Cinco obras de teatro que deben ser leídas (IX)

“Sueño de una noche de verano”, de William Shakespeare.

Dos historias paralelas, aunque entrelazadas, se desarrollan entre los castillos reales y los bosques. Por un lado, Herma, la hija del célebre rey Teseo, está siendo forzada a casarse con Demetrio, un hombre fanfarrón por quien Elena, una de las grandes amigas de Hermia, suspira profundamente de amor, a pesar del constante rechazo de éste. Lisandro, el verdadero amor de Hermia, planea, junto a ésta, una fuga amparada por la noche. Por el otro lado, un grupo aficionado de teatro, compuesto por unos personajes torpes, cómicos y entrañables, está buscando representar, con un presupuesto extremadamente paupérrimo, una gran tragedia griega. Ambas tramas dan un simpático giro cuando, en el bosque, Puck, satírico servidor del rey de las hadas, vierte, en ojos equivocados, una sustancia floral que provoca el amor instantáneo a primera vista. Esta pieza está empapada de diálogos preciosos, uno de ellos es el pronunciado por la inspirada Elena: “Tu honradez es mi escudo; porque para mí no es de noche cuando contemplo tu rostro, y, por tanto, no pienso que estoy en la noche. Ni falta a este bosque un mundo de sociedad, pues para mí eres el mundo entero. ¿Cómo, entonces, puede decirse que estoy sola, cuando todo el mundo está aquí para mirarme?”. Una fantástica reflexión es la pronunciada por Teseo: “El loco, el amante y el poeta son todo imaginación: el uno, el loco, ve más demonios de los que el infierno puede contener; el amante, no menos insensato, ve la belleza de Helena en la frente de una gitana; la mirada del ardiente poeta, en su hermoso delirio, va alternativamente de los cielos a la tierra y de la tierra a los cielos; y como la imaginación produce formas de objetos desconocidos, la pluma del poeta los metamorfosea y les asigna una morada etérea y un nombre. Los caprichos de una imaginación alucinada son tales, que si le ocurre a ésta sentir un acceso de alegría, encarga a un ser de su creación que sea el portador; o si en la noche se forja algún miedo, ¡con cuánta facilidad toma un zarzal por un oso”.

 

“Controversia del toro y el torero”, de Albert Boadella.

Paco, un no muy exitoso y cincuentón torero profesional, agoniza herido por una grave cornada en la pierna. Miguel, un enloquecido personaje que, de tanto ayudar al entrenamiento taurino, confunde y mezcla su personalidad con la de un toro, lo a a visitar. En medio de un ambiente un tanto onírico, en el que el público funde como partícipe, Paco y Miguel debatirán arduamente, entre el delirio, la locura, la cultura y la comparación, sobre los pros y los contras de una actividad tan cuestionada y arraigada en España como lo es el toreo. Esta pieza teatral se nutre mucho del popular libro conocido como “El Cossío”, la enciclopedia taurina más respetada y extensa que se conoce. Un conmovedor monólogo es el que hace Miguel, dentro del papel de Toro: “Uno está tranquilo y extasiado en el campo entre hierbas apetitosas y flores, paciendo lentamente con el reconfortante olor de tus hermanos de especie entre los que te sientes cobijado. De pronto, una tempestad de gritos, golpes y carreras acaba en una caja donde no puedes moverte. Te van zarandeando en la obscuridad y oyes al fondo un rugido de motor. Es un largo viaje sin comer ni beber mientras casi no puedes mantenerte en pie con tanto vaivén y frenazo. Finalmente, te desembarcan a batacazos y alaridos en otro corral obscuro donde hueles restos de excrementos de hermanos tuyos ya sacrificados. Puedes pasar días en estas tinieblas. Al fin, se abre la puerta y entonces crees que por aquel camino volverás al dulce pacer entre encinas, pero no es así. Al mismo tiempo que sientes un pinchazo agudo en la espalda, se abre un portón de luz cegadora desde donde emerge un ruido atronador de voces. Sales disparado en busca del campo y el rebaño añorado pero te encuentras pisando arena y de nuevo encerrado y sin salida. Una multitud de humanos ruge sin cesar y tu corazón late con tal fuerza que la sangre parece que va a reventar los conductos. Luchas para defenderte de tantos enemigos que te impiden retornar a tus parajes. La sangre te ofusca los ojos y embistes ferozmente, no porque seas un sádico, sino para eliminar obstáculos al dulce placer de la manada. Entonces empieza el tormento…”.

 

“La venganza de Don Mendo”, de Pedro Muñoz Seca.

Don Mendo, un enamorado Marqués, se deja llevar a prisión tras un forzado malentendido que busca resguardar el honor de Magdalena, su amor. En prisión, y gracias a una serie de entrañables personajes y amigos, se entera de que la misma Magdalena ha urdido una trampa para sacarlo del camino, ejecutarlo y concretar su boda con el rico Don Pero, protegido del rey y consentido de Don Nuño, padre de la doncella. Escapando de las garras de la muerte, Don Mendo iniciará una vida nueva y planificará una fría y espectacular venganza en la que terminan involucrados todos los personajes. Esta obra, la pieza maestra de Muñoz Seca, se nutre de, prácticamente, la totalidad de los estilos y formas de versos en el idioma castellano”. Un precioso diálogo es el entablado entre Don Mendo y Magdalena tras su reencuentro: “Trovador, soñador, un favor”. “¿Es a mí?” “Sí, señor. Al pasar por aquí, a la luz del albor, he perdido una flor”. “¿Una flor de rubí?” “Aún mejor: un clavel carmesí, trovador. ¿No lo vio?” “No le vi”. “¡Qué dolor! No hay desdicha mayor para mí, que la flor que perdí era signo de amor. Búsquela, y, si al cabo la ve, démela”. “Buscaré, mas no sé si sabré cuál será”. “Lo sabrá, porque al ver la color de la flor pensará, ¿seré yo el clavel carmesí que la dama perdió?” Otro monólogo precioso es el de la malvada Magdalena en el reencuentro con Don Mendo: “¿Has visto cómo la flor, cuando despunta la aurora, abre sus pétalos tiernos buscando luz en las sobras? Pues así mi boca busca el aliento de tu boca… ¿Has visto cómo los ríos buscan el mar con anhelo para darle cuanto llevan porque el mar es su deseo? Pues así mis labios buscan los suspiros de tu pecho… ¿Has visto cómo la luna busca, en el bosque frondoso, un lago de linfa clara donde mirarse a su antojo? Pues así mis ojos buscan el espejo de tus ojos”.

