiar de Natalia pueda sentirse ofendido con todo este relato. Pero me arriesgaré. Yo fui amigo de Natalia y siento que tengo todo el derecho.

Podría mentir y decir que Natalia y yo éramos amigos cercanísimos e inseparables. Podría decir que Natalia era como una hermana. Pero no lo haré. No fue así. Natalia era una amiga equis. Era una amiga con la que yo salía de vez en cuando. Natalia era una de esas amigas a las que también ves de vez en cuando en alguna reunión y compartes con ella un Cacique con Big Cola. Era una chama bonita e interesante. Tenía los ojos color verde botella y tenía el pelo castaño con un rizo que no se terminaba de formar y que descendía en un tirabuzón elegante que pocas veces se despeinaba.

A Natalia le gustaba contar sobre su vida. Era una chama que gustaba de hablar. Natalia también era una chama que gozaba con la extraña costumbre de ir sola a un restaurante o a un bar (nunca de mala muerte. Natalia era de más o menos plata) a tomar una copa de vino o una copa de vermú. Decía que estos licores le ayudaban a indagar mejor en sus reflexiones personales. Creo que era la intensidad de Natalia con comentarios como ése la que nos hizo ser amigos. Pero el hecho es que Natalia me contó un día que había conocido a un chamo en una de sus reflexiones de vino y vermú.

Y vaya si el chamo agradó a Natalia. Se había convertido en uno de sus temas de conversación favoritos. Nunca lo llevaba a las reuniones. Decía que al chamo no le gustaban y que prefería quedarse en su casa viendo Netflix o documentales. Natalia lo describía como un chamo con el pelo liso negro casi hasta los hombros. Lo describía también con cierto tono de voz un tanto afeminado y sutil. Ese tono encantaba a Natalia según lo que nos decía.

Sí me llamaba un poco la atención (a todos los amigos de Natalia nos la llamaba) el hecho de que Natalia tampoco tuviera fotos con él o de él. El perfil de Whatsapp del chamo mostraba la silueta del muñequito blanco con fondo gris que indica que el usuario no tiene foto de perfil. Natalia alegaba que no tenía fotos de él (o con él) porque a él no le gustaba tomarse fotos. Algunas amigas en común se reían agitando el vaso de Cuba libre en la mano y decían que el cuadre de Natalia no era más que un rarito.

Pero la que comenzó a ser una rarita fue Natalia. Poco a poco se fue transformando en otra persona. Esto ocurría de una manera casi imperceptible. Ocurrió en un proceso que tardó varios meses. No cambió de la noche a la mañana como Scrooge. Yo no sé a las otras personas. Pero a mí me molestaba mucho (y me sigue molestando) que mis amigos cambien. Sobre todo me molesta cuando estos cambios están influenciados por otras personas.

Podría perdonarse un poco si el cambio es para bien. O al menos es un cambio divertido. Pero el cambio que se iba gestando en la personalidad de Natalia no tenía nada de divertido. No es que fuera pasando de santurrona a puta o de puta a santurrona. Ése suele ser el tipo más común de los cambios que puede haber en la muy particular sociedad de jóvenes de la clase media o media alta de Caracas. El cambio de Natalia era de ausencia. Natalia se iba volviendo una chama cada vez más abstraída y más ensimismada. Natalia siempre tenía la un poco cotufa costumbre de vivir haciéndose selfies para poner en Facebook y estimular su ego con los likes. Pero era su forma de ser. Era la Natalia de siempre. La nueva Natalia no colocaba ya nada. De vez en cuando ponía algún pseudotexto o pseudodocumental raro que me daba ladilla leer o ver debido a su tema metafísico. Lo metafísico siempre me ha parecido aburrido y estúpìdo.

No había que ser un Sherlock Holmes para darse cuenta de que aquel cambio de lo cotufa a lo (mal) raro en Nati estaba influenciado por esa especie de cuadre/novio/amigo/seductor que había conocido durante la maldita tarde de vino o vermú en la que su vida cambió. La información que yo tenía sobre él (quizás por no ser metiche y por no querer indagar más) era muy escueta. La imagen que me había formado de él en mi cabeza estaba armada sólo por las descripciones que daba Natalia. Sabía también que él había estudiado uno o dos años en España. Creo que en Madrid. Creo que una carrera rara como artes o como sociología.

El cambio de Natalia no me dolía. Pero sí me irritaba un poco. Natalia adquirió la costumbre de usar poquísimo el Facebook y el Whatsapp. No es nada malo esto. Pero en ella era un poco inconcebible. Era como un síntoma de alguna anomalía de cuidado. Yo decidí cruzar un poco la línea y llamarla. La llamé al celular y no me contestó. La llamé a su casa y hablé con su mamá. Su mamá me la pasó. Le dije a Natalia que la invitaba a comer o a tomar algo al restaurante de los chinos en Los Palos Grandes. Me dijo que sí. La fui a buscar en el carro.

En el restaurante de los chinos me di cuenta de que tenía unos cuantos meses sin ver a Natalia. Su ausencia había sido tan sutil y tan de a poco que no la asimilé en su total dimensión. Natalia me dio un poco de grima aquella tarde. Estaba más pálida y tenía el semblante como más sombrío. Le dije que parecía que había salido de una cárcel. Ella no se rió aún cuando sé que un comentario así le hubiese hecho estallar la carcajada meses atrás. Yo pedí rollitos. Ella pidió un vaso de agua. Yo le dije que no jodiera. Le dije que pidiera algo de verdad. Le dije que yo se lo pagaba. Ella me dijo que ya no comía grasas. Me dijo que ya no tomaba nada que no fuera agua. Yo la dejé ser. La reunión con Natalia en el restaurante de los chinos fue un desperdicio. La conversación era con pinzas. Muy incómoda. Natalia se bebió sólo un dedo de su vaso de agua. Aunque rescato que los rollitos que me comí estaban bastante buenos.

