Pablo Iglesias y los izquierdistas del club campestre

Pablo Iglesias es, para muchos, el gran ente de moda. El personaje digerible, accesible, atractivo, carismático y sencillo. El mercader de lo cool, el que no precisa estucos rodeando su micrófono. El joven, la cara lavada y fresca cuyo asomo anhelaban todos estos años. El que ornamenta los errores axiomáticos de toda política y los abrillanta en resaltador. El crítico de la mano en la barbilla, el “incorruptible”, el que defenderá su punto de vista, gústele a quien le guste, a capa y espada. La única opción posible.

Es curioso como Schopenhauer preconizó, en su visión del papel del estado, las semejanzas entre el fascismo y el comunismo (sistemas políticos que aún no existían). Fue un paso más allá de Hobbes, de la defensa de que tener un estado (se nota que Hobbes no vivió en alguna de estas dos barbaries), fueren cuales fueren sus características, era mejor que vivir en la fase primitiva, en la que los seres humanos, embriagados de una mezcla de odio y terror, se aniquilaban unos a otros (vaya, ¡cómo hemos progresado!).

Pude conocer, en España, gente cuya afición romanticista (la izquierda es más “guay”, es más “justiciera”, es más “artística”, es más “bohemia”, es más “víctima”) hacia Podemos es un semillero de cáfilas cerradas, de pandillas impenetrables, de “empatía con la pobreza”, de creer que la política es sólo fumar porros, beber cerveza, leer a los “poetas malditos”, hacer carteles y rasgarse los jeans (pagados por mamá) mientras deciden ignorar que, esos a quienes apoyan, no son más que un tentáculo del gobierno totalitario (que, en su momento, fue el más “guay”, el más “justiciero”, el más “artístico”, el más “bohemio”, el más “víctima”) que destrozó un país que, como es de tercer mundo, no importa a nadie.

Todos los sistemas políticos son erróneos (el ser humano es imperfecto), la psique (de muchas personas) es muy compleja para ser encauzada mediante caminos prefabricados. Es preciso tener una frialdad suficiente para recoger (en síntesis), como lo hizo, en su tiempo, el Liceo de Aristóteles; lo mejor de cada propuesta. Pero, para eso, es menester reunirse a pensar, no sólo a ver a los amigos para irse de fiesta.

Siempre quedará la evidencia empírica, el argumento positivista, los fracasos palpables sobre los cuales es imposible sostener una farsa. Aún no he conocido al primer militante de Podemos que esté dispuesto a tomar el reto de venir, por lo menos, durante un mes a Venezuela para recibir una pequeña dosis de socialismo real y, con ella, poder tener una perspectiva más amplia. Siempre será más sencillo para ellos continuar sentados en su jardín de club campestre, bebiendo de sus tacitas moradas, contando, acurrucados, las leyendas que hay en sus libros; esos que relatan que hay un héroe llamado Otegi y un mesías llamado Chávez.

 

T.M.

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