La venganza ingrata de Gertrudis la rata: el rencor más grande

La corriente filosófica del estructuralismo plantea el análisis social a través de una compleja serie de mundos y submundos que, complementándose entre sí, tejen un entramado total que, sólo mediante la comprensión de sus estructuras individuales, puede ser estudiado de manera completa. Fritz Lang, pilar fundamental del cine expresionista alemán, expone, en Metrópolis (su cinta más célebre) una aproximación a esta teoría (aún antes de nacer la misma) de comunidades y subcomunidades sumergidas en confrontación.

Una visión más fresca, contemporánea y simpática de lo anteriormente dicho, se halla reflejada en la obra teatral “La venganza ingrata de Gertrudis la rata”, presentada por la compañía El gato moreno. Bajo este pueril título en verso, se plasma, en un ligero y dinámico guion, la relación entre (como diría el laureado escritor Carlos Fuentes) dos miserias semejantes que comparten una dolorosa raíz común.

En uno de los lados de la contienda dramatúrgica, observamos a una pareja de ratas (Ana Roche e Iñaki Diez) a la que es inherente un conjunto de particularidades histriónicas y caricaturescas (expresiones, tics, movimientos, voces) pero que, a pesar de eso, son capaces de cuestionarse y criticar las injusticias de un entorno al que, con la carga de ser ajenos a él, deben retar una y otra vez en su afán instintivo de sobrevivir. En la contraparte, apreciamos a una pareja de vagabundos (interpretados por los mismos actores) que purgan la condena de su pobreza mediante el optimismo, la filosofía arrabalera, el buen humor y la imaginación.

La falta, casi loquesca, de entendimiento entre estos dos diminutos cosmos, es la que tinta de tonalidades a toda la obra, la que da paso a la inocente hilaridad y, eventualmente, a la sopesada tragedia. La sobriedad (dramática, icónica y conceptual) hace que la experiencia se aleje del melodrama clásico y repetido hasta la embriaguez.

La venganza ingrata de Gertrudis la rata es un hermoso cántico en prosa que, apoyado por material audiovisual y por el 5to concierto de violín de Paganini, engloba, dentro de su digerible simplicidad, un sinfín de visiones y de perspectivas que acercan el aroma de un estructuralismo que demuestra, a través de las tablas, que aún sigue vigente, exageradamente vigente.

 

Texto: Tomás Marín @erpinufitu

Foto: El gato moreno

 

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