Auge y caída del Rey David

Cuando pequeño, imaginaba que Europa era como un Rey David sobredimensionado; con caminerías empedradas, con relajantes fuentes en cuyas arterias se desplazaban, parsimoniosos, flujos del agua más cristalina y fresca. Con letreros de ébano señalando, siempre atentos y amables, las orientaciones solicitadas; con una elegante atmósfera que transportaba, en sus manos invisibles, el aroma inconfundible del queso madurado, del chocolate artesanal y del vino de chateau.

Un mediterráneo sonido de cello se desenvolvía en forma de clave de fa. Sobre su melodía misteriosa, el vítreo impacto de los brindis, el murmullo remanente de los cuentos de política y de oficina, las risas de mujer joven en su primera cita, el engalanado mesero recogiendo las tazas vacías, las luces de neón acuarelando, con estilo impresionista, el lila y el azul de aquella escena que me hechizaba tanto.

El Rey David, con los veranos, perdió la magia, el encanto y el poder. No dejó un Salomón para sustituirle. La brillante fachada ennegreció y se convirtió en un retazo fila de difuntas estatuillas. Los precios se hicieron impagables, los arroyos se trancaron entre un fuerte desinterés y una densa calcificación. Los sucesos de robos, hurtos y atracos, se cotidianizaron más y más. Aquella pequeña Europa se convirtió en una República de Weimar, en una paranoia obsesiva de Proust.

Cuando grande, conocí, por fin, Europa; vi en ella una reminiscencia amplificada de aquella linda época que envolvió al Rey David. Viena, Bratislava, Madrid; el viejo continente es un carnaval nocturno, como el que pintó Chagall. La gente no está contenta mientras yo rebalso alegría incrédula al entrar en ese ozono hipnótico, fulgurante y bohemio. Puede que todo desaparezca, que se hunda en un abismo similar al que deglutió a aquel pequeño restaurante que, hace años, me obsequió tanto campo para imaginar. Europa tiene espíritu, tiene vino y queso, tiene ese aprecio que sólo yo veo, pues, venir desde el tercer mundo da una perspectiva cenital de las cosas.

 

T.M.

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