En caso de infierno, rompa el libro. Capítulo I.

¡Cómo cambió la vida de Menemauroa a partir de aquella extraña noche en la que corrió hacia la calle gritando que era una súper heroína! Los agudos alaridos desgarraban, como dagas, el silencio del vecindario. Las ventanas se atiborraban de curiosos que señalaban y comentaban. Los padres, con batas a medio poner, intentaban, sin éxito, alcanzar el paso veloz. La sábana, atada al cuello, que fungía de capa, temblaba horizontal al impacto con el aire.

Un transeúnte que, por casualidad, hacía tarde el camino a casa, logró detener a la niña. Estaba pálida, sudorosa y sonriente. El corazoncito le latía a ritmo vertiginoso. Los ojos, abrillantados y azules, se fijaban en un vacío que parecía tener sede a millones de años luz. Los padres, sin querer fijarse en los curiosos que aún disfrutaban del espectáculo, agradecieron, tímidamente, el gesto al peatón y volvieron a casa con la pequeña fugitiva.

El hecho, y su entramado subyacente, fue el tema protagonista de todas las conversaciones y chismerías del día siguiente. El tratamiento había fallado, las medicaciones no fueron efectivas, la cordura de Menemauroa se resquebrajaba con el pasar de las horas. Algunos adocenados narcisistas se enorgullecían de sostener, aún, conversaciones coherentes con ella. Las compañeras del colegio rehuían aterradas, entre las burlas de rigor, a cualquier acercamiento. En las respectivas oficinas, los trabajadores observaban, con cierta expresión de luto y conmiseración, a los preocupados padres.

El temor se materializó, el último recurso fue gastado. Menemauroa fue ingresada, sin oponer resistencia alguna, en el pabellón de psiquiatría infantil permanente del recién inaugurado centro médico docente. Era un sitio luminoso, de pasillos alargados y habitaciones repletas de juguetes blandos. Las enfermeras, con uniformes estampados de dibujitos, colocaban pegatinas a los niños tranquilos. La directora, obesa y con una simpática sonrisa de dientes pequeños, tomó de la mano a la nueva paciente y la sentó en un enorme cojín.

Menemauroa rompió a llorar en medio de la entrevista. Parecía como si una sobriedad momentánea hubiese invadido el delirio creciente. La directora, envuelta por una mixtura de conmoción y comprensión profesional, acarició los  dóciles cabellos castaños de su interlocutora. “¿Estoy loca, verdad?”, sollozó la infante entre aterrorizada y enfurecida. “Eso dicen, pero sólo es que no te comprenden. Los locos son ellos”. La diminuta internada echó a reír.

“¿Y se cura la locura?”, interrogó, calmada, Menemauroa. La directora suspiró y arrojó una mirada cómplice al rodapié en busca de tiempo. Tantos años de experiencia no hallaban aún respuesta a tan curiosa pregunta. Una empatía genuina nació entonces. La directora, como solución, engoló su gruesa voz y cantó.

Se cura la locura que, obscura cuando apura, fisura el alma y la tortura. Si no, procura, con premura, buscar a un cura de orden pura para que sane tus agruras y te haga santa sepultura. La locura es una aventura, es construir un edificio sin saber de arquitectura. Es tocar en un concierto sin notas ni partituras, es tener un pensamiento que carece de estructura. Es la más suelta de las solturas, es lanzarse en parapente temiéndole a las alturas. Es usar, como almohada, la roca más dura, es un fantasma de colores que, al oído, nos murmura. Son las páginas más geniales de la literatura, es la holgura de las holguras. Es, sencillamente, la mente sin ataduras”.

T.M.

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