 

“La sirena varada”, de Alejandro Casona.

Ricardo, un excéntrico, despreocupado y joven millonario, se ha retirado, junto a su criado Pedrote, a una apartada casa en la que sueña fundar una república en la que no existan imposibles, donde sean bienvenidas todas las personas que no se hallen atadas por los lazos de la cordura. A su proyecto se ha sumado un pintor, que se ha vendado los ojos para inventar colores nuevos; y un “fantasma” (que venía incluido en la casa.). La llegada de una supuesta sirena, que entra trepando por la ventana, y de Florín, médico y tío de Ricardo, pondrán en balanza todas las fantasías del lugar y harán un análisis con respecto a la posibilidad de renunciar al mundo y vivir de las fantasías. Un entrañable diálogo es el que tienen Ricardo y la Sirena: “Cuando yo vuelva al mar, iremos juntos. ¿No me quieres tú? Pues juntos. Es otra vida aquella, más azul y mejor que la del monte. Ya verás. ¿No vendrás conmigo?” “No sé”. “¿No tienes fe en mí?” “Sí”. “Entonces, vendrás. ¿No habías de venir? El fondo del mar es como el monte, Dick; igual que el monte, con el cielo más bajo. ¡Verás qué felices somos allá! Tendremos una casita en lo más hondo, con tiestos en las ventanas y un palomar de delfines. Y las noches claras saldremos a ver los barcos que pasan por arriba moliendo, con la hélice, las estrellas. ¿No vendrías, Ricardo?”. 

 

“Muerte accidental de un anarquista”, de Darío Fo

La obra teatral comienza con un curioso prólogo que nos explica que los sucesos que vamos a ver sobre el escenario están basados en sucesos reales. Estos sucesos tuvieron lugar en la ciudad de Nueva York. Un anarquista, en medio de un interrogatorio policial, cayó misteriosamente por la ventana. El casi fue archivado como un accidente, aunque todo indica lo contrario. La obra traslada los mismos sucesos a la ciudad de Milán de los años 70 (en que fue escrita la obra) Un loco, con problemas de histriomanía (no puede dejar de interpretar diversos personajes) se hace pasar por un importante juez y, engañando a todo el cuerpo de policía, reabre el caso de la muerte “accidental” de aquel anarquista. La comedia de Fo, muchas veces hija del teatro del absurdo, nos revelará una muy profunda sensibilidad social, haciendo punzantes comentarios hacia la injusticia y el muchas veces absurdo proceder de la ley.

 

Tomás Marín

 

 

 

 

 

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“Gracias por todo, Daniela. Yo te debo la vida”

“¿Se le puede lanzar maní a la elefanta, papi?, preguntó Daniela. “Claro que sí, mi amor, pero tienes que lanzar con fuerza para que el maní pueda llegar y la elefanta se lo pueda comer”, respondió el papá. Daniela tenía colitas y era mi mejor amiga. Teníamos unos seis años. A veces, el papá de ella nos llevaba al zoológico de Caricuao. A veces, cuando su papá estaba ocupado, metido en asuntos de política que yo nunca entendía, era mi papá quien nos llevaba al miso sitio, al zoológico de Caricuao, nuestro lugar favorito en el mundo.

Yo amaba esos paseos. Generalmente los hacíamos los sábados por la mañana. Cuando mi papá era el chofer íbamos a buscar a Daniela, que vivía cerca de la Hoyada y quien siempre nos esperaba en la puerta de su edificio con un gran saquito de maní para compartir conmigo mientras veíamos animales enjaulados en el zoológico de Caricuao. Daniela era una niña sensible. Siempre fue la niña más sensible que conocí. Recuerdo que se le aguaban los ojos en el carro cuando veía a la gente pobre en la calle. Nunca llegaba a llorar. Más bien parecía que tenía alergia. Mi papá quitaba el aire acondicionado, creyendo que era el aire acondicionado del carro el que le enrojecía los ojos a Daniela. Pero ella me decía, a solas, que la pobreza ajena le generaba una tristeza que siempre la superaba. Yo me encogía de hombros. Yo sólo me ponía triste cuando no había Sorbeticos de fresa en el Excelsior o cuando no podía tener el Hieloco que me faltaba.

Creo que esa sensibilidad de Daniela vino por el papá. Mi papá siempre decía que el papá de Daniela era socialista. Yo no comprendí esa palabra sino hasta los 13 ó 14 años. De niña, la palabra “socialista”, por alguna razón me sonaba a comida. De grande aprendí que la palabra “socialista”, más bien, siempre implica falta de comida. El papá de Daniela era cercano a Chávez. Por eso, cuando la campaña de Chávez se intensificó, cada vez lo veía con menos frecuencia. Se volvió un señor esquivo y un tanto sombrío. Muy distinto de aquel hombre de ojos achinados y alegres que, con anécdotas dicharacheras, nos llevaba hasta Caricuao a ver animales y que nos brindaba un sándwich de pollo granjero cuando nos portábamos bien, que era siempre, porque siempre nos portábamos bien.

La primera vez que un escolta de Daniela nos llevó a Caricuao, yo sabía que los viajes al zoológico estaban heridos de muerte. No era lo mismo. Además, ya nos estábamos haciendo grandes. Teníamos otras inquietudes que ver animales enjaulados en el sur de Caracas. Yo notaba que a Daniela no se le aguaban más los ojos, a pesar de que cada vez había más harapientos en la calle. Pero Daniela siempre seguía compartiendo manís conmigo. Aunque cada vez hablaba menos y cada vez hablaba de cosas un poco más triviales. Estaba un poco desapareciendo la Daniela niña. Un poco como el papá, pero de modo diferente.

