Memo

El 2017 acaba de nacer. El salón de fiestas de la Hermandad Gallega, aunque no está tan concurrido como en años anteriores, luce alegre. Los papelillos vuelan circulares por el piso, impulsados por el aire que genera el pasar de los zapatos elegantes de los comensales. Una solterona, ya embriagada, pide risueña, al mesonero, un refill de champaña para su copa. Un gordo, con un cintillo de luces, se desamarra la corbata y se ajusta el larguísimo cinturón. Timbales, guitarras y otros instrumentos aguardan en la tarima. Me besas en la sien. “¿Qué súper planes tienes para este año, Tomás?”.

Entre vítores y aplausos, aparecen los músicos; se ajustan, calibran, cuentan el tempo y tocan con la exquisita afinación que sólo da la experiencia. Un señor respetable, con traje impecable y carisma al caminar, se apodera del micrófono, da las buenas noches y canta. Ya se han formado las primeras parejas de baile. Esa música, como dice mi padre, alegra hasta a un muerto. Con un pasapalo de hojaldre en la mano, acercas tu boca a mi oreja:

-Tomás, ¿quién es ese carajo?

-¿Qué?

-¿Quién es ese carajo?

-¡Memo Morales!

-¿Quién?

-Memo Morales, hija mía, ¿no sabes quién es Memo Morales?

-Nop.

-¡Uno de los cantantes más famosos de la Billo’s!

-Ah.

Tras un breve rato de boleros y pasodobles, me sugieres salir a orearnos. Ante mi negativa, te sientas en una silla cubierta por tela gruesa cuyo espaldar está adornado por un lazo naranja que, seguro, no se ha lavado desde que Lusinchi era candidato; cruzas los brazos y exhalas. Tu malcriadez me hace tornar los ojos hacia arriba y consentir tu capricho. Abrimos la pesada puerta de vidrio y nos vamos.

Tu vestido vinotinto no te cubre los hombros, tienes frío. Te ofrezco mi chaqueta, la aceptas con una sonrisa, te cubres con ella, te queda gigante, sólo te falta el antifaz y la espada para que seas “El Zorro”. El concierto aún se escucha. Está desierta toda el área de la piscina, cuya agua, aclarada por los bombillos, refleja y refracta líneas luminosas; podríamos cometer mil crímenes y nadie se enteraría. Nos echamos en una tumbona, nos acurrucamos. Un fuego artificial explota en verde y en rojo sobre una barriada lejana. La algarabía se detiene de repente, no le prestamos atención, alguna falla eléctrica interna habrá apagado los amplificadores. Un seguridad, al pasitrote, sale del recinto y se comunica por el walkie talkie: “Menéndez a caseta, Menéndez a caseta, cuando llegue una ambulancia, déjenla pasar inmediatamente y que se dirija lo más cercano posible a la sala de fiestas”. Arqueamos las cejas, nos levantamos de nuestra comodidad. Algo grave pasó.

 

T.M.

 

 

 

 

El vigilante de la urbanización Miranda

Por alguna razón de paranoia, casi nunca daba mi identidad real en las casetas de vigilancia. El hecho de que un desconocido anotara, en una lista arrugada, mi nombre, mi cédula y mi placa, me generaba una incomodidad fácilmente comprensible para quien haya visto en las noticias (o experimentado personalmente) la cantidad de secuestros (o falsos secuestros) originados gracias a la complicidad de los encargados de seguridad del lugar en el que se desarrolló el crimen.

Como la inventiva nunca ha sido mi fuerte, utilizaba el mismo alias como respuesta a la siempre incómoda pregunta de: “¿me puede dar su nombre, por favor?”. “John Galt”, exclamaba yo, siempre engolando la voz como un gesto residual del respeto que me generaban esas dos palabras. John Galt es uno de los personajes principales de “La rebelión de Atlas”, encantadora y “maligna” novela de Ayn Rand, cuyos textos y filosofía siempre han despertado, en mí, la más genuina sonrisa.

