Marxismo, fascismo, racismo, Podemos y la soledad

¿Por qué, tras estudiar el socialismo (y tras haberlo vivido durante diecisiete años), hallamos tantas marcadas similitudes con las atroces prácticas que vieron la luz durante los obscuros años del fascismo, cuando se supone que ambas posturas político-sociales son antípodas? Genocidios, señalamientos, separaciones, exigencias de lealtad obligatoria, simbolismos y cultos personalistas. En ambas paletas encontramos los mismos protervos colores.

¿Dónde reside, entonces, el error que hace que estas dos tonterías sean dos caras de la misma distopía fantasiosa (que lastra, tras cada intento de instauración, lagos y mares de sangre)? ¿Qué diferencia a Franco de Stalin, a Maduro de Videla, a la Pasionaria de Millán-Astray? ¿Existen, acaso, totalitarismos o dictaduras mejores que otras? Cuando se parte desde una ideología (al igual que en las religiones, que me parecen idiotas, pero respeto siempre a quien las profesa), se suprime, automáticamente, la posibilidad de ir construyendo en síntesis y, aprendiendo de los errores, progresar. Es un punto de vista similar al que criticaba Francis Bacon cuando postuló que el universo debía ser tratado bajo métodos inductivos (de asimilación) y no deductivos (de suposición).

En “Pabellón de cáncer”, una maravillosa novela de Solzhenitsyn (lacerado, hasta el cansancio, por el comunismo soviético y quien describió sus horrores (y los testimonios de cientos de víctimas) en su obra cumbre “Archipiélago Gulag”); encontré un simpático diálogo que, sólo cambiando nombres, ajustaría perfectamente a cualquier tendencia totalitaria, sea ésta de brazo en alto o de martillo y hoz:

-Por desgracia, son vestigios de mentalidad burguesa.

-¿Por qué, precisamente, de “mentalidad burguesa”? -gritó Kostoglótov.

-¿De qué otra pueden ser? -se puso en guardia Vadim. Hoy, que tenía muchas ganas de leer, tenían que haber tramado esa discusión en la que participaba toda la sala.

Kostoglótov se incorporó de su postrada posición y se recostó en la almohada para ver mejor a Vadim y a los otros. 

-Puede tratarse, sencillamente, de codicia humana y no de mentalidad burguesa. Antes de la burguesía hubo gentes codiciosas y después de la burguesía seguirán existiendo gentes codiciosas.

Rusánov no había llegado a acostarse. Desde su altura, contestó solemne a Kostoglótov.

-Si en tales casos se escarba a fondo, siempre se descubre un origen social burgués. 

Kostoglótov movió la cabeza y espetó.

-¡Todo eso del origen social son pamplinas!

-¡Pamplimas! ¿Qué dice? -Pável Nikoláyevich se echó mano a un costado atacado de dolor punzante. Ni siquiera del Roedor habría esperado tan cínico exabrupto.

-¿Qué pretende insinuar con eso de “pamplinas”? -preguntó también Vadim, curvando sus negras cejas con perplejidad.

-Lo que han oído -rezongó Kostoglótov, y se alzó más sobre la almohada hasta quedar casi sentado-. Necedades que les han embutido en la cabeza. 

-¿Qué quiere decir con eso de que nos han “embutido”? ¿Se hace responsable de sus palabras? -gritó estridentemente Rusánov, sin saber de dónde le provenían las fuerzas.

-¿A quién se refiere cuando dice “les”? -preguntó Vadim, que enderezó la espalda y conservó el libro sobre la pierna-. ¡Nosotros no somos robots! No aceptamos nada a ciegas.

-¿Y quiénes son esos “nosotros”? -preguntó Kostoglótov con un rictus burlón en su semblante, sobre el que caía un mechón de pelo.

-¡Nosotros! ¡Nuestra generación!

-¿Por qué, entonces, han aceptado como artículo de fe lo del origen social? Eso no es marxismo, sino racismo.

-¿Oyen lo que dice? -Rusánov casi rugió de dolor.

-Sí, y lo repito -añadió, tajante, Kostoglótov.

-¿Le oyen? ¿le oyen? -Rusánov se tambaleó levemente y, con un movimiento de brazos que abarcó toda la sala, requirió la atención de todos los presentes-. ¡Reclamo testigos! ¡Reclamo testigos! ¡Esto es un sabotaje ideológico!

En el Siglo XXI, uno de los grandes males (y que, en el futuro, se agravará más) es el de la soledad. La inmensa nube de abstracción tecnológica y redes sociales (mal utilizadas, pues el problema no es la herramienta como tal) es un síntoma, a la vez que una consecuencia, de que la soledad está siendo maquillada y no tratada; sobre todo en los jóvenes y en los nativos tecnológicos. En estas circunstancias, es natural pensar que las personas que abarcan edades entre los quince y los treinta años sientan más necesidad de pertenecer a un colectivo, de sentirse identificados con lo que sea. He aquí cuando se da el clima perfecto para que, como si fuera una amalgama de los cuatro “Ídolos” de los que habló Bacon (el del teatro, el de la caverna, el de la plaza  y el de la tribu), surjan personajes que, utilizando las “herramientas” de éstos (carisma, palabras, humo, alegoría a la colectividad) en defensa de intereses personales (y, posiblemente, asquerosamente monetarios), refuercen ideologías, de derecha o de izquierda, que son alimentadas por la debilidad y por el poco conocimiento del sistema (o antisistema) con el que los acólitos dicen simpatizar, mas no conocen de manera positivista, de manera teórica o de manera empírica. Allí es donde surge Democracia Nacional (derecha), allí es donde surge Podemos (izquierda), allí es donde surge Syriza (izquierda), allí es donde surge el Partido de la libertad de Austria (derecha).

La política es imperfecta (el ser humano lo es, y éste es el único ser político, con el perdón de Esopo), es el constante elegir del mal menor. Lo ideal es tener la suficiente madurez, energía y conocimiento para reducir, cada vez más, el terreno sobre el que pueda residir ese mal. Mientras tanto, lo más sensato es que la confrontación sea en terrenos que eleven y no que destruyan. Que las urnas sean electorales y no luctuosas. Que la lucha sea en los libros, en el arte y en la tolerancia entre los individuos. Pues, como dijo Gombrich, un estudiante puede relatar una magnífica exposición de por qué el fascismo es malo pero, a la hora del recreo, se burla y humilla a un compañero por el hecho de ser diferente.

Tomás Marín

 

 

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