Alaina: Aquella niña coja del Colegio San Ignacio

“Objetivo no logrado” en mi evaluación de matemáticas sobre la división con dígitos de dos cifras. Casi estábamos a mitad de año académico (tercer grado) y yo aún me desintegraba en una espiral de números que se inflaban en paralelo a gestos burlones plasmados sobre el pliegue de papel cuadriculado. Sabía que me tocaría regaño, que los rostros de mis padres, en una amalgama de decepción, rabia y preocupación, me incriminarían cuando les diese la noticia. Yo, mientras tanto, procuré esconder, rápidamente, el examen dentro del bolsillo secreto de mi bulto. Me sentía mal; el canguelo de que mi entendimiento nunca abarcara la cuestión, me invadía como una ola agresiva y siniestra.

En ese instante, ella arribó con su caminar descompasado, con su cabello de rulos rubios, con sus anteojos de cadena de rosario, con la mirada baja, con el despido de su madre. Como inmersa en una concentración invocada, se dirigió al asiento que, con cierta frialdad cincuentona, le señaló la profesora. El aula contemplaba en derredor de un silencio que sólo era increpado por un despistado que, de espaldas a los hechos, acomodaba crayones en su cartuchera metálica. El prejuicio y el rumor se urdían, podía sentirlo perfectamente. Una expresión burlesca se acomodaba en la mueca de uno, una sonrisa malintencionada en la boca de otro.

La niña estuvo callada e inmóvil hasta que el timbre del recreo dio pie a la estampida de chemises blancas que salió a divertirse durante los treinta minutos de gloria que eran grieta entre las lecciones tediosas. Hasta la docente, sin prestar atención a la supervisión de costumbre, abandonó el lugar con apresuradas zancadas. Sólo dos personas permanecimos en nuestros pupitres: la muchacha nueva y yo. Con mi timidez indeleble, me acerqué y coloqué mi mano encima de su hombro puntiagudo. Sus iris azules y flamantes, que partían desde el miedo, se me clavaron para siempre. Nunca pude olvidar aquel instante.

Alaina (nombre del que siempre le hacía respetuosa higa) se transformó en mi amiga de las meriendas, en la conversación ideal entre panes y mermeladas. Su andar lento, a razón de la cojera producida por sus piernas desiguales, tomaba un cuarto de hora para desplazarse entre el salón y la diminuta redoma que fungía como nuestro comedor improvisado. Yo le cargaba su lonchera en un pueril intento de aligerar su paso, ella se coloraba a la vez que parpadeaba profundo, en una especie de tic, y luego me decía: “Fusto (nunca supe por qué me “bautizó” así, jamás mi curiosidad fue tan grande como para solicitar una razón de ese peculiar apodo), eres el ser más amable que he conocido”.

Yo la defendía, siempre que tenía la oportunidad, de las ofensas que disparaban (con un odio que siempre me aterró, ese venablo a herir) algunos de mis compañeros quienes se mofaban de su condición, quienes le inventaban chistes insultantes mientras la remedaban. Alaina siempre parecía estoica, pero, en muchas ocasiones, su orgullo se quebraba y rompía a llorar. Yo sollozaba a su lado mientras le prestaba mi hombro, la manera en como se nublaban sus ojos azules, hasta convertirse en un chubasco gris, era, para mí, lo más triste del mundo; más que las muertes que salían en el noticiero, más que mi incapacidad para dividir con dos cifras.

Fue retirada del colegio unos meses después. Su familia no quiso seguirla exponiendo a las filosas y venenosas fauces del Colegio San Ignacio de Loyola. Recuerdo la discusión, a través de la puerta entreabierta de la sala de profesores, entre los representantes y la directora. Antes de abordar el Chevrolet Impala plateado que la esperaba con las puertas abiertas, Alaina me abrazó y me dijo: “¿nos seguiremos viendo, Fusto?”, yo le regresé: “claro que sí, y ahora será mejor. Ya no tendremos que calarnos a esta gente tan tonta”. Hice pucheros mientras el vehículo atravesaba la reja abierta de la entrada. No supe más de ella.

Ayer, saliendo de casa de mi hermana (en medio de una visita que tengo la dicha de hacerle) con la intención de dar una caminata para seguir conociendo Viena, me extravié completamente. La orientación basada en seguir las vías del Strassenbahn (pequeño tren urbano) sólo me sirvió para arribar a una especie de club campestre sin mapas a la vista y sin celular (lo dejé cargándose) para pedir auxilio al GPS. Luego de vagar durante más de una hora, llegué a una estación de Metro, en la que cualquiera se puede ubicar hasta llegar al destino correcto. Esperando los vagones, noté a una muchacha de pelo amarillo que cojeaba mientras estaba imbuida en su teléfono inteligente. Pensé en la posibilidad del reencuentro, en la codicia de la casualidad; pero noté que su alemán (al enviar una nota de voz) era demasiado perfecto para ser la versión veinteañera de esa Alaina que tanto me alegró la vida. Tocamos frente a frente, no podía dejar de observarla, provoqué su atención escéptica; apenado, desvié torpemente la vista.

Ya estaba en Karlsplatz, a sólo unas cuadras de la casa de mi hermana. Al notar que me bajaba, la muchacha se me acercó y, ante mi impasibilidad típica hacia la gente extraña, me besó la frente: “así que nos volvemos a ver, Fusto”. Fui incapaz de abandonar el tren. Estuve llorando, por lo menos, durante siete estaciones antes de continuar la conversación que dejamos pausada hace dieciséis años.

Tomás Marín

 

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9 comentarios en “Alaina: Aquella niña coja del Colegio San Ignacio

  1. Hoy,por casualidad, creo, descubri estos cuentos breves, me olvide de bancos, transferencias, politica o economia, Gracias Tomas por este oasis.lo recomendare a todo aquel…..

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