Suicidarse en Caracas

La vida pesa, la existencia se ha hecho escabrosa y cada bocanada de aire inhalado es un repulsivo acto de indignidad. El mundo no sirve, la esperanza se volvió añicos y reposa en el mismo cementerio de nuestros días felices, aquéllos en los que soñábamos con una sonrisa que, hoy en día, yace deshilachada mientras nos ahogamos en la tristeza y en la desesperación. Nos hemos rendido.

Pero en una ciudad como Caracas, en la que estar vivo es la excepción a la regla, el suicidio adquiere dimensiones ontológicas dignas de considerar tanto para la víctima/victimario, como para quienes intervenimos de una u otra manera en este denso hábitat urbanístico protagonista de tantos hechos curiosos y determinantes para la historia nacional.

Séneca, Cobain, Parra, Plath, Hemingway, entre otros; fueron personajes que, de uno u otro modo, decidieron abandonar  voluntariamente este mundo; erigiendo así leyendas en torno a sus actividades de pensamiento y de su visión de las cosas al decidir no volver. No todos los suicidas, sin embargo, forjan templanzas legendarias. No obstante, sus actos de valentía/cobardía dejan tras de sí cuestionamientos sobre sus métodos y sus razones. Preguntas tales como “¿por qué lo haría?”, se yerguen en un arremolinar de dudas y miedos que invade a todos los que conocieron (o dicen que conocieron) al difunto.

La manera de irse (parafraseando al poeta Ricardo Ramírez Requena) también es de cuantía para el ejecutor. La impresión que tendrá el cadáver al ser encontrado será la piedra angular sobre la que se cimienten todas las hipótesis. También este punto es el de mayor importancia cuando se vive en una ciudad carente de grises y romanticismos.

Arrojarse de una terraza no es rentable: el cuerpo podría aterrizar sobre un vehículo estacionado, haciendo que el impacto provoque el llanto de quien deberá llevar su automóvil al taller y recibir la factura concerniente al reparo de los daños.

Cortarse las muñecas tampoco lo es: hay que tener en cuenta que los productos de limpieza no se han salvado del tercemundista monstruo de la escasez y que será difícil, sólo con agua, remover la sangre que, a chorros, brotará de las venas mutiladas.

Saltar a los rieles del metro es inconsciente: Si acaso llegara a tener la fortuna de que el tren arribase a tiempo, estaría usted contribuyendo al retraso de trabajadores y estudiantes que, sin poder llegar puntualmente al cumplimiento de sus responsabilidades, tendrían que soportar la desafortunada y vahosa molestia de caminar por una estación colapsada y atestada de gente.

Ingerir pastillas es utópico: Gracias a nuestro gobierno, deberá usted intentar con Tic Tacs.

Entonces, ¿qué opción queda?

Salga a la calle de noche, camine por plazas desiertas bajo el amparo de la fría madrugada. Luzca sus joyas y sus teléfonos mientras pasea por bulevares vacíos y solitarios. Recorra Caracas como si se tratase de una ciudad de primer mundo y estará cometiendo usted un suicidio práctico y sin ruidos mediáticos. Si llegase usted a sobrevivir a este intento, le aseguro que se sentirá afortunado e incrédulo, tanto así que, nunca más, sentirá ganas de abrazar a la parca.

 

T.M.

 

Fotografía: Tomás Antonio Marín y Tomás Marín

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