La tigresa y otras historias, la mentira creíble

Una de las labores más particulares que realizamos, sobre todo en una ciudad tan grande y cosmopolita como Madrid, los aficionados al teatro; es la de ir a la caza de buenas obras, ésas que se hallan esparcidas por ahí, cual si se tratase de valiosas gemas que esperan pacientemente la llegada oportuna de sus ansiosos admiradores.

El sábado 3 de octubre tuve la oportunidad de disfrutar en el centro cultural Casa de Vacas, ubicado en el parque del Retiro, una pequeña joya presentada a manera de monólogo, organizada por el programa “Madrid Activa”. Se trataba de “La tigresa y otras historias”, pieza compuesta por la distinguida pluma (ganadora del premio Nobel) del dramaturgo italiano (que aún tenemos la dicha de ver en vida) Darío Fo.

Muchos de los artistas italianos, sobre todo en los campos del cine y el teatro, nos han tenido acostumbrados a unas pizcas de humor inteligente que siempre adoban sus creaciones. Esa herencia legendaria de Pirandello con sus personajes en búsqueda de autor, o Fellini con su danza/epílogo, siempre otorga una valía a cualquier manifestación cultural proveniente de la llamada “bota europea”.

Comenzada la función, pudimos ver a Julián Ortega, carismático actor, salir ataviado en sencillísimas vestiduras hacia un escenario que albergaba como único elemento, además del intérprete, una botella plástica llena hasta la mitad con agua a temperatura ambiente.

Aclaradas, por el mismo actor, un par de acotaciones históricas fundamentales para la mejor comprensión del monólogo; éste dio rienda suelta a una magistral palabrería que danzaba al ritmo de un histrionismo que arrancaba risas y aplausos que, por instantes, obligaban a la pausa de una historia que, con audaz comicidad, mezcla, cual si se tratase de una versión de la fábula “El pastor y el lobo”, dosis de fantasía y realidad servidas a manera de que el mismo observador pueda discernir acerca de lo que decida tomar como veraz en un relato que raya los límites del teatro del absurdo.

Julián Ortega, cual si se tratase de un hechicero presumiendo una labor de taumaturgia, fue ensanchándose, en medio de sudor y talento, sobre unas tablas en las que, mediante la imaginación que estimulaba, se iban decorando con ríos, con cuevas, con montañas y con soldados que huían despavoridos, víctimas de picarescas triquiñuelas dignas de Fuenteovejuna.

Finalizado el primer relato, se dio pie a una irreverente interpretación de un supuesto evangelio apócrifo que narraba las peripecias de un Jesús niño que, víctima de la xenofobia, hace lo imposible (literalmente) con el fin de buscar amigos para jugar durante las calurosas tardes.

Madrid es un tesoro indiscutible de piezas dramatúrgicas, un baldaquín decorado por piedras preciosas teatrales a las que, solamente, hay que ir a buscar.

 

T.M.

@erpinufitu

 

Fotografía: Niemeyer Center

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