Natalia pasó uno o dos años siendo un tema de conversación casi perenne en las reuniones que hacíamos en Caracas. Hasta las mamás de algunos amigos conocían su historia. Todos echaban su propio comentario sobre ella. Todos compartían alguna vivencia con Natalia y comparaban cuándo había sido la última vez que la habían visto. Natalia se había convertido en una especie de leyenda urbana. La chama que se había vuelto loca. O que la habían vuelto loca.

La última vez que vi a Natalia fue cerca de la Plaza Altamira. Caracas estaba en la mega mierda y ya yo tenía mi pasaje para largarme de esa selva inhóspita e irme a trabajar y progresar en un país de verdad. Natalia estaba cruzando la calle y yo la llamé desde el carro. Estaba bastante flaca. Más flaca que de costumbre. Se acercó a mi ventana y me saludó. Sentía que me hablaba en código. Había adquirido cierto tic en el parpadeo que me llamó la atención y me ponía nervioso. Me dijo que pronto se iría de misión. Aunque nunca me dijo a dónde. No me importaba tampoco.

En casa de Juan Pablo me dieron la noticia. Recuerdo que estábamos comiendo Doritos y jugando Smash. A alguien le había llegado un Whatsapp que no se sabía por entonces si era verdadero. A Natalia la habían encontrado muerta en el apartamento de ese chamo raro. Él estaba muerto también. No había violencia en los cuerpos de la escena. Sólo un gran desorden de cosas tiradas que acaparó casi la totalidad de las conversaciones de aquel día.

Páginas amarillistas y mediocres como La Patilla y DolarToday comenzaron a regar la noticia con letras mayúsculas y amagos de clickbait. Otras páginas más serias relataban la noticia sin dar muchos detalles. No había muchos realmente. El Nacional fue el que más indagó. Pero no pudo dar con mucho. La imagen de los artículos siempre era la misma. Los cuerpos muertos con la censura que los hacía borrosos. Alguna foto sin censura se filtró por Twitter. La gente es morbosa. Pero yo no la quise ver.

Se han manejado muchas hipótesis en relación a lo que le pasó a Natalia. Se sabe que fue un suicidio acordado. Aunque no se sabe por qué. Yo he escuchado a mucha gente decir sus versiones (algunas más descabelladas y verosímiles que otras). Y la que más me convenció fue la que decía que el chamo raro había convencido a Natalia de que ella era una especie de ser que no era de este mundo. Que era quizás princesa o quizás reina de algún planeta lejano que había sido secuestrada aquí en la tierra (con la mala suerte de caer en un basurero como Venezuela). Se dice que supuestamente él la convenció de regresar a su planeta mediante la muerte. Pero que no era tan sencillo. Que no era matarse y ya. Que el cuerpo tenía que estar preparado sin azúcares y sin grasas para poder hacer un viaje rápido y cómodo. Que él la acompañaría y por eso se había matado también en ese entuerto idiota digno de un poema embriagado de Byron.

Y yo me siento un poco estúpido al contar así como así la que me parece la hipótesis más creíble de lo que le pasó a Natalia. No sé si Natalia sería capaz de dejarse convencer de hacer una cosa así. Pero se han visto cosas más raras. De todas formas ésa será una historia que se diluirá entre otras más horribles. Caracas haría las delicias de Agatha Christie. Y todo será siendo igual. La policía seguirá siendo una mierda.

 

T.M.

 

Reseñas cantáridas: “Quo vadis?”, de Henryk Sienkiewicz

Henryk Sienkiewicz escribió “Quo vadis?”, quizás no su obra maestra, mas su novela más famosa, en 1896. Nueve años después, recibía el premio Nobel de literatura. Sienkiewicz siempre tuvo a Polonia, su país natal, como una de las perpetuas y grandes protagonistas de sus historias. Y no era para menos. El gran tema de Sienkiewicz, a lo largo de su vida, fue la opresión y represión a Polonia, sometida (y casi desaparecida) en gran parte de su historia bajo el yugo de naciones extranjeras más poderosas. Al momento de escribir “Quo Vadis?”, Sienkiewicz contaba con 50 años.

“Quo vadis?”, sin duda, es un título atrayente. Valdría la pena saber si éste de popularizó aún más cuando la novela fue llevada al cine, con inmenso éxito, en el año 1951 de la mano del director de cine Mervyn LeRoy y un elenco de primer nivel, en el que destacó el actor Peter Ustinov por su interpretación de Nerón. Pero “Quo vadis?”, como bien se sabe, nace de una anécdota extraída de un evangelio apócrifo. La historia cuenta (este episodio se representa en la novela) el supuesto encuentro entre el apóstol Pedro y Cristo, en donde el primero le pregunta al segundo: “Quo vadis, Domine?”, (¿A dónde vas, señor?) en las cercanías de Roma.

No cabe duda de que “Quo vadis?” es una novela que, si bien no es particularmente intricada, tiene una complejidad de respeto. Abarca muchos temas, englobados en un momento histórico muy explícito. Este momento es el gobierno de Nerón como emperador del imperio romano. Con esta excusa, el autor nos presenta puntos de vista con respecto a la amistad, el valor, el amor, la muerte, el destino, la fe, la historia y hasta el estilismo. Es en ese sentido en donde destaca la complejidad de Sienkiewicz, habituado a historias largas, a epopeyas que se desenvuelven en momentos históricos muy señalados.

Otro punto en donde se puede apreciar la complejidad del texto es en la evolución de sus personajes. Los personajes de “Quo vadis?”, cuando los contemplamos a fondo, están muy bien trazados. Los personajes, a medida que avanza la trama, casi sin excepción, se salen de su zona de confort debido a las circunstancias que atraviesan. Es, precisamente, esta salida de la zona de confort, de lo conocido y lo agradable, lo que se convierte en el conflicto generalizado de la historia. También es necesario decir que Sienkiewicz hace una mezcolanza magistral entre personajes reales históricos y personajes totalmente ficticios.