En la gran mayoría de las ocasiones, el vigilante de turno, con cara de confusión, hacía la misma solicitud: “¿me lo puede deletrear, por favor?”, petición a la que siempre accedí de manera amable. En otros casos, el lapicero, sin hacer cuestionamientos, anotaba sobre el papel la inscripción errónea: “Yon Gal”, “Llon Gals”, “Jon Gá”. Al momento de levantarse el brazo metálico y recibir el “adelante”, mi cara siempre esbozaba esa tonta expresión de los vencedores en el modesto terreno de los engaños sutiles.

Fue una tarde despejada y fría de diciembre cuando, como tantas otras veces en las visitas a mis amigos de la Urbanización Miranda, un vigilante, lista y bolígrafo en mano, hizo la pregunta de rigor. “John Galt”, contesté, como si fuese un aprendido acto de rutina. Cuando la sonrisa le hizo mover su bigote espeso y me miró con aire triunfador, supe que algo no marchaba como era habitual. “No me digas”, me dijo con aire retador y apretando la lista contra su amplio pecho. “Sí le digo”, contesté sin pensar. “¿Como el de la rebelión de Atlas?”, me replicó. Con la boca abierta y con mi mano tratando de encubrir mi cara de vergüenza, me di por vencido. “Ése mismo. Perdón, es que nunca me ha gustado dar mi nombre, soy muy paranoico”. “Ja, no te preocupes, hijo. Te dejo pasar porque es una buena novela, sólo necesito tu nombre y tu cédula”.

A los pocos segundos de avanzar, un gesto de su mano, que pude ver en mi retrovisor, pedía que me detuviera. Pisé el freno y, con nervio, esperé su llegada a la ventana del piloto. “Por cierto, hermanito, ahorita estoy leyendo ésta, se llama “Al este del edén”, de pana es una joya”. “Ah, claro, es que Steinbeck era un maestro, por algo ganó el Nobel”, le dije. “Coño, pero tú lees bastante, ¿no?”. “Lo que puedo”, le repuse. “Bueno, hermanito, cuando quieras te acercas un día y hablamos de buena literatura, pero, eso sí, me das el nombre que es”.

 

T.M.

Facebook.com/LaCantarida

 

¿Venezuela merece morir?

Siento que no hay falacia más tonta que el sentir patriótico. Las humanidades (mas no mucha de la humanidad) ha avanzado en investigaciones y debates hasta concluir que nada es, o debería ser, sagrado. Pero nos enseñaron, sin opción a cuestionar, que Venezuela era un país arropado por una especie de bendición mágica; quizás lo sea, quizás no. El haber dogmatizado esta premisa convirtió a Venezuela en una nación malcriada, que siempre tiene una excusa a mano cuando algo le sale mal. Un ejemplo de ello, aunque muy básico, es la selección de fútbol, la intocable Vinotinto. Cuando pierde, siempre la derrota es atribuida a un factor externo: el cansancio, la altura, el arbitraje, el césped; es como una ofensa imperdonable el admitir que, aunque hemos mejorado muchísimo en los últimos quince años, no somos una selección tan buena y no tenemos, por ahora, tanto nivel. Si somos obtusos para observar eso, ¿cómo podremos hacer un diagnóstico apropiado y combatir el problema?

Este planteamiento es sólo un reflejo de lo que ha permeado desde lo social. La mayoría de los venezolanos ha decidido obviar los síntomas, sostener su cáncer en secreto, de un modo similar al que describía Susan Sontag en “La enfermedad y sus metáforas”, cuando ilustró los modos en los que un tumor se hace tabú, entorpeciendo la búsqueda de un proceso certero de curación efectiva.

“Venezuela es el mejor país del mundo”, vociferan muchos, consolándose en un delirio “balsámico”, a la par que ven, a través de los vendajes oculares inútiles, cómo todo se cae a pedazos (literal y metafóricamente). El intermedio es atribuir la destrucción del país al gobierno (esto, técnicamente, no deja de ser verdad, aunque debe ser desmenuzado). El socialismo bolivariano, esa maldición extraña que, al igual que un tsunami, ha arrasado con todo a su paso, ¿es la causa directa del mal; o es el detonante, el campo anárquico que ha dado rienda suelta, a falta de autoridad y de ley, a que los venezolanos hayan retrocedido a ese estado primario en el que el hombre es el lobo del hombre? ¿El venezolano se volvió malo, o afloró lo vil que, al igual que un químico inocuo a la espera de un catalizador, dormía en su interior?

