Una amiga española de visita en Caracas

El trayecto desde el terminal está despejado a pesar de la hora, la calima se hace perceptible en los bombillos que, desde el cerro difuminado, comienzan a fulgurar. El equipaje, de cuerpo sólido, tirita y hace ruido en las curvas; y tus ojos, a pesar del cansancio producido por el largo viaje, están abiertos como dos huevos fritos dalinianos.

Podría contarte anécdotas recientes que nacen de la mnemotecnia del camino: la del egipcio que, llegado de viaje hace poco más de una semana, fue asesinado en el aeropuerto (en el mismo punto donde, minutos antes, nos saludamos) cuando había dado sólo tres pasos hacia la calle con el fin de buscar un taxi; la del hombre al que calcinaron vivo, días atrás, en la entrada del túnel por el que acabamos de cruzar; tantas otras. Pero no quiero que caigas en el prejuicio, no quiero ser Boris Karloff, no quiero echarte relatos de terror. Bienvenida a Caracas, lugar de mi nacimiento, trocito de tierra (al que temo y amo) que fue “galardonado”, por la ONU, con el título de la ciudad más violenta, peligrosa y mortífera de la tierra.

Familias que, sin casco y con tres niños, se apretujan a bordo de una moto chirriante y sulfatada, carreteras rotas, vallas con imágenes decoloradas, gigantes y megalómanas, que alaban a nuestro comandante “supremo, eterno y galáctico”, colinas perladas de ranchos escombrosos cuya única mano de pintura es un grafiti que, con la cara de Stalin, expone el texto (en escarlata, ¡vaya sorpresa!): “Puño de acero contra la burguesía”. ¿Cómo te imaginabas al tercer mundo?, ¿como un jardín floreado?

Cae la noche contaminada de carbono y ya te ayudé a desempacar. ¡Aprovecha que tenemos agua hasta las ocho!, dúchate y cámbiate de ropa. Yo, mientras tanto, debo terminar unos artículos que aún tengo pendientes.

El aroma amanzanado de tu champú importado se impregna a lo largo y a lo ancho del diminuto apartamento. La vista, mediante el ventanal, hacia la mezquita deteriorada, hacia las torres de Parque Central (de las cuales, una lleva doce años “en reparación”) y hacia la Plaza de los Museos; maquillan un poco tu incomodidad y te hacen exclamar (en tu acento tan bonito): “esta ciudad, de noche, es preciosa”. Me acerco al balcón y, posando una mano en tu hombro, te señalo mi antigua escuela de cine, una de las  academias más felices que he conocido en la vida.

Hay que apañarnos en nuestro toque de queda. No existe posibilidad de, como tú dices, “ir a por un bocata”. Caracas muere a las siete de la noche, se distinguen pocos vehículos y se notan unos gritos ampulosos e iracundos que, tras cuatro detonaciones y el rugir de un motor que marcha a toda prisa, desembocan en un silencio sepulcral, literalmente sepulcral. Tu cara es un poema, un poema de Rimbaud.

Has dormido bien, te despiertas tarde y yo, al verte arrastrar tus pantuflas, que hacen juego con tu pijama (que, por lo grande que es, parece un kimono) de Paul Frank, te ofrezco una taza con café que obtuve de contrabando. Arréglate (y recuerda no portar reloj, joyas o tu “móvil”), vamos a comprar libros, a desayunar y, cuando hayan abierto las oficinas, a materializar las diligencias por las que has venido.

Los tarantines, las sirenas, los gritos y el ajetreo te hacen girar, con nervio evidente, hacia infinitas direcciones. Me tomas fuerte del brazo, las miradas de odio que se arrojan sobre ti, como venablos xenófobos, cuando delatas tu modo de hablar, te tienen aterrorizada. Aquí odian a los extranjeros (debí habértelo advertido), pero, si no te separas de mí, nada malo te va a pasar.

El sabor de una “reina pepiada” en el desayuno es la única sonrisa que has podido construir en el día. Los libros usados que vamos hojeando te distraen, aunque sigues cautelosa. Las propagandas panfletarias comunistas que revolotean desde las bocinas opacadas por el óxido te hacen verme a los ojos mientras esgrimes: “Tomás, este día va a ser largo, ¿eh?”.

Tú sólo déjate llevar, amiga mía, que, aunque sólo tengas veintitrés años, ya eres anciana en Caracas. Te darás cuenta que, en un parpadeo, estarás de regreso en Madrid. Y no te preocupes, que ni me molestaré en preguntarte cuándo vas a volver.

 

T.M.

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