De muchos personajes que encontramos, sin duda el principal es Marco Vinicio. Marco Vinicio, un acomodado patricio romano, es el que experimenta, por amor, un viaje que, muchas veces, pondrá en peligro, más que su prestigio, su propia vida. Este amor se capitaliza en Ligia, su bienamada. Ligia, si bien es otro de los personajes protagonistas, representa más una idealización de la paz y de los sentimientos puros y nobles que hace Sienkiewicz.

Chilón Chilonides, personaje absolutamente ficticio, es otro de los grandes manjares de nuestra historia. Es un personaje único, de ésos que dejan huella en el lector no sólo por su ingenio y su simpatía, sino por su evolución. Todos nos podemos identificar con Chilón en algún momento. Es un personaje rastrero, interesado, débil. Pero su encanto reside en sus diálogos, en su actitud tan miserable que causa gracia. Gracia que se va obscureciendo progresivamente.

Otro personaje elemental, y que da pie a muchos análisis, es Nerón. Nerón podría decirse que es una especie de Chilón Chilonides. La única diferencia es que Nerón posee poder, un poder casi infinito otorgado por el hecho de ser emperador de Roma. Sin embargo, por sus intervenciones, por sus acciones, por su actitud, Nerón, allende a su aura monstruosa (que es la que, en cierto modo, desencadena todas las tragedias y dificultades por las que pasan los personajes) es un pobre diablo que hasta puede llegar a inspirar lástima.

Por último, un análisis literario sobre “Quo vadis?” estaría incompleto sin mencionar al que fue mi personaje favorito. Petronio. Petronio, personaje histórico un poco caricaturizado en la novela, es uno de los grandes consejeros de Nerón. La gracia de Petronio reside en su total indiferencia con respecto a todo lo que no sea la belleza o la gracia. Petronio es el más inteligente y orgulloso, por lejos. A Petronio ni siquiera le preocupa la muerte o la amenaza. Sin embargo, es, irónicamente, una torpeza de Petronio la que desencadena, junto a Nerón, los hechos trágicos de la novela. Y es allí donde se hace conmovedor el camino que traza Petronio para enmendar su error.

La narración en “Quo vadis?” tiene sus pros y sus contras. El narrador, siempre en tercera persona, tiene el poder de penetrar en los pensamientos de los personajes. Llama la atención que los personajes, sin excepción, tienen largos diálogos. Podría decirse que la novela tiene tantos diálogos como párrafos narrados, quizás por eso el éxito fiel de la adaptación en cine. Un punto negativo al narrador podría ser que, algunas veces, quizás sin intención, pretende aleccionar. Esto, a mi punto de vista, es invasivo para el lector.

También se podría destacar de “Quo vadis?” el hecho de que funcionaría perfectamente como un glosario para entender la época romana. Al principio la lectura puede hacerse un poco dificultosa debido al hecho de que existen decenas y decenas de términos con los que un lector contemporáneo no esté familiarizado. Si no se cuenta con notas al margen, o un buscador, se podrían diluir términos importantes.

No existe duda, y muchos analistas confirman esto, el hecho de que, a pesar de su profunda investigación y la construcción exquisita de los personajes, “Quo vadis?” no es más que una gran alegoría de la represión sufrida por Polonia en puntos determinados de su historia. Es que Sienkiewicz, incluso sin mencionar a Polonia en ninguna de sus líneas, la tiene presente en sus historias.

 

Tomás Marín

“En este barrio no se aceptan cobardes”

En la Monteávila teníamos un profesor que daba una materia burda de nula. Se llamaba Isaías. No era el mejor profesor del mundo, pero sentía amor por enseñar, y eso es contagioso. Lo otro que me gustaba era que hacía que nosotros, los alumnos, pateáramos calle. Nos mandaba trabajos que implicaban ir a lugares que estaban alejados de nuestra zona de confort. Lugares que nos hacían conocer la Caracas de verdad.

Me daba mucha risa ver a muchos de mis compañeros arrugar la cara. Los trabajos de Isaías daban miedo a algunos. Pero Isaías tenía razón en algo. Era inconcebible que un comunicador social se limitara a conocer sólo el sector cómodo de Caracas. Algunas chamas, con acentos mandibuleados, reclamaban, se negaban. Decían que era peligroso. Y, realmente, lo era. Pero Isaías jamás daba su brazo a torcer.

A mí me tocó ir a la Bombilla. Es paja. En realidad, yo decidí ir voluntariamente a la Bombilla. Ya yo había ido a la Bombilla en alguna ocasión. Tenía amigos que iban a hacer labor social, y yo los acompañaba. Sentía, por eso mismo, que ellos podrían ayudarme a elaborar un buen trabajo, un trabajo que, además de impresionar al poco impresionable Isaías, fuera un trabajo de Comunicación Social de altura.

Isaías me felicitó cuando yo le dije que iba a ir a la Bombilla. De hecho, me citó como un ejemplo frente al resto del salón. Era el día de presentar las propuestas, y la mía era la mas arriesgada. Pero dijo que no era prudente que yo fuera solo (y razón tenía). Dijo que algún voluntario debía ir conmigo. Preguntó, con su voz de profesor joven y sobreexcitado, quién quería ir conmigo. Nadie levantó la mano.

Había caras de susto por doquier. Sin embargo, después de pocos segundos, Isaías aumentó el premio al voluntariado. Prometió que quien fuera conmigo tendría dos puntos extras en la nota definitiva del trimestre (sí. La Monteávila evalúa por trimestres, como los colegios). Esa oferta resultó lo suficientemente tentadora para que un par de compañeros levantaran la mano. El elegido fue Kristhian.