Venezuela es el país del “chalequeo” y la “echadera de broma”, pero se ofende, se “pica” y patalea cuando el venablo va dirigido hacia lo más sagrado que tiene: el concepto y la abstracción de sí misma. Venezuela es un Narciso demacrado que no le quiere hacer caso al incendio devastador que ha ocurrido a su alrededor; cree ser feliz viendo su cara en el último charquito de agua que queda en el suelo. Prefirió mirarse y mirarse antes que apagar las llamas. Morirá chamuscada, pero satisfecha de bucear en el espejismo de su orgullo. Los radicales de la oposición y del gobierno tienen su propias consignas referentes a esto: unos tecleando que el que se fue ya no tiene derecho a opinar, otros gritando: “al vende-patria, ni pan ni agua”.

Venezuela desperdició bonanzas petroleras, gobiernos progresistas y oportunidades únicas e impostergables. Se durmió en laureles (lo más triste de todo es que estos laureles jamás existieron). Ahora despierta, poco a poco, y se da cuenta de que está paralizada, pero, como siempre, no es su culpa.

No tenemos los mejores paisajes del mundo. No tenemos las mujeres más lindas (ese concepto, tan simplificador de la mujer, de por sí es retrógrado). La mayoría de nuestro petróleo es un bitumen que ya nadie quiere. Tener desierto, selva, un poquito de nieve (porque, admitámoslo, hay más hielo en un carrito de raspados que en el pico Bolívar) y montañas no es ninguna particularidad, no es ningún logro; Tanzania, México, Estados Unidos y muchos otros países también lo tienen y no andan presumiendo.

De todas formas, ésas no son las cosas que miden que un país sea mejor o peor, pues este barómetro se halla en la gente. Hay venezolanos muy valiosos, muy dulces y muy buenos. Pero creo, en este punto de mi vida, que la mayoría no lo es. La bondad, que de por sí es un concepto muy difícil de definir, muestra su exceso o su defecto en las condiciones extremas. Como decía el aforismo de Tagore: “se sabe si brilla cuando llega la obscuridad”.

Tengo una amiga que necesita de ciertas pastillas para vivir. Consiguió, con una revendedora, una caja por precio de diez mil Bolívares. Cuando la negociación estuvo a punto de cerrarse (fíjense que, para conseguir una simple medicina, hay que emplear términos que parecieran sacados de una novela de mafiosos), la revendedora se enteró de lo necesarias que eran estas pastillas para mi amiga, por lo que le exigió, además del pago, jabón, detergente y aceite. ¿De qué sirve tener un Roraima y un Salto Ángel cuando tienes monstruos así conviviendo contigo?

Cuando ocurrieron las inundaciones en Apure, en 2015, se realizó una colecta de donativos consistente en medicinas, insumos, alimentos no perecederos y agua (triste ironía). Se descubrió, pocos días después, que la Guardia Nacional, encargada de repartir y administrar la ayuda, extorsionaba a las víctimas al vender, (a precios altos, para colmo) la ayuda que las víctimas de los siniestros requerían con urgencia. ¿No es momento de replantearnos la cuestión de si el venezolano es tan “chévere”, como dicen por ahí?

Nunca he creído en la apología del delito, aunque mis circunstancias, desde un punto de vista materialista-marxista, dan puerta abierta a que mi posición en ese aspecto sea  subjetiva y discutible. En el “Caracazo”, esa bandera que Chávez nos vendió como una rebelión del hambre, fueron saqueadas licorerías por doquier. Desconozco las propiedades alimenticias del ron y del whisky, pero creo que, cuando tienes hambre, no vas a saquear una licorería. El “Caracazo” no fue más que un robo en masa convertido en fenómeno mediático y político.

