Cinco obras de teatro que deben ser leídas (III)

“Las Criadas”, de Jean Genet:

Un resentimiento abrumador puebla las vidas de Clara y Solange, dos sirvientas hermanas que sirven en una lujosa casa y que pasan el tiempo libre jugando y fantaseando con los vestidos, las prendas y los cosméticos de su ama. Entre conversaciones ingeniosas que se convierten en ribera para hacer justicia a sus propias perspectivas de libertad, éstas, sin saber distinguir nítidamente entre las fronteras de lo real y lo imaginario, van revelando una dantesca conspiración doméstica que arrastra y refleja gran parte del odio visceral y “sin sentido” que lacera al mundo y con el que todos hemos sentido empatía, al menos, una vez. Debido a la gran cantidad de polémicas y escándalos que desató esta obra (una de ellas concluyó con la calcinación de la sala de teatro), el propio Genet tuvo que proponer, mediante cartas y textos, métodos y maneras de interpretar el argumento.

 

“Ha llegado un inspector”, de John Boylton Priestley.

En la elegante y burguesa casa de los Birling, una cena celebra el compromiso entre Sheila, la hija de la familia, y Gerald, un joven y prometedor hombre de negocios. La velada es interrumpida por la repentina visita del inspector Goole, hombre tosco y serio, quien informa, conmovido e iracundo, que una tal Eva Smith ha fallecido, camino al hospital, luego de haber ingerido, voluntariamente, una cantidad considerable de lejía. Frente a la displicencia mostrada por todos, quienes argumentan que no conocieron a la difunta, la tenacidad del inspector irá desenterrando recuerdos que, a modo de confesiones desgarradoras, permearán en el laberíntico y fascinante mundo de las relaciones humanas y revelarán que los comensales son más culpables de lo que ellos mismos podrían suponer.

 

“La importancia de llamarse Ernesto”, de Oscar Wilde.

Con la rúbrica del lenguaje, casi culteranista (aunque sobrio), inglés, esta pieza, la más célebre del teatro de Wilde, presenta a Juan y a Archibaldo, dos amigos formales y respetados que, con el fin de ausentarse de la buena sociedad para divertirse, recurren a un método llamado “bunburyzar”, que consiste en la creación, propia o a terceros, de personalidades ficticias que se convierten en la excusa perfecta para sus escapadas. Cuando Archibaldo, atraído por una joven de quien Juan es tutor, se “cuela” en un papel que no le corresponde, la trama se transforma en una perfecta comedia de enredos y confusiones que, a más de un siglo después de haber sido escrita, aún arranca risas y aplausos por todo el mundo.

 

“La excepción y la regla”, de Bertolt Brecht.

Una pieza fundamental del “Teatro épico” de Brecht. Una pieza combativa y siniestra que, con los elementos del “efecto de distanciamiento” (característico del autor), evita, a toda costa, conmover. Un despiadado hombre de negocios, junto con un hombre de carga y un guía, viajan solos, a través de un inhóspito desierto, con la intención de descubrir pozos petroleros. La creciente avaricia del empresario, hundido en una mezcolanza de miedo, desesperanza e inseguridad, violenta su carácter y precede a la tragedia. El enjuiciamiento, en el que participan todos los que estuvieron relacionados con los hechos, se denota como un aparador obscuro en el que todos los seres humanos, como protagonistas generales, somos acusados y señalados con el peso indefendible de un futuro devastador.

 

“Calígula”, de Albert Camus.

En un punto entre la historiografía documentada y la ficción, Camus nos topa con un emperador maquiavélico, vil, macabro; pero, aún así, entrañable. Un epítome diagnóstico del poder. La caída en desgracia (a raíz de las propias decisiones que va tomando a lo largo de la obra) de un utopista empedernido a quien sus súbditos le temen tanto como le odian, a quien no le tiembla el pulso o la sonrisa a la hora de ejecutar a quien se le antoje. Un preludio (a la vez que un retrato) de los tan conocidos dictadores carismáticos. Una muestra, también, de un ser débil y maniático encerrado bajo una coraza que, a pesar de ser envidiada, pocos podrían, realmente, soportar.

 

Tomás Marín

Comunicador Social/Periodista Internacional

Residente en Madrid

(En busca de nuevas ofertas laborales)

tomasmarind@hotmail.com

 

 

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