Kristhian era pana, era burda de pana. Había estudiado en Los Arcos y siempre vestía con una especie de chaqueta de cuero, al estilo de los rockeros de la vieja escuela. Él, a pesar de que era de plata, no le tenía miedo a Caracas ni a la calle. De hecho, yo me entretenía burda escuchando sus relatos acerca de los toques que había hecho en los antros más antros y en las ratoneras más undergrounds de toda Caracas.

Habíamos quedado en ir a La Bombilla un sábado. Ninguno quiso llevar el carro. Pero lo más recomendable era no ir en transporte público. Lo echamos a la suerte. Echamos un partido de FIFA. El que perdiera debía llevar su carro hasta la Bombilla. Encendimos la Playstation que había en la casa de Kristhian. Era brutal jugar allá. La Playstation estaba en una especie de pasillo que daba al aire libre, a un jardín precioso que tenía la casa y a una vista espectacular de Terrazas del Club Hípico y Prados del Este.

Gané en penales. El partido estuvo reñido. Pensé que Kristhian reclamaría, pero no reclamó. Cumplió su palabra. El sábado siguiente iríamos a La Bombilla en su carro. Por cierto. A fin de cuentas no he dicho en qué consistía el trabajo que nos había mandado Isaías. Había que reseñar una actividad cotidiana que se hiciera en una zona “x” o “y” de Caracas. Parecía tan fácil. Pero no lo era.

La Bombilla queda burda de arriba. “Más allá que más nunca”, como decía mi papá, citando a Gallegos. Algo, cuando íbamos subiendo, me hizo preguntarme acerca de qué coño de la madre estaba buscando yo en un lugar como La Bombilla. Mucha de la gente se nos quedaba viendo. Es cierto que el carro de Kristhian no era el más lujoso, pero relucía en comparación con las motos y con las cafeteras que había en la Bombilla.

A Kristhian y a mí nos faltó un poco de organización. Nosotros no habíamos llamado previamente a nadie. De hecho, yo ni siquiera me había comunicado con mis amigos para decirles que íbamos a ir. De hecho, hacía tiempo que ni sabía si mis amigos aún hacían labor social en la Bombilla. Nos aparecimos como un par de fantasmas en el corazón de la barriada, y dijimos que queríamos hacer un trabajo.

Yo me sentía algo nervioso. Nunca le tuve miedo a Caracas, pero tampoco era un chamo como para estar metido en un lugar como La Bombilla. De hecho, siempre pensaba que yo era como demasiado sifrino para los pobres, y demasiado pobre para los sifrinos. Pero ése no es el caso. El caso es que, aparte de la mirada hostil de muchas personas, nos atendió un señor, como de cuarenta años, que se llamaba, nunca lo voy a olvidar, Ramón.

Yo nunca supe el papel exacto que desempeñaba Ramón en La Bombilla. Era una especie de líder comunitario, aunque nunca supe si por elección popular o por carisma solamente. La gente casi que le rendía pleitesía y lo saludaban a su paso. Como Kristhian y yo estábamos caminando al lado de él, la gente nos saludaba también. Yo me sentí seguro. Kristhian supongo que también, aunque me miraba con cara de “Marico, dónde coño me metiste”.

Ramón tenía una chemise verde medio desteñida y una lipa cervecera. Nos invitó a un par de Polares. A mí no me gusta la cerveza, pero trataba de no hacer muecas cada vez que me echaba un trago. Nosotros le explicamos a Ramón el trabajo. Le dijimos que teníamos que documentar alguna tradición de algún sector “x” de Caracas. Ramón nos miró con cierto interés y dijo que en la Bombilla no se hacía mucho realmente.

Pero nos dijo que, en los ranchos más bajos de La Bombilla, se hacía una competencia particular y curiosa. Yo, que al fin y al cabo era (y soy) un chamo bastante ingenuo, pensaba que se trataba de algún tipo de deporte, o algo. Supongo que Kristhian pensaba lo mismo. Y, en cierto modo, lo era. Eran las competencias de puñaladas. Tan surrealista como suena. Y tan alejado de la ley. Ramón nos preguntó si queríamos ir. Yo miré a Kristhian. Kristhian me miró a mí. Yo no sé cómo Ramón nos terminó convenciendo de ir.

Yo estaba cagadísimo. Y Kristhian ni se diga. No nos daba miedo nuestra propia seguridad. Ramón nos había prometido protección. Y su autoridad y su carisma hablaban por él. Nuestro miedo era un poco acerca de lo que podíamos presenciar, del saber qué tan literal podía ser una competencia de puñaladas. Bajamos hacia una especie de callejón ancho que parecía estar un poco escondido, y, en cierto modo, lo estaba.

Y vaya si fue literal lo de la competencia de puñaladas. Habría unos cien espectadores. Muchos de ellos saludaron a Ramón y no podían disimular su cara de extrañeza al ver a dos chamos como nosotros en un sitio y en unas circunstancias como aquéllas. En medio del círculo que formaba la gente había un piso de tierra que, suponíamos (y, efectivamente), era la arena, el campo de batalla o de competencia.

Aquel día sólo habría dos competidores. La gente lo decía con cierto lamento. Yo, en cierto modo, me sentía un poco más tranquilo con eso. No pretendía estar todo mi día viendo un campeonato de puñaladas en un barrio de Caracas. Yo pensaba que actuaría un poco como las películas de terror. Si alguna escena me parecía particularmente asquerosa, repulsiva o violenta, yo, sencillamente, me cubriría los ojos y me limitaría a escuchar.