El crimen en Venezuela no es más que la materialización nietzscheana de la voluntad de poder, del placer que siente el delincuente al empuñar armas blancas o de fuego y saberse capaz de decidir sobre la vida y el sufrimiento de los demás. Al igual que el nativo-americano, que, al no estar consciente del valor del oro a causa de su abundancia, lo entregó a cambio de baratijas, el pistolero, al criarse entre la abundancia de la sangre, piensa que ésta no es valiosa, que no es grave derramarla. ¿Esto lo exime de culpa?, naturalmente, no. La voluntad de poder y el placer casi sexual de decidir sobre otro se manifiesta en muchas formas: en los funcionarios públicos que juegan con tu desesperación y con tu tiempo, que se dan importancia, importancia con la que buscan maquillar su complejo; en la revendedora de las pastillas de mi amiga, en la telefonista maleducada.

En Venezuela, nadie es “huevón”, el “huevón” siempre es el otro. “Yo no soy ningún huevón”, siempre dice alguien con entonación que celebra su “superioridad”, muchas veces acompañada de un “Yo no me dejo joder por nadie”. En vista de esas circunstancias, yo, Tomás Marín, me declaro el único “huevón” que ha nacido en el país. Me criaron para ser “huevón”: para dar paso, para no saltarme el puesto en la fila, para no hacer trampa en mis estudios, para respetar el semáforo, para ser cortés aunque esté de mal humor, para, muchas veces, sacrificarme a fin de evitar el conflicto. Es por eso que Caracas me tragó vivo, es por eso que Venezuela me dio empellones una y otra vez. Es por eso que me fui, aún sabiendo que, quizás algún día, tendré que regresar humillado y triste. Me fui con el sueño de hacer arte, de hacer comunicación, de llevarme lo bonito de Caracas, de desprenderme del comunismo y de tener una novia escandinava que dé paso, que no se salte el puesto en la fila, que no haga trampa, que respete el semáforo, en fin, que sea tonta, como yo.

T.M.

 

 

 

Cinco obras de teatro que deben ser leídas (V)

“El balcón”, de Jean Genet.

En medio de un territorio asolado por una sangrienta guerra civil, se erige una casa de fantasía en la que los clientes son invitados a “desnudarse en todas las formas posibles”. Los deseos, muchas veces transgresores y profanos, de convertirse, aunque sea por unas horas, en los personajes que nunca pudieron ser en vida, hacen que hombres y mujeres, muy respetados (y hasta temidos), se refugien en este pequeño pero simbólico mundo teatral que funciona como sedante ante la realidad, recrudecida por la pólvora, la sangre, las lágrimas y el miedo. Los magisterios, el clero, los padres de familia, los revolucionarios; toda la “buena” sociedad hace parte en este amasijo delirante en el que el espectador, eventualmente, se sentirá reflejado.

 

“La tormenta”, de August Strindberg.

Una pieza concisa, hecha para el teatro pequeño (el modelo de “Teatro de Cámara” que tanto buscó perfeccionar el autor). Un anciano, casi ermitaño, vive enclaustrado, junto a sus buenos y sagrados recuerdos, en una residencia junto a una honesta e ingenua criada que le ayuda en algunos quehaceres diarios. Durante las últimas semanas, los misteriosos vecinos del piso de arriba, que jamás dejan verse y viven envueltos en una serie de ruidos inexplicables y de horarios extraños, terminarán por encauzar los hechos que, gracias a una de las visitas del hermano del protagonista, desatarán un tifón para el personaje que deberá aferrarse al timón de su propia voluntad para sortear las olas del pasado que arremeterán violentamente.

 

“Corona de amor y muerte”, de Alejandro Casona.

