Los perros no van al cielo, los espectadores sí

El teatro alberga una paleta de variopintas definiciones (poéticas, dramáticas, pragmáticas, técnicas, estilísticas, etc), sin embargo, el espíritu de éste se halla en lo inefable, en lo fortuito, en lo mágico, en ese magnetismo invisible que une y separa (en una bella paradoja) al realizador del público.

El teatro es la erección de miles de mundos convergentes y divergentes, es un pacto imaginativo, es el poder de crear un diluvio sin necesidad de una gota, es el juego en el que todos ganan. En conclusión, el teatro es un arma poderosa, sumamente poderosa.

He venido a España a estudiar dramaturgia, a soñar con trazar senderos y cuitas, a tratar de recoger alguna migaja dejada por las plumas de Lorca, de Casona, de Lope o de Valle-Inclán. He arribado con el anhelo de sentir en mi propia piel el hálito quebrado de Segismundo prisionero o el suspiro de la triste Francisca comprometida con Don Diego.

El 28 de septiembre, a una semana de haber llegado a Madrid, fui a ver mi primera obra en territorio europeo: “Los perros no van al cielo”, presentada en el ciclo “El teatro se lee en la (sala) Berlanga”, programa orquestado por la fundación de la Sociedad General de Autores y Editores (SGAE). Esta pieza, interpretada a través de lectura sobre el escenario y original de Laura Rubio Galletero, se convertiría en mi primera impresión (y dicen que ésas son las que perduran) de la actualidad en el teatro ibérico.

Se podría hablar de la trama tan simpática como amarga, se podría hablar de unos personajes que columpian sus vidas y opiniones en un limbo que se nutre de desidia y empatía, se podría hablar de que la protagonista es una joven con síndrome de Down que es interpretada por otra joven con síndrome de Down, se podría hablar de una vida propia o de un argumento que es casi una tertulia, se podría hablar de un sinfín de descripciones que giran en torno a una historia de exploración personal que asemeja a una sinalefa entre seres que atisban la felicidad sólo cuando se complementan unos a otros; pero nada voy a decir.

La razón por la que aplazaré mi análisis se debe a la suposición (me atrevería a decir certeza) que tengo de que esta pieza evolucionará y pasará a ser interpretada repetidas veces. El carácter inherente a esta obra, y la fuerza que preconiza su futuro en las tablas, podría convertirla en un material infaltable para definiciones y conceptualizaciones mucho más eruditas que las mías. Sin embargo, nunca podrán darle nombre a esa bella paradoja entre “Los perros no van al cielo” y el público que viajará hacia la divinidad mediante esta maravilla.

 

T.M.

Fotografía: Escena Luna Tramoya

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