Salieron los dos competidores. Uno de ellos era un chamo flaco, flaco, muy flaco, como de unos diecisiete años. Tenía el pelo corto y tenía una camiseta medio vieja de los Astros de Houston. No llegué a escuchar bien su nombre a razón del jolgorio y de los vítores que recibió de parte de la gente, que gritaba como si no hubiese mañana. Ramón aplaudía de forma sobria, como si fuese una gran autoridad. Yo no sabía si aplaudir por educación o sólo ver. Estaba prohibido, por las mismas reglas de ellos, grabar videos o tomar fotos. No es que no confiaran en nosotros. Pero el material podía subirse a la red y eso podía llamar la atención de la policía, supuestamente. Me dieron ganas de reírme. Qué coño iba a hacer la policía en un lugar como La Bombilla. Decidí aplaudir, aunque sin llamar mucho la atención.

El otro competidor, el contrincante del flaco con la camiseta de los Astros de Houston, era uno que se veía un poco más robusto y maduro, quizás hasta un poco cuarentón. Tenía cicatrices horribles por el brazo, y hasta una en la cara. Eso me hizo intuir que él era un poco más experimentado que su rival. Lo aplaudieron también con mucho júbilo, como a una celebridad que, bajando del pedestal, había llegado a La Bombilla.

Me sorprendió que invitaron (aunque sospecho que había sido acordado previamente, a razón de su liderazgo) a Ramón a ser árbitro. Aunque es un eufemismo. No haría falta realmente un árbitro. La pelea era hasta que uno de los dos se rindiese o hasta que uno de los dos muriese. En la Bombilla no se andan con huevonadas. Lo que hizo ramón fue agarrar una especie de cuerda delgada y amarrar las muñecas de los dos competidores, la una a la otra. La idea era que ninguno de los dos saliera corriendo. No se podía. Estaba prohibido. Uno de los espectadores, con voz niche, dijo que en ese barrio no se admitían cobardes. ¿Cómo no creerle?

Hubo un círculo vicioso entre los gritos, los sonidos indescifrables y los primeros gestos de los competidores. Yo sentí un vacío en el estómago. Jamás había pensado ver algo así en vivo. La muchedumbre se emocionaba más y más. La gente gritaba cosas como “Mátalo”, “Dale”, y otras por el estilo. Pensé en grabar algo, pero sabía que me iría peor. No quería ganarme el pulgar abajo de Ramón.

Pensé que alguien intervendría, que alguien se acercaría al lugar y diría que bastaba, que, con la primera sangre, ya todo estaba resuelto y decidido. Pero nada. La sangre que los oponentes se sacaban entre sí lo que hacía era exacerbar más a la gente. Aún no había ningún corte realmente profundo, sólo laceraciones en las piernas y en los brazos hechas de una manera veloz, vertiginosa, casi imperceptible. Sólo habían pasado un par de minutos.

Yo sabía, y todos lo sabíamos, que todo podía terminar en cualquier momento. Los mismos competidores lo sabían. Estaban concentrados el uno en el otro. Se miraban a los ojos, a los brazos, a las piernas. Cualquier descuido significaba la vida en un momento como ése. Y fue un descuido el que hizo el novato, novato al final. La puñalada le abrió el estómago. Convulsionó en el suelo sin poder desamarrarse del otro, que lo remataba con estocadas ciegas. Se quedó quieto.

Los niños se peleaban por ver quién retiraba el cuerpo. No sé a dónde llevaron al perdedor. No era de mi incumbencia. Al ganador, herido y algo ensangrentado, lo alzaron en hombros, como a un héroe. Eso es lo que hacían para entretenerse en un lugar como La Bombilla. Kristhian y yo bajamos a Caracas, a nuestra Caracas de algo de confort, un poco en shock. Necesitamos de varios minutos para asimilar todo, para poner las ideas en orden, para terminar de hiperventilar.

Es cierto que Ramón había sido amable con nosotros. Nos pidió que, por seguridad, no reveláramos su nombre verdadero. Fuimos a casa de Kristhian. Aún era de día. Trabajaríamos en el pasillo que estaba frente al jardín de su casa y a las vistas bonitas. Él sacó su laptop. Yo le dictaba. Él escribía. O se suponía que escribía. No sabíamos ni cómo empezar. No sabíamos ni qué título colocar. ¿Por qué no habríamos tomado, al menos, una foto de cualquier lugar? Me dio mucha rabia. ¿Cómo contar una historia así, de la que habíamos sido testigos oculares, y que nos creyeran? Nos tragamos la rabia. Decidimos escribir sobre otra cosa.

 

T.M.

Sobre lo que no escribió Ezequiel

Me gustaba caminar por la Francisco de Miranda. Me gustaba hacerlo un poco sin rumbo. Me relajaba. Me distraía. Siempre he sido una persona ansiosa, y caminar me ayuda mucho a controlar esa ansiedad. En la plaza “El indio” lo vi por primera vez. Traté de evitarlo, porque los evangélicos siempre me han parecido un pelo pavosos. Pero él me acorraló. Notó mi timidez y mi falta de interés.

“¿Te gustaría hablar un poco?”, me preguntó. Yo noté sus intenciones desde el principio. Su vestimenta lo delataba. Tenía esa corbata medio chocante y esa camisa de botones de manga corta que parece de cajero frustrado de un banco todo insignificante como Bancoro. Pero yo no tenía nada que hacer. Y nunca he sido una persona particularmente hábil para inventar evasivas. Nos pusimos a hablar. Largo rato.

Yo evitaba tratar el tema religioso, que es el que él exponía con más ahínco. Las religiones me dan un poco de alergia, aunque no soy ateo del todo. Soy demasiado cobarde para ser ateo. Pero soy una persona culta, y él lo era un poco también. Él daba unas alegorías medio interesantes sobre la Escolástica, pero la cagaba cuando citaba un versículo sobre el profeta no sé quién de no sé qué tierra.

