Para Elisa (Lerner)

Soy pesimista, hondamente pesimista, es intrínseco a mí, es la manera en la que fui criado. A mi lado, los textos de Schopenhauer parecen fútiles libros de autoayuda. Creo firmemente, sin embargo, que existen ciertos tipos de felicidad que, en mayor o menor grado, envuelven la vida de los seres humanos, portando consigo espejismos de éxtasis en esta vida tan estúpida. El festival de la lectura de Chacao (feria del libro de Altamira, para mí) siempre me ha dado la impresión de ser un rosario de días feriados. Es una kermés que, como los circos ambulantes, se planta en nuestro miserable pueblo para perfumar nuestra existencia mientras nos distrae de las penas.

Qué puntadas de ilusión pueril me escalan por dentro al ver a nuestra plaza vestida de blanco, como una novia que camina a los pies del altar. El collage de luces bailarinas que acaricia a los peatones. Las tribus urbanas que armonizan y convergen a la par que se recomiendan novelas de Camus. Los toldos viejos, los afiches viejos. Yo aguantando la tentación de comprarme todo lo que quiero (hay que ahorrar), me siento un alcohólico anónimo en medio de una cata de whiskys.

Hay poca oferta en lo relativo a textos de teatro, he paseado por todos los tarantines abiertos. En esta ocasión, hay menos puestos que en la edición del año pasado. La feria es un meteorito que trata de no desintegrarse entre los apocalípticos huracanes que azotan al país. Una de las escasas piezas dramatúrgicas que consigo es autoría de Elisa Lerner, la homenajeada principal en la fiesta literaria. Lo pienso, abro el libro, leo una escena y quedo en comprarlo más adelante, quizás esté más barato en un rincón aún inexplorado.

La jovial amiga que me acompaña, me recuerda que aún no hemos hecho visita al andamio de la alcaldía. Éste está en una esquina, camuflado y casi invisible para quien camina desde el sur. Arribamos y noto que ella está allí, imponente y de negro, en persona, Elisa Lerner. ¿Por qué no compré el libro?, ¿por qué no habré sido más asertivo?, pero aún hay tiempo, aún hay tiempo.

Caminamos lo más rápido que podemos, casi corremos. El piso mojado, por la torrencial y larguísima lluvia de la tarde, amenaza con hacernos resbalar. Tratamos de evitar los tropiezos, somos malabaristas entre los transeúntes. Llegamos, compramos, cada uno, un ejemplar de cubierta azul. Emprendemos el regreso, tomamos atajos. “Rápido, rápido”:

Elisa se ha esfumado, ya han recogido hasta la silla en donde la vi sentada, “¿Será que viene mañana?, ¿y si no regresa a la feria?” El autógrafo, por ahora, tendrá que esperar. Mientras tanto, he adquirido una bonita antología para sumar a mi colección teatral. Tengo, también, una anécdota más para seguir engrosando el curioso álbum de mi perenne pesimismo.

 

T.M.

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