Algún día Taschen hará libros sobre nosotros.

El sábado vino a visitarme una de las personas que más admiro. Arribó con un vestido corto negro, con unos zapatos de goma, con su novio y con la iridiscencia tranquila de los cultores sin pretensión.

Apartando a mis amigos más cercanos, quienes, básicamente, viven conmigo durante los días de fiestas y de tertulias, ella fue la primera en llegar a la plaza doméstica del salón principal del edificio.

Desde la primera vez que estreché su mano descolorida, tuve la certeza sosegada de que nos convertiríamos en buenos conocidos. Felicitome ella a raíz de una exposición que hice en la universidad (acerca de la teoría de McLuhan sobre los medios “calientes” y los medios “fríos”) que presumía la mezcolanza, en la misma presentación de Power Point, de Guido Von List, de Alejandro Jodorowsky y de los ingredientes necesarios para preparar una pizza.

Ella comparte, al igual que yo, un convencimiento absoluto en la entrega de la vida al arte. Ella tiene buenos gustos (en su mayoría británicos) que, en ocasiones, comentamos en nuestras charlas por Facebook. Ella, si sigue encauzada (o quizás en la falta de cauce radica su soltura), llegará lejos en el ramo que decida escoger.

Varias veces le he dicho que, junto a otra gente de nuestro entorno cercano, estamos destinados a la grandeza, al quiebre de los esquemas y a la inmortalidad. Que Taschen, la legendaria casa de investigación editorial, imprimirá textos sobre nosotros que reposarán en andamios polvorientos (la mayor aspiración que puede existir) junto a Puvis de Chavannes, a Gentileschi, a Seurat, a Brueghel y a tantos más. Ella sonríe, no me importa si no lo cree. Es una certeza, como cuando el Oráculo de Delphos afirmó que Sócrates era el hombre más sabio de Atenas, como cuando Lucheni desenfundó la aguja.

Por ahora, ella está en mi reunión de cumpleaños, preludio de nuestro dardo en el porvenir, prólogo de que el mundo barrunta nuestra ira. ¡Qué honor se siente, desde ya, el verte con tu vestido corto negro, con tus zapatos de goma, con tu novio, con tu vaso de plástico repleto de alcohol y con tu iridiscencia tranquila de los cultores sin pretensión!

T.M.

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