Pero Daniela y yo hemos sido amigas toda la vida. He sido testigo de sus crisis de nervios, de las amenazas que a veces recibía y del plástico círculo que fue construyéndose en torno a ella (y del que yo siempre hice parte). De repente, casi de un día para otro, las fiestas y las salidas con Daniela comenzaron a ser arrechísimas, alucinantes, de otro mundo. Siempre me daba un poco de corte que ella casi siempre estuviese rodeada de escoltas. Pero, al mismo tiempo, era una ventaja. Si faltaba hielo, whisky del caro o cocaína, los amigos de Daniela podíamos pedir a los escoltas que “hicieran el mandado”. Recuerdo a un escolta en particular. Se llamaba Ángel. Era un tipo gordísimo, moreno y estaba tatuado. Parecía de esos seguridad que aparecen en los reality show basuras de MTV. Pero lo que tenía de barriga, lo tenía de corazón.

Quiero dejar en claro que nunca he sido aficionada de (algunas) drogas. Daniela tampoco lo era. Pero ella tenía mente muy liberal y abierta. No le importaba que sus amigos fumaran porros o se metieran pases, incluso sobre los cuerpos desnudos de otras chamas drogadas, en las fiestas descomunales que ella organizaba casi todos los fines de semana y que se hacían en Valle Arriba o en el yate gigantesco que daba vueltas (siempre escoltado por pequeños barquitos de la Guardia Nacional) por las hermosas aguas de Falcón.

Yo no sé si el papá de Daniela es un narco, como la gente dice. Pero no me extrañaría que así fuera. A mí, que siempre he sido moralmente neutra, ni me va ni me viene. A Daniela tengo mucho que agradecerle. Fue ella quien me sacó del país tercermundista al que siempre he odiado con todas mis vísceras y me llevó a vivir a Estados Unidos, en donde ella hizo otro círculo aún más brutal que el círculo que tenía en Venezuela. Yo siempre me sentí, un poco, como su protegida. Incluso, Daniela era inteligente y generosa para ciertas cosas que poco o nada tenían que ver con el dinero, con las orgías o con las fiestas. Recuerdo clarísimo que una vez, incluso cuando ya su nombre tenía cierta fama en los medios (reflejo del papá, que es una figura realmente de peso), llegó a mi casa en su Grand Vitara (siempre escoltada), en medio de una tarde lluviosa, para enseñarme una lección sobre polinomios que en la Simón yo no había terminado de entender. Siempre sentí que ella hubiese podido ser una buena profesora. Pero a ella no le hacía falta eso. Nunca le ha hecho falta ni eso ni nada.

A mí me excitaban un poco (y no me da pena decirlo) y me llamaban la atención ciertos aspectos de la personalidad de Daniela. Ella tenía cierta inclinación por la depravación. Parecía que no sentía sensibilidad por nada. Era como si aquella niñita de ojos aguados que iba para Caricuao hubiese mutado en una figura realmente curiosa y atractiva. Ella, por ejemplo, cuando hacía parrilladas, mandaba, a veces, a traer a la ternera viva desde Carora, desde San Felipe o desde alguna de esas ciudades enterradas en la nada. Ella nunca se atrevía a hacerlo personalmente, pero le daba dólares (y siempre un beso en la mejilla, que era  su rubrica) a Ángel o a otro de sus escoltas para que, con un machete, propinara un golpe letal al animal, quien corría desangrándose hasta morir ante el júbilo del círculo de amigos orgiásticos y drogados de Daniela, quien siempre veía el espectáculo con una sonrisa hermosa. Luego, naturalmente, la ternera era asada y disfrutada por todos los comensales. Realmente eran noches fantásticas. Aunque no eran tan fantásticas cuando Daniela hacía sacar su guitarra Fender acústica y se ponía a cantar. Odiaba como cantaba, y tocaba horrible. Pero no podía decírselo. Nadie podía hacerlo.

Y creo que fue esa costumbre a la insensibilidad de Daniela lo que me hizo extrañarme tanto cuando la vi ayer en la que, quizás, sea la última vez que la vea. Se notaba que había llorado. No estaba maquillada y no tenía su sonrisa perlada, perfecta y espectacular. Nosotras somos (o éramos, a partir de hoy) vecinas en Estados Unidos. Ella me regaló la casa en la que vivo ahora. Por ella puedo caminar en Central Park en vez de en la Plaza Altamira. Por ella conozco el deleite de las trufas, de la champaña, de la Hershey’s Store y del sexo grupal.

No le dolió tanto los 800 millones de dólares que le embargaron a su papá como el hecho de que el gobierno de Estados Unidos ordenase su deportación inmediata. 800 millones de dólares, cuando eres hija de quien eres, se consiguen como se consigue una moneda perdida debajo de la alfombra del carro. “Helena, ¿me acompañas al JKF?”, me preguntó. “Claro que sí, Dani”, le respondí. Le dieron sólo 72 horas para salir. Fuimos en taxi hasta el aeropuerto. Otro taxi, atrás, iba siguiéndonos, llevando las maletas de Daniela, que parecían incontables.

Me dio mucha paja que la deportaran. Para mí siempre ha sido una mierda toda la parafernalia que han montado contra ella. Pero no quería decírselo. Dani no habló en todo el camino. No habló casi en el aeropuerto y me dio mucha lástima cuando le pusieron el sello rojo en su pasaporte diplomático repleto de sellos de los más variopintos países del mundo. La acompañé mientras estaba sentada y pensativa en la larga hilera de sillas plateadas y vacías. Nunca la había visto así.

“Me acaba de escribir mi mamá por el Whatsapp”, le dije a Daniela, quien miraba hacia el frente y jugaba con la punta de las mangas de su suéter blanco. Se veía tan cuchi así, triste. “¿Y qué te dice?”, me preguntó. “Parece que se murió Ruperta”, le dije yo. “¿Quién coño de la madre es Ruperta?”, me dijo Daniela, siempre mirando hacia el frente y con una displicencia que me pareció cómica. “La elefanta de Caricuao. ¿Te acuerdas de ella? A ti te gustaba tirarle maní”, le respondí yo.