Con fantasía imaginativa y poética exquisita, se nos presenta la perspectiva legendaria en la historia de Inés de Castro y Pedro de Portugal, pareja que logró enfrentarse al poder de la realeza, llevando su romance a los macabros límites que sobrepasan la muerte. Cada personaje presenta una pugna interna entre su referente histórico, el deber para con su pueblo y su vulnerabilidad como ser humano, ejecutando, por esta manera, acciones terribles, aunque vayan en contra de su voluntad. Una escena inolvidable es la del Rey (tan desalmado como comprensivo) “enfrentado” a su nieto y arrojándole el acertijo que lo describía: “¿Qué hombre, qué hombre es, que está ardiendo y siente frío, que mira y no puede ver, que está a la orilla del agua y está muriendo de sed?”.

 

“Las brujas de Salem”, de Arthur Miller.

Basada en los enigmáticos juicios llevados a cabo en el pueblo de Salem, Massachusetts, a finales del siglo XVII, en donde las principales acusaciones eran la práctica de la brujería y las alianzas satánicas; los partícipes en estos sucesos (casi todos basados en personas reales) nos van haciendo intuir el modo en el que un juego de jóvenes se va saliendo de control y arrastrando odios y resentimientos guardados hasta hacer estallar una epidemia de histeria colectiva capaz de desenmascarar el rostro más obscuro de los seres humanos en su costumbre de defender, incluso con sangre, conceptos indemostrables. Una línea destacable, que resume el espíritu de la obra, es la de Proctor, cuando, presionado por el gobernador a admitir un supuesto vínculo con el diablo, responde: “¡Sí, siento que arde en mí su fuego!… ¡Oigo crepitar las llamas que muestran su cara! ¡Y es mi propia cara!… ¡Y la suya!… ¡Y la suya!… ¡La de todos los que tenéis miedo de sacar al hombre de su ignorancia, conscientes ahora de que todo esto es un fraude! ¡Miedo de que se descubra y se luche contra la intolerancia y el fanatismo! ¡Queréis derribar el cielo y ensalzar la mentira!”.

 

“Los bellos durmientes”, de Antonio Gala.

Sexo, amor, drogas, té, éxito, fracaso, familia, vejez; son muchos los cuestionamientos y las reflexiones que se hacen en torno a esta pieza que representa la llegada de Marcos, un cuarentón de mente liberal, al esterilizado mundo de Diana y Claudio, donde todo es pragmatismo y finanzas. Aunque algunas conclusiones puedan caer en lo cursi, la obra va madurando y convirtiéndose en un canto a la tolerancia, a la libre elección en todos los sentidos aunque el entorno parezca aprisionar. Un monólogo valioso es el de Marcos al decir: “El atractivo es un don: compártelo, no lo uses nunca como arma de dominio… Un ser iluminado no es macho ni hembra: está por encima de esas posturas… El sexo es móvil, cambiante, divertido…”.

 

Tomás Marín

Comunicador Social/Periodista Internacional

Residente en Madrid

tomasmarind@hotmail.com

 

Jalea de mango

Ruth sentía náuseas, quería llorar. El oleaje, aunque más atenuado que en días anteriores, golpeaba el casco de la nave con ferocidad malévola. Una anciana robusta, con una pañoleta manchada sobre el cabello gris, tosía con asfixia flemática. Dos niños, de chalecos rasgados y boinas negras, jugaban a deshuesar un espinazo. Se cumplían casi tres semanas en alta mar, el viaje era agotador, insoportable.

Ruth consiguió espacio en el trasatlántico gracias a un sacrificado amigo de la familia que, según sus propias palabras, tenía “contactos especiales”. En un principio, Ruth no quería partir, no consentía la idea de abandonar a su madre viuda en una Alemania ocupada por los nazis. Sus tíos, sin embargo, acabaron convenciéndola tras insistir, solemnemente, en la promesa de que ellos la cuidarían con garbo y la esconderían con inteligencia, a fin de que nada malo le ocurriese.

Zhak, amigo y vocinglero, pasó sus dedos huesudos por los cabellos amarillos de Ruth.

-Estás pálida, Ruth, ¿estás enferma?

-¿Cuánto falta para llegar, Zhak?

-Está previsto que hoy hagamos la escala. Van a recargar suministros antes de que lleguemos al nuevo país.

