Cinco obras de teatro que deben ser leídas (II)

1.- “El avaro”, de Moliére:

 

Esta pieza (escrita, según algunos investigadores, por Pierre Corneille) lleva la rúbrica “Moliére” por donde quiera que se mire. Una hilarante personalidad llevada al extremo encarnada por un padre de familia cuyo máximo motivo para existir es el de conservar enfermizamente su dinero y sus posesiones (quizás inspiración para el célebre Isaac de “Las cinco advertencias de Satanás”, de Enrique Jardiel Poncela). El choque de acontecimientos se produce de la mano de sus propios hijos, quienes, flechados por el amor hacia otros personajes (uno de ellos en la mira de Harpagón, “el avaro”) y por la rebeldía característica de los años mozos, deben urdir una serie de simpáticas “trampas” para poder materializar sus objetivos.

 

2.- “Santiago, el pajarero”, de Julio Ramón Ribeyro.

 

Este guion, bajo cualquier punto de vista, merece laureles y elogios. Ambientada la trama en el colonialista virreinato del Perú, ésta es ornamentada por diálogos sobrios, versos en coplas y una cierta bohemia que recuerda a Valle-Inclán. El protagonista no es otro que Santiago, un optimista pajarero que, inspirado en sus lecturas y presionado por su novia a la búsqueda de una mayor estabilidad económica, saca a la luz (desde el secretismo de sus investigaciones privadas) un proyecto mediante el cual el ser humano puede cumplir su ambición de volar. La obstaculizada vía para llamar la atención de las autoridades, y de atraer algún financista para su invento, va obscureciendo violentamente el entorno hostilizado por la comunidad del virreinato, escéptica e ignorante. Guarda cierta similitud con “Un enemigo del pueblo”, la inmortal pieza de Ibsen.

 

3.- “El amante”, de Harold Pinter.

 

Una perspectiva casi voyeurista nos invita a ver transcurrir el tiempo en casa de Sarah y Richard, una pareja que denota, en su forma de ser, cierta tendencia a la excentricidad. Salpicada de un humor inglés que encajaría perfectamente un cortometraje de los Monty Python, la serie de diálogos expone una complicidad que desencaja en la coherencia y provoca la extrañeza legítima en el lector/espectador. Sin embargo, detrás de la aparente superficialidad absurda, se teje un trasfondo psicológico y sociológico que puede llegar a minar severamente las concepciones afincadas y tradicionalistas de términos tan “sacros” como “hogar” y “familia”.

 

4.- “Los secuestrados de Altona”, de Jean-Paul Sartre.

 

Una trama larga, compleja, devastadora; construida mediante la filosofía existencialista que tanto trabajó Sartre. Una casa lóbrega, un padre moribundo, una pareja infeliz, una hermana cínica y, lo más curioso de todo, un muchacho (delirante y enloquecido) que lleva trece años sin salir de su habitación. El rastro horrible de la guerra terminada (que tanta mella hizo en el autor), retuerce dolorosamente sus sombras sobre esta familia que, de uno u otro modo, fue partícipe en el ascenso del nazismo y ahora vive arrepentida. Un lenguaje metafórico, un cuidado muy cauteloso y estético para aportar dinamismo sobre el escenario (representación de flashbacks, sonidos externos, acotaciones numerosísimas). Un amor eros que oscila entre el deseo reprimido y la prohibición que busca rescatar el último vestigio de una moral decaída.

 

5.- “El montaplatos”, de Harold Pinter.

 

Una secuencia que fluctúa entre lo experimental, lo dadaísta y lo bizarro (en el sentido castellanizado de la palabra). Dos mercenarios aguardan, desde un sótano, la orden (sin saber la procedencia o el porqué) de ejecutar su acción homicida. Mientras tanto, pasan, nerviosos, el tiempo entre conversaciones que buscan distraerlos un poco de un “oficio” en el cual se presencian incómodos y retraídos. La comunicación hacia el piso superior a través de un montaplatos (desde el cual llegan extraños petitorios gastronómicos), da pie a que la inamovilidad teatral se desenrolle hacia un final inquietante, inimaginable y, para algunos, sin sentido.

 

T.M.

Fotografía: Goshen College.

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