Daniela sonrió. Fue la única vez que la vi sonreír en todo ese día. Me sentí feliz de hacerla sonreír. Pensé que podríamos hablar de Ruperta y de los días en las que éramos felices visitando un zoológico que ahora es una basura maloliente. Pero ella prefirió quedarse callada. La gigantesca pantalla que anunciaba las salidas indicaba que ya estaban abiertas las puertas de embarque para el vuelo que, a las 20:55, partiría hacia Caracas. “Gracias por todo, Daniela. Yo te debo la vida. Nos veremos más pronto de lo que crees”, le dije. Estuvimos abrazadas un tiempo largo. La sentía llorando sobre mi hombro. La fiesta, al menos en Nueva York, se había terminado. “Toma”, me dijo ella. Sacó, de su Kipling violeta, una bolsita de maní salado a medio comer. “Cómetelo tú, que no me lo van a dejar pasar”, me dijo antes de tomar camino al avión que saldría a las 20:55, el que la llevaría de vuelta al país tercermundista al que siempre he odiado con todas mis vísceras.

 

Helena Eco.

Reseñas cantáridas: “La tortura de la esperanza”, de Auguste Villiers.

La tortura de la esperanza es un cuento de Auguste de Villiers (aunque su nombre era mucho más largo), escritor francés nacido en 1838. La vida de Aguste de Villiers fue realmente particular. Toda su vida aseguró que pertenecía a una ya moribunda (por no decir muerta) nobleza francesa. Pero la verdad es que no lo hacía por simples ganas de molestar. Lo hacía porque, durante toda su vida, la situación económica del autor fue realmente apretada y deseaba, por la vía del linaje, obtener algún dinero. De hecho, muchos de sus textos fueron hechos más por apuros económicos que por intereses realmente artísticos. La tortura de la esperanza fue publicado, en una colección de relatos llamada “Nuevos cuentos crueles”, en 1888, un año antes de que Auguste de Villiers falleciera a razón de un cáncer de estómago. Su título original en francés es “La torture par l’espérance

El relato cuenta con un exquisito humor negro y un tanto macabro. Podría pensarse, de buenas a primeras, que se trata de una crítica a la inquisición y a la intolerancia. Pero el verdadero tema es la frustración y la desesperanza. Y no a cualquier desesperanza (que es lo que hace que el relato se convierta en todo un homenaje al humor negro y a la ironía) sino a la desesperanza de quienes creen, precisamente, en la esperanza misma. Un poco al estilo de que nada, por más intenciones que tengamos, podemos hacer en contra de la predestinación.

Es un texto de pocos personajes. El principal de ellos es al que conocemos como el rabino Abarbanel. Abarbanel es un prisionero de la inquisición española que, durante un año, ha sido torturado dura y cruelmente a razón de que es un judío convencido (descendiente de los mismos judíos del antiguo testamento) que no desea aceptar al dios de los cristianos. Esto nos lleva al otro personaje importante de la historia, que es Pedro Argüés, el tercer gran inquisidor de España, el responsable de toda la tortura que ha sufrido el desdichado rabino. Otra de las grandes ironías del relato se basa en el comportamiento de Pedro Argüés. Éste siempre le asegura al infeliz rabino que todo lo hace por su bien, para recuperar a su “oveja descarriada”.

El relato, bastante breve y conciso, tiene una fluidez impresionante. La primera parte se basa más en recuerdos que nos hacen familiarizarnos con los personajes. La segunda parte es la acción como tal, que se desarrolla de una manera dinámica y realmente ágil. Acompañamos al Rabino Abarbanel en un periplo tanto simbólico como literal en el que es su último manotazo en búsqueda de su última esperanza, en sus ganas de liberarse y de huir. Todo el relato, conciso al fin, se desarrolla en un complejo de calabozos y mazmorras en donde todos los actos, como en un gran encierro, se desenvuelven con descripciones que, aunque no son muy largas, nos revelan una imagen muy clara de los hechos y del lugar.

El ambiente en el que se desarrolla la trama es en medio de la cruel inquisición española. El autor (que hubiese sido totalmente innecesario) no pierde tiempo ni muchos renglones en describir a la inquisición como tal. El relato, a pesar de que es ubicado en la inquisición española, podría aplicarse perfectamente a una de las crueles cárceles del siglo XX o hasta del Siglo XXI. Es posible que el autor haya reflejado en este texto su propia desesperanza ante una vida que siempre quiso tener y que, cuando parecía que por fin tendría, se le esfumaba de las manos.

Tomás Marín

 

Reseñas cantáridas: “El artista del hambre”, de Franz Kafka

El artista del hambre es un cuento de Franz Kafka, escritor checo nacido en 1883 y conocido por obras emblemáticas como “El proceso” o “La metamorfosis”. El cuento, al igual que la gran mayoría de la producción de Kafka, fue publicado, al menos de manera oficial, tras la muerte de éste. El relato fue escrito en 1922, dos años antes de la muerte de su autor. Su título original, en alemán, es Ein Hungerkünstler.

El tema principal del relato, sin duda alguna, es la decadencia. De esta decadencia podemos encontrar dos vertientes. La primera es la decadencia de un artista que, con el pasar de los años, ve cómo su fama va mermando gracias a la aparición de nuevas atracciones y de nuevos entretenimientos. La segunda es la decadencia física. El artista del que hablamos es un ayunador, es decir una persona que pasa hambre voluntariamente, poniendo en riesgo su cuerpo, su salud y su vida con tal de convertirse en una atracción y en un espectáculo.

El narrador, con un lenguaje muy ameno (algo típico de las producciones kafkianas), cuenta, en tercera persona, el ascenso y la caída de un artista del que no conocemos su nombre, que conocemos, sencillamente, como “El ayunador”. El ayunador siente una gran satisfacción por su trabajo, sobre todo en su época de esplendor. Siendo ésta la época en la que, encerrado en una jaula, ve pasar días y noches alrededor de la muchedumbre que, durante un plazo de cuarenta días (aunque él afirma que puede ayunar por más tiempo), ve a su cuerpo enflaquecer para, cumplido el plazo, y en medio de un gran alborozo, forzarlo a romper escuetamente el ayuno. El ayunador es un personaje sumamente melancólico e impulsivo. Otros personajes, como el empresario (una especie de manager) del ayunador, atribuyen este comportamiento melancólico e impulsivo (furioso a veces) al hambre, aunque, realmente, de una manera planteada un tanto como humor negro, se debe a que el ayunador no libera, por decirlo de alguna manera, todo su potencial artístico.

