Cinco obras de teatro que deben ser leídas (I)

1.- “Historia de una escalera”, de Antonio Buero Vallejo:

 

La frustración perenne y amarga de un grupo de personas forzadas a convivir sin poder materializar sus ambiciones y sueños. Décadas y décadas transcurren alrededor de una serie de habitaciones ubicadas en torno a una vieja escalera. Las ilusiones efímeras que rodean a la juventud y a la vejez son espejismos que se reciclan paralelas al polvo y al olvido que va clavando sus zarpas en la vecindad. A raíz de esta composición, el autor fue galardonado con el importante galardón teatral “Lope de Vega”.

 

2.- “Luces de bohemia”, de Ramón del Valle-Inclán:

 

Este texto, muy denso en cuanto a diálogos, visiones, ideas y personajes; expone el último día en la vida de Max Estrella, un escritor frustrado (como quien redacta este artículo). Sus andanzas en una deliciosa Madrid atestada de visiones vanguardistas, de arte y de política profunda; revelan, entre sus curiosos personajes (amigos y conocidos, algunos fielmente calcados de la realidad, como el caso del poeta nicaragüense Rubén Darío) críticas certeras a entes diversos, desde la Real Academia Española hasta los bandos españoles en la era republicana. Esta pieza se considera pionera en el género (atribuido igualmente a Valle-Inclán) del teatro del “esperpento”, un estilo lleno de pesimismo y de humor ácido.

 

3.- “Las cinco advertencias de Satanás”, de Enrique Jardiel Poncela:

 

Con pocos personajes, todos ellos embriagados de un humor particular (muy similar al de Chéjov en “Un oso” o al de Camoletti en “Boeing Boeing”, aunque, naturalmente, todos en eras distintas), se expone una situación que, mediante un Diablo carismático e irreverente (que recuerda al que utilizó Alejandro Casona en “La barca sin pescador”), pone en aprietos a Félix, un millonario que, durante toda su vida, ha buscado el amor. Su mayordomo, su amigo y sus mujeres se convierten en filósofos que van tratando, a lo largo de la trama, de evitar los vaticinios que Satanás le hace personalmente al protagonista y que, mediante la sorpresa dramatúrgica (por los enrevesados métodos en que se van cumpliendo), otorgan un muy buen sabor de boca.

 

4.- “Cargamento de sueños”, de Alfonso Sastre:

 

Una obra muy breve que exhibe una conversación (cuya condición de real o imaginaria depende del lector/espectador) entre un golpeado vagabundo y un (¿supuesto?) amigo, en la cual se va desentramando una serie de hechos macabros que desembocaron en el estado actual en el que comienzan los hechos visibles al público.

 

5.-  “Madrugada”, de Antonio Buero Vallejo:

 

Muy de “buena familia” (al estilo de Priestley), estos actos, que danzan con el tiempo de reloj, que se hace otro personaje más; nos invitan a pasar una áspera madrugada con Amalia, una imponente viuda que, sin revelar detalles acerca de su esposo, quien aún yace en la habitación contigua a la sala en la que se desarrollan los hechos, teje una serie de ingeniosas trampas a los “dolientes” para develar el misterio de las enigmáticas últimas palabras de éste, que la atormentan de sobremanera. Las posiciones y los juicios de valor pasan a segundo plano a medida que va avanzando la estratagema que, auspiciada por su criada, debe estar concluida antes del amanecer.

 

T.M.

Fotografía: Gyenes/Centro de documentación teatral de España.

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