Los ogros no se quedan con las princesas

Las luciérnagas que habitaban dentro de sus ojos, cada vez fulguraban con menor intensidad. La fiebre, que parecía centellear dentro de su cabeza, se elevaba violentamente. El apetito estaba renuente ante cualquier bocado desde hacía días.  La preocupación se adhirió con sus garras a las noches interminables en vela. Paula estaba, realmente, muy enferma.

Los cristales estaban manchados con una paleta de barro formada por el polvo acumulado y el agua del chubasco que, reverentemente, empapaba la calle; como pidiendo permiso, constantemente, para caer. La llamita de la cocina danzaba tímidamente y permeaba su amarillo sobre la tetera opaca que escupía vaho a través de su único poro. Las sábanas, húmedas de sudor y aromáticas a remedios, ya no encontraban donde guardar más pliegues irregulares. El doctor, saltimbanqui entre visitas y diagnósticos infructuosos, trataba de brindar calma al tiempo en el que, desorientado, paseaba su mano huesuda a lo largo de su barba gris. La gravedad de la situación se reflejaba en los murmullos, casi sacros, que merodeaban fantasmales y psicofónicos, en una sala que tantas veces fue alegre.

Los voluminosos labios de Ernesto, el único amigo inseparable en esta funesta y temeraria faena, se acercaban a la frente quieta de la paciente. Un hedor a alcohol isopropílico y a menjurjes inútiles creaba una atmósfera deprimente y pesimista. Paula cruzaba, rutinariamente, la delgada frontera entre la consciencia alterada y el desmayo con pinceladas de nunca regresar. El desigual y gordo cuerpo del cuidador se trasladaba mediante pasos cansinos que hacían crujir la madera gastada y astillada. Unas sonrisas delicadas y forzadas, como obsequio a ella, trataban de ser telón ornamental para alguien convencido de que lo peor era ya inevitable.

Cubierta hasta los hombros desnudos por su manta gruesa, Paula despertó en medio de la noche que inflaba su negrura y exponía, caprichosa, sus joyas cósmicas. Una lágrima surcaba su rostro y dibujaba una línea transparente y espesa que parecía dejar en evidencia un dolor insostenible. “Has sido tan bueno conmigo”, dijo con una voz quebrada, pero clara. “El mundo es gigante, pero en él no cabe todo lo que te tengo que agradecer por ser tan atento y tan bueno conmigo. Si salgo de ésta, me quiero casar contigo”. La espalda ensanchada de Ernesto giró como un elefante herido. Se acercó hacia el lecho y se posó en la pequeña silla que se aquejaba a través de sonidos graves, como dispuesta a ceder en cualquier momento. “Eso no será posible. Yo te quiero mucho, lo sabes, el mundo está enterado también; pero, si algo nos dicta la vida, es que los guapos son los que triunfan. Los ogros no se quedan con las princesas”.

Paula volvió a cerrar sus párpados, como si necesitara gran reflexión para analizar y asimilar un axioma de esa magnitud. Ernesto volvió a sus quehaceres, vigilante y espabilado, a la espera de un cambio notable o de un desenlace. El cuerpo fue retirado, a la mañana siguiente, por cuatro hombres entecos que lucían trajes a medio planchar y daban el pésame de manera autómata. La princesa fue despedida, en medio de flores y poemas, por amigos y admiradores que fueron invisibles durante su agonía. El ogro se quedó solo, como siempre sucede.

 

Tomás Marín.

 

 

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