La trama va avanzando de una manera dinámica y anecdótica. Hay, básicamente, dos tiempos en la historia. El primero es la “gloria” del ayunador, cuando éste es respetado, querido y admirado. El segundo es su “caída en desgracia”, cuando el espectáculo del ayuno ya no es interesante para casi ninguna persona en ninguna ciudad y el ayunador, luego de romper con su empresario, encuentra trabajo como atracción complementaria, casi desapercibida, en un circo no muy lejano. Los dos lugares de la historia se presentan en estos dos tiempos. Siendo uno de estos lugares la jaula en la que el ayunador hace, durante tanto tiempo (aunque con pequeñas pausas) su espectáculo y el otro un rincón del mencionado circo.

El lenguaje, tal como hemos señalado, es bastante ameno y coloquial. Es una narrativa que sólo hace uso, casi al final de la historia, de un diálogo un tanto crispante (no tanto por lo que se dice, sino por cómo se dice) entre un displicente inspector y el ya desgraciado y pasado de moda ayunador.

El contexto por el que fue creado un cuento como “El artista del hambre” se debe a dos razones principales. En primer lugar (y esto es algo que yo, particularmente, desconocía), los ayunadores, como el de la historia, existieron realmente. Eran atractivos de las ferias fijas e itinerantes europeas de mediados y finales del Siglo XIX. Éstos dejaron profunda huella en el autor, quien, de niño, asistió a varias de estas ferias. En segundo lugar, para el momento en el que Kafka escribió el relato, se hallaba en medio de una terrible tuberculosis que le dificultaba mucho la ingesta de alimentos, haciéndole perder peso dramáticamente y, seguramente, haciendo que éste, quizás a modo de humor negro, se identificase con los ya decadentes ayunadores.

Tomás Marín

Microteatro didáctico: Leif Erikson

(Puerto en Islandia. Madrugada. Hace mucho frío. Un marinero embarca cosas en un barco no muy grande. Helena se acerca tímidamente a él.)

HELENA: Hola.

MARINERO: (Sin voltear a verla.) Hola.

HELENA: (Mira, con curiosidad, lo que hace el marinero. Silencio de varios segundos.) Hola.

MARINERO: (Detiene su actividad y mira, durante unos segundos, a Helena.) Hola. (Vuelve a sus labores.)

HELENA: (De nuevo contempla, con curiosidad, al marinero.) Linda madrugada, ¿no?

MARINERO: (Vuelve a detener sus labores.) Hace frío. Está nublado. Ha llovido. ¿Es lindo eso?

HELENA: Para alguna gente lo es.

MARINERO: Ya veo. (Vuelve a sus labores.)

HELENA: (Tras un largo silencio.) Hola.

MARINERO: (Se detiene bruscamente.) ¿Te encuentras bien?

HELENA: Yo sí. ¿Por qué?

MARINERO: ¿Necesitas algo?

HELENA: (Fingiendo ingenuidad.) ¿Yo?

MARINERO: Sí.

HELENA: (Evidentemente mintiendo.) No.

MARINERO: Ya veo. (Vuelve a sus labores.)

HELENA: Sólo estoy aquí.

MARINERO: (Concentrado en sus labores. Sin prestarle mucha atención a Helena.) Ajá.

HELENA: Tan temprano en la madrugada.

MARINERO: (Sigue concentrado en sus labores.) Ya veo.

HELENA: Hablando con usted.

MARINERO: (En la misma actitud.) ¡Qué interesante!

HELENA: (Tras un silencio.) La verdad es que sí necesito algo.

MARINERO: (Sin voltearse aún. Concentrado en sus labores.) ¿Qué necesitas?

HELENA: ¿De quién en esta embarcación?

MARINERO: (Detiene su actividad y se acerca a Helena.) ¿Es que, acaso, no lo sabes?

HELENA: (Falsamente ingenua.) No.

MARINERO: ¿Es que, acaso, no te lo han dicho?

HELENA: (De nuevo falsamente ingenua.) No.

MARINERO: ¿Es que, acaso, no te lo han contado?

HELENA: (Falsamente ingenua.) No.

MARINERO: Ésta es una de las naves que partirá en la expedición del capitán Leif Erikson.

HELENA: (Disimulando muy mal su ingenuidad.) ¿Leif Erikson?

MARINERO: El más grande capitán de toda Islandia.

HELENA: ¿Y a dónde irá la expedición?

MARINERO: Al misterioso oeste, en donde las aguas son más negras y el frío es más frío.

HELENA: Suena hermoso.

MARINERO: Lo es. Pero es sólo para personas valientes.

HELENA: ¿En serio?

MARINERO: Sí. Las tierras del oeste son extrañas. Están pobladas por salvajes extraños.

HELENA: ¿Qué tan extraños?

MARINERO: Dicen que se comen a quienes no pertenecen a sus tribus.

HELENA: ¡Qué miedo!

MARINERO: Por eso digo que es sólo para valientes.

HELENA: No es fácil lidiar con los Skraelings.

MARINERO: (Sorprendido.) ¿Cómo sabes que…

HELENA: Lo sé todo sobre las tierras del oeste y sobre Leif Erikson.

MARINERO: ¿Cómo lo sabes?

HELENA: No existe, aquí en Islandia, alguien más fanático de Leif Erikson que yo. Tengo hasta un póster autografiado en mi habitación.

MARINERO: (Desdeñoso.) No es mucho.

HELENA: Siempre lo veo partir. Siempre lo veo llegar. Tengo, en mi cuerpo, siete tatuajes con su nombre.

MARINERO: ¡Caray! ¡Ni yo!

HELENA: ¿Sabes cuál es mi mayor sueño?

