¿Y si la violamos antes?

“¿Y si la violamos antes?”, insistía el más joven de ellos al tiempo en el que su compañero cubría mi cabeza despeinada con un trapo sucio y áspero. “No, ya te dije que no”, fue la réplica.

Ya yo me hallaba serena, con la respiración aún acelerada pero con cierto alivio luctuoso deteniendo la estampida trémula de mis manos amarradas que, terrosas y esqueléticas, lucían las coloridas y opacas marcas tatuadas por las sogas que, aunque presionaban más que nunca, ya me eran indiferentes.

Había cesado la tortura psicológica. Las amenazas, los gritos y los insultos; tan habituales durante todo el cautiverio, ya no emanaban agresivos de las bocas de aquéllos que, con trote costumbrista, realizaban los trámites necesarios para escribir con pólvora el precipitado epílogo de mis días.

No grité, no me provocaba. No pataleé cuando uno de ellos me cargó. No contesté cuando el que me mecía en sus brazos mientras caminaba con mi cuerpo enclenque se quejó por mi desagradable olor. Y pensar que, un mes antes, cuando los conocí en aquel semáforo, me había colocado mi perfume favorito.

Me dejaron caer, las piedritas se anidaban insistentes en mis rodillas. Mi rostro se empapaba de sudor a causa del vaho que flotaba dentro de aquella máscara improvisada. Me arrodillaron y, sin mediar ni una palabra de satisfacción, de hastío o de burla, me convirtieron en una estadística.

J.E. (T.M.)

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