Finish Him

Nunca me gustó Mortal Kombat (jamás me atrajeron los videojuegos de violencia armada o física), sin embargo, cuando mis amigos me invitaban a jugarlo, yo, por no romper el grupo, tomaba el control y, al iniciar la contienda, procedía a pulsar, enérgica y repetidamente, una combinación improvisada de botones que comandaban una serie de movimientos frenéticos e incoherentes a un personaje de vestimenta llamativa y sobrecargada, que, tras recibir una golpiza por parte de su oponente, moría ahorcado, decapitado o desmembrado.

Siempre me llamó la atención el final impío y sangrientamente caricaturesco de las batallas en cuestión. Luego de derrotar al contrincante (que se hallaba atolondrado, confuso y desorientado), el vencedor recibía, por parte de una voz etérea y gravísima (resaltada por letras que hacían acto de presencia en medio de la pantalla), la orden “Finish him”, que daba carta blanca para que el poseedor de la victoria, tras una serie de movimientos coreográficos diversos, diera al perdedor un golpe de gracia que le extinguiese la exigua cantidad de vida que aún albergaba en su cuerpo amoratado.

En los últimos dieciséis años, Venezuela ha vivido y protagonizado su propio combate que, de manera similar a los que yo libraba, yuxtapone a dos luchadores injustamente desiguales. Uno monstruoso, ególatra y aterrador que cada vez fue haciéndose de un titánico poder que rebozaba, una y otra vez, las capacidades de su contraparte que, tímida y torpe, ha pulsado, a ciegas, botones y botones y botones (repítase un centenar de veces) que pocas veces pudieron ecualizar este dantesco enfrentamiento.

El juego ha sido largo y agotador. Caben infinidad de siglos en esta inmoral década y media que ha tenido más sangre y vísceras que cualquier juego de Mortal Kombat. Pero ya el final se acerca, ese hecatónquiro rojo y desproporcionado ha venido dando tumbos que no son más que la cosecha irrenunciable de haber concentrado tanta trampa y tanta fuerza. Los movimientos, alguna vez ágiles, se han vuelto predecibles y obvios. El peleador que llevaba la ventaja, de tanto inflar su musculatura, está a punto de reventarla. Se ha vuelto lento, aletargado y lastimero. Está recibiendo puñetazos que van abriendo surcos mortales en su piel endurecida.

Como sucede cuando el grupo de amigos se reúne alrededor del televisor, gran parte del mundo está con los ojos puestos en Venezuela. El desespero nunca antes visto del pretencioso contendor deja entrever que un cambio importante se aproxima (quién sabe cómo). Pronto tanto sufrimiento tendrá su recompensa, pronto será el momento de apagar la consola e ir a comer en paz. El enemigo está en pánico, está groggy. En cualquier momento escucharemos una voz gravísima y etérea que, después de tanto, nos dirá las palabras que tanto anhelamos oír: “Finish him”.

 

Texto: Tomás Marín

Fotografía: AFP

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