MARINERO: ¿Cuál?

HELENA: Pertenecer a su tripulación.

MARINERO: ¿Quién no soñaría con eso?

HELENA: ¿No lo comprendes?

MARINERO: ¿Qué?

HELENA: Es por eso que estoy aquí.

MARINERO: ¿Quieres decir que…

HELENA: ¡Quiero alistarme en la tripulación de Leif Erikson!

MARINERO: (Luego de un silencio.) No.

HELENA: ¿Por qué?

MARINERO: Eres mujer.

HELENA: ¿Y?

MARINERO: Las mujeres no sirven para trabajos como éstos.

HELENA: ¿Sabes que, dentro de mil años, el decir algo así va a ocasionar que la opinión pública te destroce en las redes sociales?

MARINERO: ¿En las qué?

HELENA: Además, me he preparado bien.

MARINERO: De todas formas, no nos quedan más vacantes en la tripulación.

HELENA: No importa. Me acomodo en cualquier rincón, y no molesto. Llevo mi propia comida en un tupper.

MARINERO: No. Lo siento.

HELENA: ¿Por qué?

MARINERO: ¿No has visto lo peligroso que es? Muchos mueren por el camino. Y las tierras del oeste son muy peligrosas. ¿Quién querría arriesgar su vida así?

HELENA: Tú.

MARINERO: Bueno, pero…

HELENA: Y yo.

MARINERO: ¿Qué sucede si mueres?

HELENA: Que me arrojen al agua y ya.

MARINERO: ¿Cómo a una foca muerta?

HELENA: O como miles y miles de toneladas de plástico.

MARINERO: ¿Tienes experiencia con el agua?

HELENA: (Mintiendo descaradamente.) ¿Yo? ¡Por supuesto!

MARINERO: ¿Qué experiencia?

HELENA: Mi madre siempre me dice: “Helena: tráeme un vaso de agua, por favor”. Y yo se lo llevo.

MARINERO: ¿Solamente?

HELENA: Y me gusta bailar cuando llueve.

MARINERO: No es suficiente.

HELENA: Y me duché hoy.

MARINERO: Estamos hablando de olas, de mareas, de tormentas, de posibles naufragios y de tempestades.

HELENA: Si no me dejas subir a ese barco, ¿cómo voy a ganar experiencia?

MARINERO: Mi respuesta sigue siendo no.

HELENA: Insistiré.

MARINERO: (Suspira.) ¿Sabes? Me recuerdas un poco a mí mismo cuando era más joven.

HELENA: ¿Por qué?

MARINERO: No me dejaban entrar en ninguna tripulación.

HELENA: ¿Por qué?

MARINERO: Decían que era flaco, que no serviría para esto. Además, no tenía experiencia con el agua.

HELENA: ¿Y qué hiciste?

MARINERO: Insistí. Y ahora vivo la vida de marinero. La más feliz que hay.

HELENA: Yo seguiré insistiendo.

MARINERO: (Tras un silencio.) ¡Bienvenida a bordo!

HELENA Y MARINERO:

Surcaremos los mares

aunque la noche esté fría.

Habrá jornadas enteras

sin nada o nadie a la vista.

Sin divisar puertos, faros,

barcas amigas o islas,

habrá noches muy negras

con la obscuridad de guía.

El viento soplará, helado,

agitando nuestras velas.

No veremos ni un destino

asomándose a cubierta.

Iremos de un lado a otro,

al vaivén de la marea,

pero la aurora boreal

será nuestra compañera.

FIN.

Tomás Marín

Reseñas Cantáridas: “La Buena Terrorista”, de Doris Lessing: La ansiedad por ser rebelde.

“La Buena Terrorista” es una novela de la escritora británica Doris Lessing. Es cierto que Doris Lessing no nació en Gran Bretaña como tal. Lessing era hija de un militar inglés que, para el momento del nacimiento de Doris, se hallaba de misión en lo que actualmente es Irán. Luego de esto, vivió, hasta los 30 años, en lo que actualmente es Zimbabwe. La vida de su padre, y las vivencias propias de Doris, la atrajeron siempre hacia los temas políticos. La Buena Terrorista fue publicada en 1985, cuando la autora contaba con 66 años de edad.

La Buena Terrorista, como bien lo indica su título, se trata de un gran oxímoron, de una contradicción, de una paradoja. ¿Puede ser bueno un terrorista? es una pregunta que, aunque no se expone directamente en ninguna página, pareciera estar allí, como flotando a lo largo de toda la novela. Hay varios temas que se tocan a lo largo de la trama. Hay temas humanos, como la soledad y la pertenencia. Entiéndase una pertenencia a un grupo, sea un grupo de compañeros, de amigos, o un grupo familiar. Hay temas políticos, como el terrorismo propiamente, y su aplicación. Otro tema que se toca en la novela, también político, es la izquierda, las resistencias, especialmente las llevadas a cabo por las juventudes comunistas, casi siempre soñadoras, fantasiosas y amantes de la utopía. Se tocan otros temas más locales, propios del Reino Unido del momento, como el IRA, el famoso Irish Republican Army, grupo independentista asociado no pocas veces al uso del terrorismo.

