La poesía es estúpida (al igual que la vida)

He dedicado los últimos cinco años de mi vida a la poesía y lo único que ésta me ha dejado es un libro sobrevalorado, centenares de folios con manuscritos que forran el piso de mi desordenado cuarto; y una miríada de certámenes en los que he llegado detrás de la ambulancia volteada, sin ruedas, sin motor, sin chasis y sin piloto.

La poesía, allende su apariencia de simplicidad, es el género más libre y complejo dentro del extenso universo de la literatura. Es el “hard mode” del juego de la escritura, es el símil de la contemplación total, del movimiento del mundo frente a nuestra inherencia humana, el equivalente a lo que han buscado (y siguen buscando) los indoeuropeos en la mitología y los neoplatónicos en la filosofía.

La poesía es irrepetible, es incondicional, es la remoción de las gríngolas y de los cauces. El Quijote (tanto el personaje como el entorno que le es colocado como lienzo de acción en ambas novelas) es de Cervantes. No es de Avellaneda, es de Cervantes. La poesía, en cambio, es posesión universal. Las estrellas están ahí, han sido reverenciadas por poetas babilonios, por Quevedo, por Mistral. La poesía se esparce en el aire y es sólo puntos de vista en distintas conjugaciones.

Sin embargo, el gran cáncer solzhenitsiano de la poesía es estar sujeta a las limitaciones (naturales, claro está) de los lenguajes y de las lexicografías. Es decepcionante, cuando se escucha una declamación o un recital, tener la capacidad de intuir y acertar las palabras que no se han dicho, de adivinar versos que, antes de ser expuestos, han fallecido por carencia de estado genuino.

Este pensamiento obsesivo me ha hecho perder, en los últimos días, más de cinco kilos; me ha hecho dormir mal y levantarme amargado e intolerante.

Cuando finalice un proyecto poético que ya llevo bastante avanzado, desertaré. No soy lo suficientemente talentoso ni lo suficientemente paciente para seguir erigiendo cantos en rococó, para seguir invocando (o tratando de invocar) sensaciones en derredor a una vida que, a mi humilde opinión, es más hedonista y pragmática de lo que se cree.

Ya veré qué hago con mi vida, a qué le dedico los próximos cinco años.

 

T.M.

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