Pero nos caímos bien mutuamente. O sospecho que nos caímos bien. Quizás él sólo veía en mí a una especie de alma a ser conquistada para su bolsa de almas pavosas y adoradoras de Jehová. Yo vi en él a un pobre ex-adicto (aunque nunca supe ex-adicto a qué) que, como suelen hacer los adictos, sustituyó un vicio por otro. Antes era esclavo del aguardiente, ahora era esclavo del agua bendita y de las enseñanzas de Cristo.

Pensé, por algún instante de segundo, en modificar mi ruta. No tenía ganas de encontrármelo todos los días, porque casi todos los días caminaba por la Francisco de Miranda, con rock y rap a mil en los audífonos, en busca de ordenar mis pensamientos sobre muchas cosas. A veces yo me hacía el huevón cuando pasaba cerca de él. Lo medio veía con el rabillo del ojo y no volteaba. Otras veces, sin otra opción, lo saludaba. Cuando yo estaba de buen humor, le dedicaba unos cinco o diez minutos.

Y cuando vas conociendo a alguien, a medida de hablar con esa persona a cuentagotas, terminas creando un vínculo. Es un vínculo extraño. No es un amigo. Es una especie de conocido que sólo piensas en él cuando estás pasando por esa zona. Es una persona lo suficientemente relevante para detenerte (no todos los días, por supuesto) a hablar con ella, pero no tan relevante como para mencionarla a nadie en la hora de la cena.

Se llamaba Miguel. Él estaba orgulloso de su nombre porque era un nombre de ángel. Yo odiaba cuando me lo decía (y eso que lo decía burda). El asunto de los ángeles me parecía siempre lo más pavoso dentro de la de por sí pavosa religión. A mí Los Ángeles, California, y de vaina. Parecía que siempre estaba vestido igual. Me imaginaba su closet lleno de la misma ropa y de estampitas viejas. Le echaba vaina con eso. Él no se ofendía, pero tampoco se reía mucho.

Él tenía una hija que estudiaba odontología en un centro medio de mala muerte por ahí cerca de Chacaíto. La hija era bonita, pero tampoco para morirse. A veces me divertía pensar en cómo sería empatarse con una evangélica o una testigo de Jehová. ¿De qué coño se podría hablar? Estaría prohibido hablar de Schopenhauer o de Buñuel. A lo mejor verle las tetas cuando se desvestía sería pecado. O estaría, todas las cenas con la familia, escuchando versículos y capítulos sobre Zacarías, sobre Ezequiel y sobre no sé cuántos más.

Yo no sé de qué viven los evangélicos. No sé si viven de sacarle la plata a la gente o si tienen un trabajo de verdad. Supongo que tienen trabajos de verdad, porque, por eso, la hija de Miguel estudiaba odontología (o mecánica dental, no sé). El hecho es que comencé a notar que Miguel estaba cada vez más jodido. Su peinado, que siempre era una raya toda nerd en el pelo engominado, cada vez estaba más y más zarrapastroso.

“Estoy jodido, Tomás”, me dijo un día. No me pidió plata. Ni siquiera hizo un amago de pedirme plata. De todas formas, no se la hubiese dado. ¿De dónde iba a sacar plata yo? Pero me daba paja. De hecho, cuando me dijo “Estoy jodido”, fue la primera vez que le escuché decir una grosería. Él siempre tenía algo en contra de las groserías. A veces me sermoneaba (amistosamente) por mi vocabulario tan repleto de expresiones obscenas y blasfemas.

Pero yo cada vez lo veía un poco peor y comenzaba a preocuparme. Se veía como enfermo y demacrado. Él, cuando hablaba de su situación económica, lo hacía un poco en clave. Pero creí descifrar que alguien lo había robado o lo había estafado. Pero él siempre sonreía y decía que Cristo iba a venir y le iba a hacer justicia a él. Él siempre decía que Cristo no se olvidaba de sus soldados. Que Cristo era capaz hasta de bajar a un lugar tan lúgubre y tan espeluznante (aunque no por eso carente de encanto) como la Francisco de Miranda.

La última vez que lo vi, poco antes de venirme a España, ya era un indigente casi oficial. Había perdido hasta la corbata y la camisa de manga corta. Le di doscientos bolos, los doscientos bolos que había ahorrado de dos desayunos de la uni para poder comprarme una antología de cuentos de Guillermo Meneses. Él me dio las gracias y me ofreció un abrazo, que yo no rechacé. Yo nunca le rechazo un abrazo a alguien que no me haya querido joder alguna vez.

Y yo no sé si Cristo se olvida de sus soldados, como si fuese un César prepotente que mueve a la gente a su antojo. No quiero meterme en eso porque la religión no es un tema que domine yo, o que domine alguien. Extraño mis caminatas por la Francisco de Miranda. Ahí, muchas veces, tenía ideas que luego convertía en cuentos, en poemas o en obras de teatro. Y, al final, me parece curioso que, aunque Miguel no fue tan relevante como para hablar de él a la hora de la cena, escribirle esta crónica.

T.M.

El collar de piedras verdes

Mira, Tomás —me dijo Gaby—, mira el collar que me regaló mi abuela.

La verdad es que el collar era bonito, aunque yo no soy una persona muy entendida en el mundo de la orfebrería. Era dorado y tenía piedras verdes. Gaby me había dicho que su abuela lo había traído de Europa al momento de la emigración, de la huida de la guerra. Era el único tesoro que había llevado consigo. Pensaba venderlo si algún mal momento se cernía sobre ella. Pero las cosas le fueron bien a la abuela de Gaby. Había conseguido trabajo y luego había emprendido. Quería mucho a Venezuela.