La Buena Terrorista es una historia de pocos personajes (aunque existe una cantidad considerable de personajes casi referenciales que no adquieren ningún protagonismo en la historia). Esto hace que, a lo largo de sus casi 500 páginas, los pocos personajes que se desenvuelven a través de la trama puedan desarrollarse bien. Los personajes de La Buena Terrorista, para bien o para mal, al menos en mi opinión, están muy bien dibujados y son entrañables, aunque muchos de ellos nos resultan abrumadoramente chocantes. La protagonista de la historia es Alice, una muchacha de clase media/media alta cuya historia comienza con su llegada a un squat, una especie de casa okupada como las que podemos ver en España. Aquí comienza lo que viene a ser el primer oxímoron o contradicción del libro. El desenvolvimiento de una muchacha (que no es una muchacha tampoco, tiene más de treinta años) en una vida comunal, alejada de las comodidades de la vida de clase media o media alta. Es cierto que no es la primera vida comunal que tiene Alice, quien ya ha vivido en otros squats y tiene ciertas facilidades para adaptarse a los mismos. Una de las grandes piedras en el zapato, por llamarlo de alguna manera, de Alice es Jasper. Jasper es un muchacho más joven que ella, que ya ha vivido junto a ella mucho tiempo, incluso mientras Alice aún vivía junto a su madre, y hacia quien Alice desarrolla una auténtica dependencia emocional. De hecho, una de las grandes batallas de Alice, tanto antes de que inicia la trama como luego de ésta, es la lucha contra casi todo el mundo quien ve en Jasper a una especie de parásito inútil que frena a Alice más que la ayuda, mientras Alice ve en él a una especie de héroe o de dios, a pesar de que Jasper, uno de los personajes chocantes a los que me he referido anteriormente, es prepotente con ella, casi nunca la trata con cariño y jamás la mira con ojos de amor de pareja. Esto, no pocas veces, despierta en Alice, sobre todo cuando se siente triste o frustrada, el deseo de dejarlo, de abandonarlo a su suerte. Pero nunca puede, su dependencia emocional no se lo permite.

Hay dos personajes que me parecieron, particularmente, los mejor trazados, los mejor descritos, los más entrañables. Estos personajes son casi uno solo, ya que, a lo largo de toda la novela, casi siempre están juntos. Es una pareja de lesbianas que no podrían ser más disímiles entre sí. Una de ellas es Faye, quizás el personaje más característico de toda la novela. Es una muchacha muy chocante, pero tiene siempre un no sé qué de encanto que hace que no la puedas terminar de odiar. Faye, quizás, de todos los personajes de la novela, es quizás la más mala, la que alberga más resentimiento y odio. Por otro lado, se nos va revelando como una chica sufrida, que lo ha pasado realmente mal a lo largo de su vida. Lessing, la autora, se encarga siempre de resaltarnos, casi en cada aparición que tiene Faye, su belleza física, única y abrumadora. La pareja de Faye, el otro elemento de este binomio de personajes, es Roberta. Roberta, como he señalado, es todo lo contrario a Faye. Es gruesa, grotesca, hombruna y bonachona. Tiene una dependencia brutal hacia Faye, su pareja. La dependencia de Roberta hacia Faye asemeja un poco a la de Alice hacia Jasper, pero mucho más intensa. Cuando Faye tiene una rabieta o una pataleta, es Roberta quien se excusa por ella. Cuando Faye llora, es Roberta quien la consuela. Roberta se ha convertido en una especie de madre para ella. Y muchas veces Faye, aunque se nos deja en claro que la ama, no es recíproca con todo el sacrificio que Roberta hace por ella.

Aunque toda la trama siempre va de la mano de Alice, la protagonista sin ningún tipo de duda, la historia nos es narrada a través de un narrador en tercera persona. Este narrador tiene la capacidad de ahondar tanto en los pensamientos como en los sentimientos de todos los personajes, sobre todo de Alice, naturalmente, aunque éstos no expresen estos pensamientos ni estos sentimientos con palabras. De vez en cuando, el narrador se permite (aunque esto sucede sólo unas dos o tres veces en toda la novela) emitir alguna opinión acerca del comportamiento de tal o cual personaje, o de un contexto histórico mucho más macro que está relacionado con el comportamiento de dicho personaje en ese momento.

La cronología en la narrativa de La Buena Terrorista no es particularmente complicada. La historia va siempre hacia adelante en un ritmo constante que, en algún momento, nos puede parecer un tanto uniforme y hasta lento. Sin embargo, sobre todo con el personaje de Alice, se utiliza mucho el recurso de la analepsis, es decir el retorno a sucesos pasados, en este caso a manera de recuerdo. Casi todas las vueltas al pasado que hace Alice, en su memoria, ensimismada, traen a colación a otro personaje que, a mi parecer, es esencial en la trama. Este personaje es Dorothy, la madre de Alice. Dorothy es un personaje que presenta otro de los grandes contrastes en la trama. Es un personaje venido a menos. En sus recuerdos, en el pasado de su niñez y de su adolescencia, Alice asocia siempre a Dorothy, su madre, con muchos de sus recuerdos más felices. Pasteles, mimos, juegos, fiestas. En el presente, ya ninguna se soporta. De hecho, hay un devastador diálogo, cerca de las páginas finales, entre Alice y Dorothy, en el que capitalizan todas sus vivencias de madre e hija. Curiosamente, luego de este diálogo, si pensábamos que la novela tenía un ritmo que podría parecer lento, de repente la trama se acelera de una manera avasallante, como si alguien hubiese presionado un botón de turbo. De hecho, las últimas 40 páginas de la novela podrían ser extraídas de la misma y formar una especie de relato aparte, un relato realmente fuerte. Aunque, en honor a la verdad, las últimas 40 páginas, a pesar de ser dinámicas, rápidas, violentas, perderían muchísimo sentido si no tuviésemos ya tanta familiaridad con los personajes que aparecen en éstas. También es necesario destacar la habilidad de Lessing para poder desarrollar, sin aburrirnos nunca, mucho más de la mitad de la historia dentro de una misma casa. En este caso es la casa número 43, el famoso squat en el que vive Alice junto a sus compañeros. De hecho, es admirable que, no pocas veces, cuando un personaje sale de la casa 43, no volvemos a saber de él hasta que regresa a la misma. Es como si, de alguna forma, nosotros también habitásemos en el squat.

El estilo narrativo de Doris Lessing, al menos en esta novela, es bastante limpio. No tiene grandes metamensajes más de los que están implícitos en las mismas explicaciones a lo largo de la trama. Es un lenguaje ameno y bastante coloquial que, de hecho, muchas de las críticas que tuvo la novela, al momento de publicarse, se basaban en la simplicidad de su lenguaje, considerada excesiva por algunos críticos. También está bastante empapado de diálogos, generalmente cortos, de casi todos los personajes. En estos diálogos, podemos apreciar que existen notorias diferencias entre los distintos personajes. Distintas maneras de expresarse, aunque circunden un mismo tema.