El Atlántico era infinito, un titán que parecía disponer de todo, como un adolescente malcriado y caprichoso. El humo de las calderas se perdía en el viento cada vez más cálido. Sudamérica, el destino, era tierra de nadie, un lugar desconocido más allá de la última Tule, una salvación milagrosa pero extraña. Apoyados en la baranda blanca y descascada, Ruth y Zhak permanecían en silencio.

El barco atracó. El encargado, repartiendo papeles sellados y notificando que se hallaban en un tal puerto de La Guaira, advirtió que no se alejaran demasiado, que retomarían el camino en pocas horas. Ruth, pasado el mareo, tenía hambre, mucha hambre; en los últimos días, sólo había comido dos pedazos de pan y uno de queso. El aire del trópico y el calor que le rozaba la cara le hacían bien. Se sentó, junto a Zhak, en una piedra húmeda con olor a salitre; veía a la gente gritar y trabajar. No comprendía nada de lo que decían, el español era un idioma ajeno.

Un muchachito moreno, con una gran cesta de panelas amarillas, ofrecía, cantarín, su mercancía. Ruth tuvo curiosidad y, con un gesto de la mano frágil, solicitó al pequeño vendedor. Con la ayuda de Zhak, que algo entendía del castellano luego de haber trabajado un tiempo en Málaga junto a unos primos sefardíes, supo que aquello era jalea de mango, una fruta sobre la que ella, quizás, había leído alguna vez en un libro. Entre educada y tímida, aceptó el dulce que le tendió el muchacho, dio la mitad a Zhak y engulló su parte con desesperación de fiera, manchándose los labios, que se relamía una y otra vez.

-Zhak, pregúntale si acepta monedas europeas, tengo unas en el bolsillo, que me dejó mi madre.

-Él dice que no le debes nada, que te lo regala, que sabe que tienes hambre.

Cayendo la tarde, el encargado, con su silbato, llamaba a embarcar nuevamente. El cielo estaba despejado, con un azul naval imponente y pulcro. Una radio de pulpería hacía sonar a un hombre que hablaba con la voz ronca. Ruth no quería marcharse, la ataba un lazo terso e invisible. Ya tendría siete décadas para aprender a hablar español.

 

T.M.

Crónica basada en un capítulo de “La historia fabulada III”, de Francisco Herrera-Luque.

La diáspora sin azúcar, por favor

En los últimos años, la diáspora venezolana se ha convertido en la lágrima fácil, en el tema tautológico que todos, incluso el que redacta este artículo, hemos explotado alguna vez, ya sea escribiendo un poema, componiendo una crónica o diseñando una torta. Se dibuja y se desdibuja en una perenne lamentación que, con palabras y palabras, cae, repetidas veces, en lo cursi, sin dejar suturar la llaga de las despedidas (si no lo creen, pregúntenle a Desorden Público o a los redactores de ProDavinci (aunque “Los que se quedan, los que se van” es una canción excelente)). Es por esto que el equipo de redacción de La Cantárida (que somos una botella vacía de aceite de oliva y yo) se ha propuesto, como broche de oro, hacer el artículo definitivo sobre la emigración, sin recurrir a lugares comunes o metáforas que jueguen con los sentimentalismos.

Primero que todo, es necesario hablar sobre las acepciones de la emigración. ¿Qué es emigrar?, es un concepto que varía con respecto a quien lo ejecuta directamente o a quien afronta las consecuencias colaterales al ver cómo un amigo/familiar toma un avión/carro/tren/canoa/caballo/túnel/nave espacial para intentar la búsqueda de mayores estabilidades integrales, económicas, políticas y/o sociales. Emigrar puede abarcar desde un desprendimiento total, casi budista, hasta una foto tonta en el piso de Cruz-Diez acompañada por los hashtags #LlevoTuLuzYTuAromaEnMiPiel #VenezuelaElMejorPaísDelMundo #DenmeLikes. Objetiva y simplemente, emigrar es irte de tu país. Ojo, no es cuando te colocas un traje de baño, unos lentes obscuros y un sombrero, te vas a Aruba y dices: “bueno, señores, me voy del país, feliz fin de semana a todos, nos vemos el lunes”. No. Emigrar es irte permanentemente de tu país, sin el deseo, al menos a corto o mediano plazo, de regresar.

