Crónica de un venezolano (que fracasó) en Madrid

El equipaje está entregado, el pase de abordaje yace en resguardo, el amigo (que me acompañó hasta donde fue posible dentro de los confines y los tejemanejes aeroportuarios), con un abrazo, seco pero sincero, me despide. El trasnocho comienza a pesar, aún no amanece del todo; y el trayecto, compartido entre trenes internos y pasillos lustrosos, se me hace interminable. Los objetivos no se alcanzaron, los planes fenecieron cuando más robustos y rozagantes estaban, la decepción es densa y casi palpable. Éstos son los últimos minutos de mi travesía en España, me hallo en Barajas luego de haber jugado mal mis cartas (vaya ironía).

Las naves, yendo y viniendo sobre la inmensa pista que se baña con las primeras albas lilas y naranjas, exponen su rutina de ballet mecánico a través del pulcro y gigantesco ventanal. Las santamarías se desperezan para una nueva jornada y, con un bostezo metálico, dan la bienvenida a los empleados quienes, con sus uniformes planchados y sus saludos de dos besos, encienden las luces  a la par que reacomodan un desfile de cajas chocolateras que ornamentan el Duty Free.

Venablos de reproches y culpas afiladas acechan silbantes y rapaces en torno a los recuerdos en loop de mis meses en Madrid (posiblemente, los mejores de mi vida). Cadáveres, cadáveres y cadáveres de proyectos no materializados reclaman, sin piedad alguna hacia mi pena o hacia mis ojos enrojecidos por el no dormir, las facturas de sus funerales; pero, tomándolo con más calma, y luego de tantas esperanzas que me brindaron, es justo que descansen en paz.

De nuevo debo sumergirme en las aguas de la paranoia, de la locura, del socialismo y de la sangre. Quizás si hubiese tenido más talento, quizás si me la hubiese jugado más, si hubiese tenido más razón y menos instinto. Pero, a estas alturas, todo se reduce al corrosivo “qué pudo ser”. Se me acabaron las noches de bohemia, las miradas al caballo de Espartero, las obras de teatro, las caminatas por la calle de Alcalá, las lamparitas azules que se catapultan sobre la puerta del Sol, los domingos de ir al mercado y, tras dar los buenos días al cortés senegalés que limosnea en la entrada, comprarme lo que quería aprovechando para llevar dulces sorpresa a mis compañeros de piso.

La voz del altoparlante, expeliendo la orden de formar la fila que marchará hacia el avión, insiste en que el final de la aventura ha llegado. La derrota momentánea será mi compañera durante las diez horas de vuelo y las nueve de escala. Pero en el fondo, muy en el fondo, la idea de volver a casa se tornea en una paleta de matices más coloridos. Juro, por mi vida, que habrá segundo round. Al fin y al cabo, todo Quijote, por más utopista que sea, tiene derecho a una segunda salida.

T.M.

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4 comentarios en “Crónica de un venezolano (que fracasó) en Madrid

  1. Una manera muy cruda de expresar el sentimiento de haber sido derrotado en una tierra ajena a la tuya, pero no por eso desagradable de leer. Bastante interesante, espero que en tu segundo round, logres lo que tuviste propuesto en el primero y que, por cosas de la vida, no pudiste alcanzar.

    Saludos de una venezolana que aspira a una vida mejor a la que vive actualmente.

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    1. Muchas gracias por leer el artículo y por tu comentario. Saludos igual. Espero que tus aspiraciones y tus ganas de progresar se materialicen en hechos concretos. Tienes un arma muy poderosa, que es la música. Y, por favor, nunca dejes de leer buenos libros. 🙂

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  2. Hola Tomas, fue tu experiencia personal o de otra persona? me gustaria saber mas detalles de las causas, yo lo estoy pensando, sin embargo tengo poco margen de maniobra, a los 42 años y con familia no es mucho lo que se puede arriesgar, muchas gracias

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    1. Hola. Creo que lo mejor que se puede hacer es tener, a la mano, un número telefónico al que se pueda denunciar cualquier irregularidad. Sé que es muy difícil creer aún en la justicia con un sistema tan corrupto, pero, mientras más gente tenga los ojos encima, más difícil le será a ellos hacer trampa.

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