Como he mencionado anteriormente, la novela está fuertememente influenciada por su mismo tiempo y por su misma circunstancia. El resurgimiento de las juventudes comunistas en Gran Bretaña, la influencia de la Unión Soviética en ésta. Pero el hecho que realmente inspiró a Doris Lessing a escribir “La Buena Terrorista” fue un atentado que hubo en 1983, apenas dos años antes de la publicación de la novela, en la tienda departamental Harrods. Este atentado, llevado a cabo con un coche bomba, fue adjudicado al IRA, el controversial grupo izquierdista que aboga, entre otras cosas, por la independencia de Irlanda (y de Irlanda del Norte) con respecto al Reino Unido.

Tomás Marín

¿El Stephen Hawking venezolano?

Yo no sé ustedes, pero, al menos a mí, que tengo 27 años, en mi infancia,me contaron más de una vez el relato de la “Cucarachita Martínez”. De hecho, mi papá me ha contado, en más de una ocasión, que, cuando él era pequeño, en su colegio de la isla de Margarita, fue protagonista de una representación teatral acerca del relato de la Cucarachita Martínez. Y esto sin mencionar la popular canción de Serenata Guayanesa, que comienza diciendo: “La cucaracha Martínez, arreglando el comedor, por debajo de la mesa un centavo se encontró”. El origen de este cuento seguramente pertenece al folklore popular, pero quien lo canalizó y lo materializó fue nada más y nada menos que un prestigioso y notable científico venezolano.

Este dato puede que sorprenda a muchos, sobre todo a quienes están acostumbrados a ver, en los científicos, a gente muy hierática, seria y aséptica. Pero Vicente Marcano era todo lo contrario. No sólo tiene el mérito, además de ser químico, de ser el primer investigador científico profesional en la historia de Venezuela, sino que, cuando leemos e investigamos acerca de él, nos encontramos con que también tenía una pluma notable, no sólo dedicada a sesudos artículos científicos, sino a literatura tanto infantil como para adultos.

Y es que Vicente Marcano era realmente un erudito. Tuvo la oportunidad de estudiar en París. Y no en cualquier academia. Vicente Marcano se graduó en la Escuela de Artes y Manufacturas, la famosa Escuela Central de París. La Escuela de Artes y Manufacturas era (y es) una de las instituciones más prestigiosas del mundo. Se dedica a formar ingenieros con un conocimiento en casi todas las ramas del saber. Lo cierto es que Vicente Marcano, una vez egresado de esta prestigiosa institución, regresó a Venezuela para poner en práctica sus conocimientos, ya que, para él, el país lo necesitaba. ¡Y de qué manera lo hizo!

Lo primero que hizo fue poner su pluma a trabajar en largos ensayos didácticos que, sorprendentemente, se siguen editando hasta el día de hoy. Quizás el más famoso de todos fue “Elementos de filosofía química según la teoría atómica”. Sé que el nombre puede sonar muy engorroso y hasta aburrido. Y quizás sea cierto que es un libro sólo para entendidos. Sin embargo, debemos tener en cuenta que fue una publicación avanzadísima para la época, más proviniendo de un país que no tenía bagaje científico, como lo era Venezuela.

Y es que, al mencionar esto, no debemos creer que los ensayos científicos de Vicente Marcano solamente tuvieron difusión en los escasos círculos científicos que había en Venezuela. Las teorías, los análisis y las visiones de Marcano, rápidamente, comenzaron a ser solicitadas y muy valoradas en el extranjero. De hecho, algunas de las publicaciones de Vicente Marcano fueron traducidas a varios idiomas y publicadas en muchas de las revistas y libros de recopilación científica más importantes para ese momento a nivel mundial.

Ahora bien. ¿Por qué nos atrevemos a comparar a Vicente Marcano con el científico inglés Stephen Hawking? Es cierto que, tanto por época como por recursos, distan mucho. Pero lo cierto es que ambos coincidieron en una cosa. Stephen Hawking, además de sus importantísimas investigaciones y aportes, se dedicó, mediante su libro “Breve historia del tiempo”, a llevar el conocimiento científico a un plano más “común”, más dirigido hacia personas que tenían poca o nula noción de las ciencias y de su avance como tal. Algo similar hizo, muchos años antes, Vicente Marcano.

A Vicente Marcano le interesaba mucho que el pueblo venezolano, siempre sumido en la peor y más lamentable de las ignorancias, tuviese la oportunidad de enamorarse de la ciencia. Intentando esto, publicó no pocas historias que siempre tenían un trasfondo de explicación científica. Por ejemplo, podemos leer la “Historia científica de una gota de rocío” o “Lo que hay en una botella de cerveza”, un divertido relato en donde éste, hablando en primera persona, recibe una carta de una amiga un poco tonta, quien lo invita a comer, y se pone a hablar con él acerca del origen de la cerveza. De más está decir que, a pesar de su valioso intento, Vicente Marcano fracasó en enamorar al pueblo de la ciencia, ya que, hoy en día, es sumamente difícil encontrar este tipo de textos.

Sin embargo, en otras labores como escritor, sí que tuvo muchísimo éxito. Un ejemplo de ello es el famosísimo relato, que ya hemos mencionado, de la Cucarachita Martínez (que, en el original, tenía el nombre de la Cucarachita Martina). Otro ejemplo, aunque lamentablemente casi diluido en el tiempo, es la novela que lleva por nombre “El tesoro del pirata”. Ésta es una novela inconclusa casi imposible de conseguir hoy en día y que publicó bajo el seudónimo de “Tito Salcedo”. Este seudónimo también lo utilizó para publicar cuentos breves.

A pesar de que los restos de Vicente Marcano reposan en el Panteón Nacional, la memoria de este eminente científico y escritor, que murió joven, apenas a los 43 años, parece que va desapareciendo con el pasar de los años. Es cierto que, si investigamos, encontraremos, a lo largo y ancho de Venezuela, una que otra institución educativa que, a modo de homenaje, lleva su nombre. Pero sentimos que una persona como Vicente Marcano, dedicado toda su vida al saber y, más importante aún, preocupado por llevar este saber al pueblo llano, merece, sin duda muchísimo más.

Tomás Marín.