Hay emigrantes que tienen la fortuna de contar con gente que los espera en el lugar de destino: familiares, amigos, amigos de familiares, conocidos, conocidos de amigos, amigos de conocidos, familiares de amigos, familiares de conocidos, amigos de conocidos de familiares; se entiende, ¿no?. A los menos afortunados los espera la policía migratoria, pero eso es tema para otro artículo. Hay gente, sin embargo, que se va y arriba sola, teniendo que comenzar desde cero, literalmente desde cero. Tiene que buscar nuevos estudios, nuevo trabajo, nuevos amigos; en fin, recurrir a una vida nueva. Pero no al estilo de Mario Bros cuando se cae de la plataforma, se muere y dices: “rayos, qué mala suerte, tengo que recurrir a una vida nueva, sólo me quedan tres”. No. Esto es la realidad.

Toda la odisea del emigrante comienza con el día en el que decides irte de tu país. Una buena mañana te levantas, te desperezas, te quitas las lagañas, bostezas y exclamas: “hoy amanecí como con ganas de irme del país”. Lo primero que debes hacer es concertar una cita. No una cita como cuando te sonrojabas y decías: “Hola, Cristina, la verdad es que te he visto desde hace días y me pareces una chica simpática y bonita, ¿te gustaría tener una cita conmigo?”. No. Ésta es una cita burocrática en la que, luego de implorar e implorar e implorar para que te asignen un día, deberás enfrentarte a un sinfín de papeleos, trabas, papeleos, funcionarios pedantes, papeleos, trabas, papeleos, corrupciones, afiches del “galáctico” y respuestas tipo: “lo siento, camarada, le falta un comprobante/copia/partida de nacimiento original de su tatarabuela, sellada y cotejada por Simón Bolívar”. Todo esto mientras ruegas que no te den la peor de las respuestas, la más desesperante, la más frustrante, la más vil: “señor, se nos cayó el sistema” (aunque, en realidad, “se nos cayó el sistema” es un eufemismo para decir: “somos unos malditos vagos y no nos gusta trabajar. Danos algo ahí para el café”).

Frente a tu emigración, la reacción de la gente suele variar. Hay quienes te apoyan, quienes aplauden tu decisión y la secundan. Pero hay quienes no se hallan muy a gusto, éstos se dividen en dos: los tranquilos y los radicales. Los tranquilos te argumentarán cosas como: “Pero, ¿por qué te quieres ir del país?, si éste es el mejor país del mundo, no importa que tengamos inflación, inseguridad, déficit, corrupción, odio y dictadura. Debes quedarte aquí y luchar”. Los radicales, en cambio, dispararán a herir, te espetarán algo como: “No puedo creerlo, ¡te vas del país!, eres un apátrida, un cobarde, un traidor, un maldito, ojalá te maten y te quemen; pero, antes, ¿podrías ayudarme a conseguir estas medicinas para mi mamá?, es que aquí no hay”.

El día en el que te vas, suele haber una combinación de sentimientos y nervios encontrados. Hay gente que es más relajada, ésos que se sientan en su poltrona y dicen: “uf, en dos horas me tengo que ir, déjame ver a quién llamo para que me lleve”. Otras, en cambio, actúan con más prudencia: “¡el vuelo sale en doce horas y el taxi que pedí hace tres meses no ha llegado, ¡ay!”. Vas por la Caracas – La Guaira (que no es lo mismo que ir a un Caracas – La Guaira) y te das cuenta, al llegar al aeropuerto y esperar el avión, que, realmente, las cosas que más quieres no se pueden llevar en una maleta; tal es el caso de una bazuca para disparar a los GNBs, PNBs y Polivargas que sólo quieren matraquearte.

