La Cereza: La ansiedad por irse de la Venezuela horrible

“Definitivamente, yo no he nacido para estar aquí”, exclamó sin titubear la arrogante cereza tras haber cumplido su rutina, casi religiosa, de contemplarse atentamente en el empañado, agrietado y lastimero espejo de la antiquísima frutería “Santiago de León”.

Aquella mañana, portentosa exhibidora de la mácula azulada y vibrante que produce en el ambiente la pereza meteorológica de falta de nubes, dábale a la colorada y joven frutita un aspecto aún más rozagante, sano y aterciopelado que de costumbre. Nunca, desde los lejanos tiempos en los cuales el poderoso Nilo anegaba su cristalino torrente en las tierras áridas de los adoradores de esfinges hasta hoy, había conocido la agricultura una unión de forma y color tan armoniosa y escultural como la que dilapidaba a la vista aquella bermeja esfera comestible, quien acudía, estrictamente cronometrada y puntual, a su manía diaria de quejarse dolosamente por vivir en un sitio que, según su punto de vista, no era acorde con el abolengo y el linaje de su ser.

Bastaba con ver su geométrica, reverberante y cromática perfección para darse inmediata cuenta de que, bajo ningún juicio apegado a los pabilos de la coherencia, podría considerarse su lamento como algo descabellado. Ella era un punto contrastante de hermosura sin igual enclaustrado en un entorno estéticamente hostil, golpeado por los latigazos nunca incólumes del cruel tiempo y adobado por un piso repletado de cestas sucias, polvo pegajoso y naranjas rebeldes que retozaban alegres y anarquistas a través del granito terroso.

Cuando declinaba el sol, luego de su agonía de sombras barrocas y siluetadas, para dar paso al obscuro manto de hilos cenizos al que Hesíodo imaginó mujer y bautizó como la diosa Noche; la pueril cerecita miraba, encallada en su realidad triste y sin conmiseración, el desfile de luces titilantes y artificiales que embadurnaba de sepia las calles abarrotadas de peatones cansados, los cuales, bajo el tenue ondular del brillo farolero, lucían más agotados aún. Observaba, siempre minuciosa, hasta el más enjuto detalle del espectáculo callejero, que siempre era cortado de súbito por el atronador bullicio de la oxidada y abollada santamaría que, lanzando un lamento inquietante y metálico, daba al suelo, ritualmente, su agresivo y ruidoso beso de buenas noches.

Durante las insomnes madrugadas, aburridamente largas y portadoras de un hálito templado, rebobinaba la cereza en su mente las imágenes, siempre nítidas en su cabeza, de la noche citadina y las transportaba a París, el París de sus anhelos, la ciudad luz de sus deseos más profundos e íntimos y en la cual, aunque sólo conocía su existencia por intermedio de la fotografía mal encuadrada y roída de un poster de la frutería sostenido con esbeltos teipes, tenía la confianza absoluta y ciega de todo tipo de felicidad, etérea o arquetípica, a la que pudiese aspirar.

Sonreía, cual si se tratara de un inconsciente acto conductista pavloviano, cuando, escarbando en los diseños vaporosos y humeantes que el futuro ilusorio le regala gratuitamente a la gente joven; se sentía a sí misma como única protagonista en el cénit de una titánica torta de bodas francesa, desde la cual pudiese ocupar, finalmente, un lugar merecido para su aspecto. Casi podía percibir el olor glicérico y el tacto suave del pálido merengue que, encauzado, convergía sus dimensiones hacia ella mientras tocaba reverentemente sus pies endulzados.

Madrugada tras madrugada, cual grávido saco de estalactitas espirituales, se le hacía más pesada a la pequeña fruta la fantasía de un lugar sólo alcanzable en el plano de lo metafísico. Fue una de esas gélidas jornadas, quizás la más escalofriante de todas, cuando un ataque de pánico desesperado y tierno, devenido en gritos y en lágrimas destiladas, llamó la atención de una de las pérfidas, frívolas y toscas naranjas que, nunca temerosa por ser temida, paseaba cerca de la canasta.

“¿Qué es lo que sucede?, ¿por qué la más linda de todas las frutas está triste?”, preguntó, con su voz seca y mal modulada, la naranja.

“Soy la más desdichada de todas, soy una viuda perenne y repetitiva que, noche tras noche, debe vivir, indefensa, la muerte de su sueño más querido”.

“¿Y cuál será ése?, inquirió la porosa fruta visitante.

Luego de una conversación fructífera (o mejor dicho, frutífera) en la que las palabras emanadas eran agujas que laceraban el silencio, la infeliz cereza contó, como a nadie lo había hecho, su diatriba y su frustración. La naranja, quien la consolaba, decretó, como en una epifanía, la solución que hizo a la entristecida restregarse sus ojos: “tus problemas están resueltos, yo seré quien te extirpe ese malestar, espérame aquí dentro de una hora y, personalmente, te llevaré a París”.

“¿Pero París no está muy, muy lejos?”, cuestionó, sin abandonar ni un dejo su emoción, la frutita vanidosa.

“Nada es lejos cuando se tiene la voluntad”, respondió, risueño, el gran salvador.

Acordaron en seguir, al pie de la letra, el plan. La cereza, quien hacía sus maletas con una sonrisa vertiginosa y brillante, decidió anteponer su ansiedad y su emoción a los rumores que, toda la vida, habían corrido, danzarines y precavidos, de cesta en cesta: “nunca te confíes de una naranja, recuerda que son engañosas, resentidas y ácidas”.

Por fin había llegado el momento, los dos partícipes, en complicidad con el azabache atmosférico, partieron.

“Nunca te confíes de una naranja”, se intensificaron los rumores al día siguiente. La pulpa traicionada y rojiza ahora hacía juego con el piso terroso que tanto odió en vida. No se puede decir que no conoció París, pues el jugo consiguió salpicar hasta el afiche que hoy, además de mal encuadrado y roído, amaneció enlutado.

 

T.M.

Fotografía: Bisho

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