Gualberto, el auténtico rockstar venezolano

Corre el año 1976 y, mientras el sol va declinando su presencia en el amoratado y caluroso cielo margariteño, sube a la tarima, erigida en la calle La Marina de Porlamar, Gualberto Ibarreto, ese barítono del folklore que, con 29 años, ha tomado por asalto, con su voz, la escena musical del país; la misma voz que le hizo ganar el primer festival de la canción venezolana, organizado por la Universidad Central de Venezuela.

La gente se abarrota a su alrededor, la desesperación de tenerlo cerca genera ansiedades que se transforman en empujones que, subiendo de intensidad, hacen necesaria la escolta policial con el fin de proteger a aquel virtuoso joven que, nacido en El Pilar, estado Sucre, toma su cuatro y da inicio a otro concierto más en una prometedora carrera que pareciera pertenecer a un cuento de hadas.

Como si se tratase de un Ozzy Osbourne o un Mick Jagger ataviado de cogollo y pantalones de pescador, Gualberto vio la manera en la que, progresivamente, se iban haciendo más frecuentes y dulces las mieles del éxito. También, de una manera similar a los rockeros mencionados, el camino de la fiesta perpetua se le presentó con sus vicios inherentes.

El alcohol, esa droga líquida y volátil, se convirtió en la debilidad característica del talentoso músico. Debilidad que, además de envolverlo por completo, fue medrando violentamente en deterioro de su salud, de su voz y de su relación (dicen que también sentimental) con la que fue su productora y guía principal: la afamada periodista venezolana Isa Dobles.

A pesar de no seguir contando con el apoyo de Dobles, el cuerpo (cobarde, como él mismo lo bautizó) de Gualberto continuó resistiendo y, entre alegrías y tragos, cosechando admiradores y recitales de verdadera valía para la historiografía musical y cultural de Venezuela.

Sin embargo, como siempre sucede, toda fiesta debe llegar, inexorablemente, a su fin. Gualberto, rozando la muerte provocada por su adicción al licor, decidió reflexionar y pedir ayuda médica a la célebre organización “Alcohólicos Anónimos”, quienes, con un tratamiento lento y complicado, lograron, junto a muchos familiares y amigos, sacar del abismo al prodigioso intérprete.

Hoy en día, con casi 69 años a cuestas, Gualberto se ha convertido en un símbolo que, seguramente, prevalecerá como un ícono de la música nacional. Ya es un hombre austero que ha regresado a su oriente natal a descansar. Sin embargo, de vez en cuando, sigue ofreciendo recitales en los que se ve que, aunque su voz haya declinado como declinó el sol aquella tarde en la calle La Marina de Porlamar, sigue conservando una irreverencia que, hacen de este ídolo, todo un rockero de culto.

 

T.M.

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