Yo me identificaba mucho con la abuela de Gaby en ciertos aspectos. Venezuela era como la tierra prometida que la había acogido en el momento más crítico. En cambio Europa, aquella tierra que, hasta yo conocerla personalmente, me sonaba tan lejana, para ella era como una especie de tierra de nadie. A veces me daba la impresión de que, en la cabeza de la abuela de Gaby, la miseria en Europa seguía latente, como en la época de la guerra. Me pasó a mí lo mismo después con Venezuela. Cuando llegué a España, Venezuela, para mí, era como una especie de selva llena de bestias extrañas y frías que gritaban sonidos inextinguibles e inentendibles mientras se sacaban y se devoraban las entrañas unas a otras. Una selva de la que, por fortuna, yo había podido escapar. Sentía cierto desdén por mi país. En cambio, adoraba a España con todo mi corazón. Supuse que era como un ciclo.

El collar adquirió más valor luego de que murió la abuela de Gaby. Murió muy, muy anciana y fue enterrada en el Cementerio del Este en medio de una ceremonia sobria. Me daba curiosidad el hecho de que la abuela de Gaby siempre había sido muy enfática a la hora de recalcar que, bajo ninguna circunstancia, quería que su cuerpo fuera llevado a Europa de nuevo. De todas formas, era poco probable. En eso también me identificaba yo con ella.

Gaby sólo utilizaba el collar que le había regalado la abuela en circunstancias muy especiales. No lo llevaba a todas las bodas. Sólo lo llevaba a las bodas de la gente a la que ella quería más. Por eso me daba cierta felicidad y satisfacción el hecho de que pude ver a Gaby utilizar tantas veces el collar. Lo cuidaba con mucho celo. En lo que llegaba a la casa, lo guardaba en su cajita de terciopelo azul. Me encantaba esa cajita. Le confería al collar cierto aspecto monárquico. Sentía que Gaby era otra con ese collar. De todas formas, Gaby, de por sí, era una chama elegante.

Pero un día íbamos, de noche, manejando hacia un evento al que nos habían invitado cerca de la Trinidad. Yo iba manejando y Gaby iba en el asiento de al lado. Se había echado un perfume que olía bien (a pesar de que no me gusta el olor a perfume de mujer) y llevaba un vestido verde metalizado medio ceñido que resaltaba mucho el contraste de su piel blanca y de las mejillas con cierto toque de colorete.

Nos abordó un motorizado de bigote fino y de mirada algo perdida. De esos que suelen ser los peores. No teníamos mucha opción. El semáforo estaba en rojo y, además, de yo arrancar, podía dispararnos. Las balas son más rápidas que el motor de un pobre Hyundai.

—Háblenme nos dijo el motorizado—. ¿Qué tienen ahí?

Yo le ofrecí mi teléfono. Le ofrecí mi cartera (que, tradicionalmente, siempre está vacía). Esperaba que con eso se calmara. Pero él no se complacería tan fácilmente cuando sus víctimas eran un hombre con traje y una chama con cara de asustada y con un collar hermoso y brillante en su cuello.

—Pásenme ese collar ahí Nos dijo él— .

Gaby, como en un gesto de protección infantil, intentó ocultar el collar entre sus manos. Me pareció una jugada peligrosa y un tanto estúpida. Era obvio que el motorizado ya había visto el collar.

—Dáselo. —Le dije a Gaby—.

Gaby no sabía que hacer. Su mirada se paseaba entre el motorizado y yo.

—Hazle caso —le dijo a Gaby el motorizado—. Si no, te puede ir mal. Les puede ir muy mal a los dos.

Gaby lloraba en silencio y temblaba mientras, con gesto nervioso, se desabrochaba el collar. Yo estaba también nervioso. Me daba miedo la idea de que el motorizado considerara que Gaby se estaba tardando mucho y decidiera disparar. Pero Gaby, por fin, pudo desabrocharse el collar. Lo miró, lo sostuvo en la mano durante un momento y luego me lo dio. Yo se lo di al motorizado. Él lo vio y los ojos le brillaban más que el oro y que las piedras verdes del collar. Arrancó en seguida en la moto ruidosa que desapareció en medio de las luces de la avenida.

Gaby lloraba y yo sentía una rabia inmensa. A Gaby, naturalmente, no le dolía tanto el collar como el hecho de que tanta historia de su abuela estuviera ahora en manos de un motorizado que, seguramente, no sabía ni dónde quedaba Europa. De todas formas fuimos a la reunión. Sentí que a Gaby (y a mí) le haría bien el hablar con sus amigos y desahogarse un poco. Aunque eso no le quitó la amargura y la decepción de aquella noche.

A mí, particularmente, me daba mucha rabia el pensar acerca del destino de aquel collar. Las hipótesis eran muchas. El motorizado quizás se lo vendería a alguien por cuatro lochas. Quizás se lo quedaría como su collar de la suerte (aunque era un collar de mujer). Quizás se lo regalaría a una de sus mujeres, alguna mona con licras y con mal habla que estaría muy orgullosa de poder tocar un collar así.

Por eso me pegó cierto viento fresco cuando vi en las noticias (en el portal de El Nacional), hace poco, que habían abatido al motorizado (El mismo. Imposible olvidarme de esa cara) que robó el collar de piedras verdes a Gaby. Según la noticia, de breves renglones, lo habían matado para robarle el collar, que no le pudieron robar al final por la rapidez (cosa inusual en Caracas) de la policía. Y en la foto del artículo, aunque pixelada la cara para no mostrar la particular y curiosa mueca de la muerte al espectador, se distinguía claramente el collar. Le comenté la noticia a Gaby. No sabía como reaccionaría. Ella sólo suspiró desde el Skype y pidió que habláramos de otra cosa. Me hablaba desde la tierra de su abuela, donde vive tranquila ahora. El ciclo continúa.

 

T.M.

