Fabiana (O el empeñarlo todo para ser menos)

Hoy, justamente hoy, en la Funeraria Monumental del Cementerio del Este; están haciendo capilla ardiente a los enjutos restos mortales de Fabiana Mirabal. Los presentes, ataviando sus prendas y sus palabras con las plañideras gestualidades de costumbre, se acercan, en fila, al féretro abierto y, lejos del llanto o de la compunción, su espontánea expresión navega sutil entre la sorpresa manifiesta y el asco indisimulable.

Pero, ¿cómo culparlos, Fabiana, si tu cadáver (que no he querido ver aún) es un esbozo de quien fuiste en vida?, un retazo inerte de tu vivaz persona. Mira el innegable resultado de tu orgullo contradictorio, de tu inseguridad vulnerable, de la fe ciega que tuviste en los cánones armados por ésos que no se dignaron ni en venir a tu sobria despedida.

Me prometí quedarme hasta el final, Fabiana, hasta que la pala del sepulturero, indiferente a tu historia, me hiciera asimilar que tus ambiciones cesaron, que tus sueños nunca se materializarán y que, a partir de mañana, tendré una amiga menos. Pero no lo cumpliré, prefiero reconstruir, aunque no soy escritor (tú sabes que siempre querré serlo), un retablo aproximado de la secuencia que te apagó. Siempre me pediste un poema o un cuento. Aquí te lo regalo, aunque sospecho que puede ser un poco tarde.

Tu voz enronquecida me imantó desde el primer saludo. Tus gestos toscos y tu constelación de pecas me inspiraron una empatía instantánea que se manifestó rápidamente en mi sonrisa de imbécil. La primera conversación fue allí, en la mesa de licores de una reunión caraqueña como cualquier otra, en la que los más pudientes y vacíos hablaban, como siempre, de sus sonoras Merús y de sus novias sumisas.

Tu mirada penetrante me impedía enfocar mi atención a cualquier hecho ajeno a ti. Tu histrionismo sobre la silla Manaplas, al momento de compartir tus anécdotas, resultaba fascinante. Nuestra tertulia se mudaba de un lugar a otro, interrumpida, de vez en cuando, por amigos tuyos o míos que, luego de importar algún chisme o chiste, se retiraban parsimoniosamente por el mismo camino.

“Me vinieron a buscar”, dijiste mientras tomabas tu bolso y observabas tu celular. Intercambiamos números y, luego del conocido protocolo del “hasta luego”, embarcaste en el Signo negro de tu mamá. Aún era temprano en la madrugada pero, para mí, la reunión había terminado.

No sé qué hizo que todo se catalizara tan rápido entre nosotros. Las visitas a tu casa se volvieron habituales, las películas en la sala, las extensísimas conversaciones por Whatsapp, los secretos mutuos, las burlas confianzudas, la rutina de verte, robusta aunque delgada, con tu pijama (tres o cuatro tallas más grande que tú) de Snoopy o de M&M’S. Esas noches tan agradables de fin de semana las atesoraré siempre en el recuerdo. Eran perfectas, te lo juro.

“¿Estás más flaca?”, te pregunté mientras íbamos caminando por Paseo el Hatillo. Fue la primera vez en la que me di cuenta de que estabas cambiando.

-Estoy haciendo dieta.

-¿Por qué?

-Quiero verme mejor.

-Ya tú eres bella.

-Soy que si la más gorda de mi salón.

-Tú ni siquiera eres gorda.

-Sí soy.

No hallé manera de imponerte mi punto de vista. Me puse de mal humor, al no comer tú, me sentiría mal comiendo yo. Caminamos sin plan e, increíblemente temprano, te dejé en la puerta de tu casa.

Nunca supe qué o quién conociste, que enfrió nuestra relación. No sé qué o quién conociste, que te quería tan esbelta, tan débil y tan lívida. Luego, siempre, tenías una excusa cada vez que te invitaba a algo. No hubo más noches perfectas, no hubo más cine en la sala, sólo rumores de terceros que me preocupaban, cada vez, en mayor grado: “dicen que Fabiana está flaquísima, dicen hasta que tiene anorexia”.

Ya no me contestabas, ya no me respondías, ya no tenía ni noticias tuyas, te esfumabas, literalmente te esfumabas.

La semana pasada, cuando me escribiste “Tom, quiero verte”, se me espesó la sangre y el estómago se me llenó de todos los nervios que ha habido en este mundo. Me bañé, me vestí, y, con la esperanza de acallar las ideas preconcebidas que todos habían construido sobre ti, me detuve en Farmatodo y dilapidé mi ahorro de la semana para comprarte una lata de Pirulín.

La autopista se me hizo corta, no quería llegar, tenía un presentimiento terrible formado, quizás, por tantos cuentos que llegaron a mis oídos. Estacioné frente a tu casa (justo en mi espacio favorito, el que tenía meses sin utilizar), toqué el timbre, y la cara de tu mamá me lo dijo todo. Me repitió unas tres veces (creo que era balsámico para ella) que estabas un poquito mejor. Me advirtió, luego de abrazarme un largo rato, que no te hablara muy alto, que aún estabas en reposo.

Maquillé estoicamente las ganas de gritar y llorar cuando te vi, sin embargo, creo que te diste cuenta de mi puchero cuando, con el escalofriante (y casi indefinible) hilo de voz que tenías, me preguntaste si estaba bien. Quise saber cómo te dejaste (y te dejaron) caer en ese estado, quise saber por qué eras un esqueleto forrado con piel, quise saber qué pasó con tu constelación de pequitas. Pero tuvimos una conversación absurda, incoherente y horrible. Aún dudo si en algún momento supiste si era yo el que estaba allí o me confundiste con otra persona.

Anteayer me dieron la noticia, no se pudo hacer más. Eres una idiota, Fabiana Mirabal, me dejaste viudo de una de las más candorosas personas que pude conocer alguna vez. Lo empeñaste todo por ser menos y yo, como aún te quiero tanto, te obsequio este humilde relato.

 

T.M.

Facebook.com/LaCantarida

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2 comentarios en “Fabiana (O el empeñarlo todo para ser menos)

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