Avísame cuando llegues

En la Europa de la edad media se acostumbraba a que las festividades, independientemente de su estrato social, se extendieran hasta la salida del sol. De esta manera podía evitarse y prevenirse que los concurrentes, de regreso a casa, se toparan, cubiertos por la obscura madrugada, con los bandoleros, rateros y asaltantes que, armados con rústicas pero peligrosas armas, infestaban las vías y los campos principales en acecho de algún incauto caminante que pudiese transformarse en su botín.

En la Caracas de hoy en día, anquilosada y hasta siniestra, esta tradición, especialmente en los últimos años, se ha implantado como una normativa tácita y empírica para los que desean darse el lujo (cada día más valuado) de pasar la noche con sus amigos y regresar a su hogar sin daños físicos, morales o sustos que puedan desembocar en trágicos y desafortunados lamentos.

En su “Historia Fabulada”, Francisco Herrera Luque ya abordaba con cierto humor negro este símil que, a principio de los años ochenta (en los que se escribió el libro) ya daba asomos de su aparición en la superficie de la tristemente célebre capital venezolana. Sin embargo, el autor, fallecido en 1991, jamás imaginó que lo que denunciaba en sus letras sería un juego de niños comparado con la Caracas de Siglo XXI, en la que la vida vale menos que nunca y en donde los asesinos son reverenciados con respetos, halagos y hasta cargos políticos.

Los caballos de los bandidos medievales se han transformado en veloces y ruidosas motocicletas. Los palos y espadas ahora son pistolas que, con distintos calibres, no dudan en derramar la sangre y las entrañas de quienes se atrevan a mirar de mala manera a aquéllos que desean apoderarse, mediante la fuerza, de esos bienes obtenidos con trabajo y esfuerzo.

Cuando la reunión ha concluido, cuando las botellas y bolsas de chucherías se hallan entremezcladas con el cansancio de un fin de semana adobado con risas y buenas anécdotas, es el momento de regresar; de sortear el pedregoso camino de asfalto poblado por huecos, desniveles y delincuentes que, ahora armados con sofisticadas y aún más peligrosas armas, infestan las vías y los caminos en acecho de algún incauto caminante que pudiese transformarse en su botín o en el blanco de sus balas cargadas del monstruoso resentimiento que, intencionadamente, fue alimentado por la doctrina gubernamental hasta hacerlo un titán al que ya nadie le encuentra el punto débil.

A raíz de esto, otra costumbre se está haciendo presente cada vez más en los jóvenes de Caracas. Una constante que, a través de celulares y teléfonos fijos, se vuelve una petición infaltable para aquéllos que, con el fin de poder descansar en su propia cama, deben adentrarse y aventurarse en el interior de la ciudad: “Avísame cuando llegues”.

El petitorio, luego de ser formulado, queda a la espera de respuesta; de un “llegué”, de un “en casa” o de alguna otra afirmación que permita la celebración y la tranquilidad de saber que, al menos durante otro fin de semana, nuestra vida le ha ganado la partida a la muerte perpetua en la que se ha convertido Caracas, esa ciudad que guarda tantas similitudes con los pueblos europeos, solamente que con un retraso de siete siglos.

“Avísame cuando llegues,

no vaya a ser que, por mala suerte, en el camino te anegues.

No te detengas ante eventos de ninguna naturaleza,

recuerda que, en este selva, nosotros somos la presa.

Antes de que amanezca, no salgas ni por asomo.

Abundan muchos vampiros con los colmillos de plomo.

Enciende todas las alertas, toma cada precaución,

recuerda que tu cabeza también tiene cotización.

Ve con cuidado, recuerda que hay mucha pólvora

y pocos hombres honrados.”

T.M.

Fotografía: Roberto Mata

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