Lo mejor que me pudo haber pasado fue salir de Venezuela

Lo mejor que me pudo haber pasado fue salir de Venezuela. Lamento no haber salido antes. Si fuese por mí, ni siquiera hubiese nacido ahí. Pero es algo que uno no decide. A veces creo, en ciertos ataques de vanidad, que comprendo muchas cosas. Pero la verdad es que nunca he llegado a comprender (ni creo que lo llegaré a hacer nunca) todo el orgullo insuflado que gira en torno al nacer en un lugar determinado.

Me gusta comer. Soy una persona que aprecia la buena gastronomía. Por eso, desde pequeño, aprendí a cocinar de una manera cuidadosa y delicada. Me gusta también compartir la comida que hago. Siento que la comida es un don que, al igual que el conocimiento, se mima y se hace para compartir. La cultura gastronómica es preciosa. Pero se me hace un poco amarga cuando los venezolanos fanáticos brincan a decir que su comida y su “sazón” es la mejor del mundo. Se me hace amarga cuando los venezolanos, como bufones, se insultan y se agreden (que lo he visto) por el origen de la arepa. ¿Qué importa eso? Toda la gastronomía de todo el mundo, con sus altibajos, es buena y es digna de apreciarse.

No me gusta la fisionomía del venezolano promedio. ¿Por qué me tiene que gustar? No me parece atractiva. Reconozco el derecho que tiene toda persona de ser y de desenvolverse como quiera, siempre que no afecte la libertad de los demás. Me gustan las personas blancas y claras. ¿Qué tiene eso de malo? Hay gente que gusta de las personas negras y eso tampoco tiene nada de malo. Lo que no soporto es esa falacia de la supuesta mujer venezolana bella y del venezolano bello en general. Cuando he ido en el metro, o cuando he visto las filas que hacen las revendedoras en los supermercados, le agradezco al cielo el tener rasgos europeos. Los rasgos europeos no son ni mejores ni peores. Son los que me gustan más.

También agradezco estar ahora en un lugar en el que puedo estar más tranquilo. En el que puedo escribir esto con tranquilidad. Me gusta caminar. Me gusta apreciar la belleza natural y arquitectónica de los lugares. Lo hacía en Caracas cuando en Caracas se podía estar con algo de tranquilidad. Pero ahora no se puede hacer allá. El estar pendiente de que no venga un idiota a apuntarte con su arma de fuego, o a agredirte, no va conmigo. Y, en teoría, no debería ir con nadie.

Soy una persona que gusta mucho de los libros. Y la cultura de los libros es algo que en Venezuela se ha ido minando cada vez más. Es cierto que la dictadura ha sido culpable de cerrarle cada vez más puertas a la literatura, a la cultura y a los libros. Pero siempre he sentido que el venezolano promedio nunca fue aficionado a las historias, a la literatura, al aprendizaje, a la cultura, al saber, a la humildad de reconocer que algo no se sabe para poder adquirir ese conocimiento nuevo, como un juguete.

Luché toda mi vida, en Venezuela, por hacer dinero, por trabajar y por producir. Llegué a producir dinero ahí, pero, confieso, no soporté nunca el que toda la gente a mi alrededor mirara mis ganancias con envidia. Todo mi dinero, y estoy tan orgulloso de decir esto, fue ganado de una manera honesta. Y abría las puertas para ganar más dinero. Pero mucha gente a mi alrededor, gente que trabajaba para mí, me miraba con ojos de odio. En un país como Venezuela, progresar es un pecado. Es cierto que hay muchos venezolanos que progresan mediante trabajo y esfuerzo. Pero muchos son como gente parapléjica que espera a que todo le sea dado por la mano del gobierno. Y las manos de los gobiernos gustan de mover hilos mediante el hambre. Podrían venir mil Chávez más y repetir la misma fórmula ganadora. Dar mendrugos a cambio de fidelidad.

¿Y qué le queda al que no ha construido un mundo del que pueda enorgullecerse? Enorgullecerse del mundo que le ha tocado por casualidad. Puedes leer y puedes encontrar infinidad de artículos, de ensayos y de cadenas pavosas que dicen que somos mejores que otros por tener playas bonitas (que tampoco son la gran cosa) y otras cosas naturales. Y la gente que predica ese mantra busca maquillar su mediocridad individual con paisajes naturales, que no pertenecen a nada ni a nadie, sólo a la naturaleza.

Si pudiese, me cambiaría el acento. Imitaría el acento argentino, el acento mexicano o el acento español. No he podido, aunque lo he intentado, librarme de esa venezolanidad vanidosa que muchos de mis compatriotas desparraman por ahí. Esta gente es feliz diciendo que el país en el que no soportaron vivir es mejor que el país que ahora habitan. Es feliz criticando el modo de ser de la gente que los ha acogido. Tienen resaltadores en sus vestimentas, en sus expresiones, que gritan que son venezolanos. Es necesario recalcarlo. No lo he soportado, ni tampoco lo he comprendido.

Culpo muchas veces a los venezolanos de hacer (para mí) despreciables muchas cosas que antes apreciaba por su modo de ser en sí mismas. Me gusta el deporte. Me gusta el béisbol. Me parece un deporte fascinante e interesante. Pero el venezolano consiguió hacerlo repugnante, consiguió mezclarlo con esa cultura deleznable de sexo machista y básico, de obreros borrachos de instintos primarios.

A veces siento que me daría igual si Venezuela desapareciera del mapa. Siento que, quizás, si hubiese nacido en Madagascar, en Estonia o en Bután, mi actitud sería la misma. O quizás no. Sería imposible afirmar que mi circustancia-país no me ha moldeado. Sería traicionar a la filosofía de Hegel, quien exponía esta premisa como nadie. Pero esa circunstancia no implica un agradecimiento, o una mejoría.

Pero son sólo mis opiniones.

Relato inspirado en las cartas ficticias del escritor romano Petronio. No nos maten.