32-20 Blues: Un dolor hecho armonía e instrumentos vueltos magia

Sobre el arte (y sus funciones) se ha escrito, debatido y dilucidado durante siglos y décadas. Una de tantas opiniones al respecto, fue la del gran Bertolt Brecht; quien sostuvo que la creación se comparaba a un fuerte martillo que era capaz de transformar la realidad y moldearla hacia nuevos cursos. El Blues, como mezcla de tantas influencias que lo han convertido en un género sólido, es una muestra clara de esta premisa; de hacer llevadero el sufrimiento, de acondicionar (aunque sea rústicamente) un rincón en el que la libertad puede bailar descalza al ritmo que siente. ¿Qué mejor manera, entonces, de comenzar los conciertos estivales del Museo Nacional de Antropología, que con “32-20 Blues”, dúo virtuoso que expone el lema: “un lamento hecho música”?

Los asientos estaban repletos, no cabía nadie más. Los exóticos y variopintos trajes, expuestos en el museo, se asomaban, imponentes, desde los múltiples balcones (al lado de quienes estaban en pie), como si tampoco desearan perderse el espectáculo. Tras unas palabras de presentación, Jesús Parra Esteban, en medio de aplausos, arrancó la tertulia y, haciendo vibrar las cuerdas en su guitarra azul, cantó “Come on in my kitchen”, ese himno antiguo que sembró Robert Johnson y que, aún hoy, sigue ofreciendo frutos. Algunos espectadores cerraban los ojos y sonreían, imbuidos en esa estela melancólica que caracteriza a los buenos ritmos lentos. La primera ovación se hizo presente. Esto, apenas, comenzaba.

El performance, que incluía, entre canción y canción, datos curiosos y anécdotas maravillosas e ilustrativas; se completó con la participación multiinstrumentalista de Gonzalo Peñalosa, quien se desenvolvía con una pasión inequívoca y una gracia envidiable. Repasaron, ante la atención total de una audiencia extasiada, temas clásicos como “Alberta” (durante el cual, una pareja de jóvenes bailaba desde el balcón) y “Railroad worksong”, ese quejido esclavista tan sutil y tan profundo que se mantiene vivo.

Haciendo gala de un humor inherente y de un carisma de complicidad, la agrupación aprovechó para mostrar parte de un repertorio propio que lleva atado el espíritu inexorable del Blues. Todas las edades que convergían en el público estaban satisfechas y lo demostraban con su alegría, con sus palmas y con esas videograbaciones que se convierten en souvenirs digitales para conservar momentos especiales. La fiesta finalizó (entre vítores y agradedcimientos), dejando tras de sí una noche inolvidable bajo el aura polifacética y multicultural del Museo Nacional de Antropología; una paleta en la que cada creencia y cada modo de vida tiene, por lo menos, una pincelada.

Los conciertos veraniegos presentados por el museo prometen muchas más sorpresas a lo largo de julio. Para más información, consulten en la página o en las redes. El arte, aún, tiene mucho que transformar.

 

Tomás Marín

Comunicador Social/Periodista Internacional

(En busca de nuevas ofertas laborales)

tomasmarind@hotmail.com

Fotografía: Isma Ortiz

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s