Llegas al otro país, esperas tu maleta en una correa que funciona. Por primera vez, los cuerpos de seguridad te inspiran otra cosa que no sea risa, pánico, lástima o asco. Estás entre ilusionado y cansado, la misma sensación que sentías cuando era junio y llegaban los parciales y los finales en la universidad. Sales del aeropuerto, no ves gente “viva” ni gente muerta. (Irónicamente, el país de la “viveza” criolla es el país de la muerte). Comienza tu aventura.

Tres aspectos a tomar en cuenta cuando emigres:

1.- No te sientas en la obligación de amar a tu país:

Nacer en un país es algo fortuito, no lo decidiste; el país (o tú) no será mejor o peor por eso. Estás en tu derecho de amarlo u odiarlo, de expresarte como desees. Lo único imperdonable es que no lo conozcas o lo investigues a fondo, para argumentar lo mucho que lo idolatras o lo mucho que lo detestas.

2.-No ocultes o reniegues de dónde vienes, pero tampoco quieras imponerte.

Toma siempre en cuenta que eres un invitado (aunque tengas pasaporte, residencia, permiso, pareja, etc.) Exporta cultura, trabajo honesto, alegría; no exportes la mejor manera para saltar el torniquete del metro sin pagar. Respeta. No eres más sabroso o más insípido que nadie. Eres un invitado, no lo olvides.

3.- No imites el acento de otro país.

Ten algo de dignidad.

 

Tomás Marín

Fotografía: Tomás Marín

 

 

Tomás Marín: Un escritor de historias atávicas y humores negros

Se define como un dramaturgo sin escenario, como un humorista que no sabe hacer reír; afirma que, a pesar de tener padres guapos, él salió esperpéntico. Le cuesta sostener la mirada. No se sabe, a ciencia cierta, cuando está diciendo algo en serio. Estudió cine y, luego, comunicación social. Adora el teatro y el rock, se defiende con la guitarra distorsionada y con la batería. Casona, Brecht y Herrera-Luque son sus escritores favoritos. Le gusta más adaptar historias que crearlas desde cero: “la idea es que el espectador/lector, al cerrar la página o al salir del teatro, sea un poco más culto, haya aprendido algo nuevo”. No es creyente, asegura que le da igual que exista o no exista Dios: “el gran logro sería que la tolerancia nazca desde adentro, no por temor al karma o a un castigo supraterrenal”.

En 2015, editó “En caso de infierno, rompa el libro”, una serie autoproducida de monólogos conceptuales basados en novelas clásicas (hay influencias que van desde “Los renglones torcidos de Dios”, de Torcuato Luca de Tena, hasta “El extranjero”, de Albert Camus), en personajes históricos y en experiencias personales. La obra, que se puede conseguir en Amazon, tuvo poca promoción y pocos ejemplares que, según el autor, “fueron comprados por lástima pero, algún día, serán invaluables”.

Aparte, ha escrito distintas piezas teatrales. De la que más orgulloso está es de “La historia fracturada”, que narra, en diez retablos, la travesía de tres amigos (entre los que él mismo se incluye) que participan, con infinita ironía y pesimismo, en varios de los sucesos más importantes de la historia contemporánea venezolana, pasando por los golpes de estado de 1992, la llegada del monopolio petrolero y la diáspora que, hasta hoy, sigue separando familias en un país desangrado. Otras creaciones son “El disturbio azul”, que relata la hazaña de Louis Blériot al cruzar el canal de la Mancha, y “La revolución será cruel”, que extrapola, en una cena de sociedad, la rebelión que llevó a María Antonieta y a Luis XVI a la guillotina.

Es abstemio, no fuma y no consume drogas: “mis únicas adicciones son el azúcar y las gotas para la nariz”. Camina por la ciudad para buscar ideas y esquinas en las que mendigar en caso de que esas ideas fracasen. Tiene muchos proyectos en el tintero, que sueña con concretar hasta, un día, poder vivir de ello. Mientras tanto, funge como periodista, elaborando reportajes sobre artistas, exposiciones y actividades culturales, ansiando, pronto, estar del otro lado.

 

J.E.