Ladrones en la universidad

Es cosa común verlos pasar con sus posturas indiferentes, con sus conversaciones banales, con sus relaciones de fin de semana y con cierto brillo puntillista en los ojos que haría temblar hasta al mismo Seurat. Delincuentes auténticos, sigilosos y refrendados; desplazándose en manadas y guardándose las espaldas. Como ministros oficialistas, como hampones citadinos.

Armando y desarmando clubs proporcionados y moldeados a cada horario de clase, reservándose los asientos cual aristocracia pedante de teatro victoriano. Contemplando, con tedio infinito, el ferrocarril de láminas que, año tras año (y luego de la hora del almuerzo), cuenta y recuenta las ideas de Lasswell, de McLuhan, de Adorno, de Santo Tomás, de Lewis, del Terrible Opus Dei.

Celebrando, con señas secretas, su extenso campo de acción ante autoridades universitarias de ojos vendados. Moviendo, con sus hilos invisibles y holgazanes, la débil marioneta sindicalista del delegado, quien, acorralado ante las excusas de siempre, las ganas de quedarse en casa y los gritos mandibulados; cede, vez tras vez, ante la mediocridad titánica de estos seres que se creen indemnes.

Cuando arriba el día de jugarse los puntos académicos, estos forajidos (semejantes a las tropas de Ned Kelly) se atrincheran a la mayor distancia que les sea posible dentro de los confines del aula. No vacilan en desenfundar su arsenal de teléfonos inteligentes (la inteligencia que ellos nunca podrán tener) y acceder, mediante éstos, al mercado negro de la información instantánea y las respuestas de contrabando. Se miran, sonríen, trafican sus botines y vuelven al ataque.

Nunca son ajusticiados, jamás han pisado un tribunal, no están siendo juzgados con dureza por 350 hombres en Atenas. Lucen el mismo traje de gala que atavía a la gente honrada y sensata, dan su mano sucia al mismo rector, quien les da el mismo título a todos. Se fotografían incólumes junto a sus familiares, reciben felicitaciones por un logro obtenido gracias a turbias licitaciones.

Hoy en día, ya culminada la carrera, están esparcidos por ahí; en Canadá, en Estados Unidos, (algunos aún siguen en Caracas) disfrutando, en la comodidad del retiro, los frutos de su continuo ultraje. Opinan, cuando se reúnen, acerca de lo mal que está el país, sin saber (o sabiendo, ¿quién sabe?) que no son más que pranes de la educación superior, que están en el mismo saco que los funcionarios corruptos que nos llevaron al atolladero.

 

T.M.

Fotografía: John Harding y Tomás Marín

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