William Padrón: Rock & Roll con título nobiliario

Aún era otra Venezuela. Las bandas (cuando el término “banda” todavía no estaba tan distorsionado) y festivales, que se presentaban en el país, eran lavado de cara y conversación de tapete para quienes amamos el rock. Comprar discos era una actividad accesible. El ahorrarse tres desayunos de la cantina colegial y, con el “botín” colectado, caminar, el fin de semana, a la tienda (a la sección de “Metal”) era un pequeño carnaval de bolsillo. En esa bonita época, conocí a William Padrón.

Yo cursaba sexto grado, ese período en el que los sueños, por más titánicos que sean, parecen jugosos mangos de fácil acceso. Mi ambición era componer y cantar como Serj Tankian, como Jonathan Davis. Mi madre, cómplice en mis metas quijotescas, me regalabas CDs que ella obtenía como material de prensa. Cualquier carátula que exhibiese el recuadro blanquinegro que reza “Parental advisory – Explicit content” me hacía sentir un rebelde de pecera, un Robespierre en medio de la revolución. “Tengo un amigo que trabaja en Sony Music, siempre le hablo de ti”, me dijo ella; “un día te llevo para que lo conozcas”.

El edificio estaba en los Ruices, cerca de una planta refresquera.  El olor a goma oficinesca impregnaba el interior. Un ir y venir de trabajadores saltimbanquis hacía vida en los pasillos. Los afiches enmarcados de guitarristas y bateristas, en pose retadora, daban un tono menos riguroso al ambiente. William, con su estatura intimidante, con su cabello siembre corto, con sus lentes infaltables y con una sonrisa; se presentó y me estrechó la mano.

El escritorio (y su alrededor) era un Horror Vacui en perfecto orden. Un Pollock integral en el que había desde una ornamenta de Pearl Jam hasta una serie de vinilos de Chespirito. Quizás reflejo del interior de su ocupante, hombre ecléctico que, con la aspereza del pragmatismo como rúbrica en su labor, tiene la sensibilidad suficiente para recoger y plasmar, con lujos y detalles, los auras y sensaciones que (de Caramelos de Cianuro, de Sentimiento Muerto, por ahora) ha expuesto en sus libros; compendio que fluctúa entre el reportaje, la crónica y la fotografía.

Una eminencia del periodismo musical hecho en Venezuela. Manager, entre otras bandas, de la mítica Candy 66. Partícipe organizador en el Festival de Nuevas Bandas. Documentalista. Padrón pareciera tenerlo todo en el currículum cuando de rock se trata. Es, además, esposo y padre. Daniel Enrique (su primer hijo) se ha convertido en un nuevo compañero en el camino sembrado entre el trabajo y la familia.

Por ahora, el título de “Sir”, con el que William Padrón firma su Twitter, sigue llevando portador. Aún hay muchos proyectos por hacer, por materializar. Siempre será un honor encontrarse con este emprendedor, ya sea en plaza Los Palos Grandes o en el teatro de Chacao. Aún suenan, en mi casa, los discos que él me obsequió cuando, en Caracas, se permitían esos lujos. Quién sabe si en ésta, en otra Venezuela, o en otro país; pero William Padrón seguirá puliendo el nombre del rock nacional y de la buena música. No todo se ha perdido.

 

Tomás Marín

Fotografía: Brainguash

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