Adiós, Andrea

Siempre acostumbro a quedarme viendo los créditos de las películas cuando éstas finalizan, pero hoy no puedo. Ya son las nueve y tú, que vives lejos, debes irte pronto a tu casa para tratar de evitar cualquier infortunio del largo camino.

Si ésta fuese una ciudad normal, hubiese argüido cualquier excusa o estratagema para continuar a tu lado, por lo menos, durante una hora más. Te hubiese invitado a un helado, a un chocolate o a caminar; pero vivimos en Caracas y hay que resguardarse temprano para protegernos de los males mayores, de las desventuras y de las acechanzas que infestan a esta capital que, a pesar de todo, aún emana, de vez en cuando (muy de vez en cuando), su toque de magia.

Es divertido hablar contigo, es genial escuchar tu voz vanagloriando las metáforas y símiles utilizados en la película recién disfrutada que, inteligentemente, da su visión, mediante simpáticos personajes caricaturescos y multicolores, de la complejidad de la mente humana. En mi mano, mientras tanto, llevo conmigo el cartón de cotufas que, lleno hasta la mitad, me da lástima botar y que le ofreceré a mi papá (que siempre tiene hambre) en cuanto arribe a mi casa.

Para ser viernes, hay poca gente en el Centro San Ignacio. Las escaleras mecánicas, fieles a su tradición, se hallan en huelga laboral y, mientras bajamos por su estructura inmóvil, trato de ver, al mismo tiempo, tu pelo amarillo, tus ojos oliva y tu cintillo azul. Estás preciosa, siempre has estado preciosa, pero hoy has superado tu propia marca.

La taquilla calurosa del estacionamiento hoy se me hace más gris que nunca. A su luz de sala de tortura y a sus siempre amargados empleados de caja, se suma el hecho de que, posiblemente, esta sea la última vez que te vea en mi vida. Te ofreces a pagar mi ticket y yo, por no llevarte la contraria (y por miedo a que no me alcance el poquísimo efectivo que llevo), te respondo que sí.

Te acompaño hasta tu carro a través del larguísimo pasillo de las columnas pintadas. El mío está relativamente cerca también, solamente medio piso más abajo. Los bombillos largos y blanquecinos nos hacen ver marmóreos y, bajo cierto modo, un tanto tenebrosos. Parecemos dos personajes de Film Noir que van hablando despreocupados mientras la cámara los sigue a través de un espeso travelling.

Hemos llegado y nos abrazamos para la despedida. Tardo unos segundos en asimilar que estás llorando, aunque sé que lo haces porque los cambios que vienen a tu vida, aunque son buenos, son bruscos, muy bruscos. Si por mí fuese, hubiese pasado veinte años allí, encaneciendo contigo aunque mi ticket tuviese cientos de miles de horas de sobretiempo. Pero ya son las nueve y tú, que vives lejos, debes irte pronto a tu casa para tratar de evitar cualquier infortunio del largo camino.

Al momento de salir, veo tu cara a través del cristal semi-empañado, pienso en bajarme y besarte la frente como símbolo (utilizado frecuentemente en los años del Renacimiento) de que confío en ti y apuesto por tu triunfo en lo que sea que emprendas. Siempre te he admirado aunque nunca te lo he dicho. De hecho, te admiré antes de saber tu nombre. Mas no lo puedo hacer, la fila de vehículos se mueve y no me queda más remedio que seguir avanzando hasta salir del estacionamiento. Tu carro plateado se va volviendo cada vez más diminuto al momento en el que, frente al Mundo del Pollo, nuestros caminos se bifurcan y yo parafraseo en mi mente a Cortázar: Adiós, Andrea, adiós.

 

T.M.

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