Cinco obras de teatro que deben ser leídas (IV)

“La ratonera”, de Agatha Christie.

En una restaurada y vetusta mansión de herencia, el joven matrimonio Ralston inicia un negocio de hostelería. Una serie de particulares visitantes se alojará durante la helada noche en medio de la cual quedan aislados por la espesa nieve. Lo que parece ser una simple diatriba entre personalidades dispares y contradictorias, se obscurece al momento en el que el detective Trotter, un misterioso personaje, arriba con el fin de anunciar un peligro inminente que se cierne sobre los habitantes del recinto. Ésta es la pieza teatral más importante en el repertorio de Agatha Christie (siendo una de las más representadas de la historia). Como hecho curioso, la autora cedió los derechos de la misma a su nieto Mathew Prichard a modo de regalo de cumpleaños, haciéndolo millonario.

 

“¡Adiós a la bohemia!”, de Pío Baroja.

Un café de ambiente melancólico, una Madrid templada. Un grupo de artistas, en segundo plano, como si fuesen parte de la atmósfera, discuten acerca de los grandes maestros y de su influencia. Ramón y Trini se han citado con amargura. Ambos, con cadáveres insepultos de sueños sobre sus hombros, conversan acerca de los días en los que soñaban y sonreían. Ella era modelo; él, pintor. Por su taller desfiló una serie de personajes que ha perdido su brillo (e incluso, la vida). Esta pieza es un homenaje al fracaso, quizás inspiración para “Historia de una escalera”, la obra capital que, décadas después, escribiría Antonio Buero Vallejo. El argumento fue adaptado a ópera (con el permiso y colaboración del autor) por el compositor Pablo Sorozábal.

 

“Arlequín, mancebo de botica”, de Pío Baroja.

Definida, según el propio Baroja, como un Sainete. Este texto, adobado con un sinfín de ingeniosos juegos de palabras y elementos propios de la Comedia del Arte, muestra los periplos de Arlequín, un simpático aprendiz de boticario que, con buenas dosis de picaresca, va ahuyentando, uno por uno, a los pretendientes de la coqueta Colombina, hija de su jefe. Cada uno de los personajes, hábilmente diseñados, posee rasgos humorísticos que van de la mano con su oficio, sus intenciones o su manera de ver el mundo. Un fortunio, a manera de giro argumental, cambia radicalmente las relaciones entre los partícipes, dando un tono, así, de crítica a una sociedad guiada por los senderos de las apariencias y los prejuicios.

 

“El pelícano”, de August Strindberg.

Una obra metafórica, simbolista, angustiante. Una familia destrozada, solitaria, abatida y cuestionadora; quizá inspiración para uno que otro personaje futuro en la literatura Sartriana. Dos hijos débiles cuyos pensamientos oscilan entre el respeto y la aversión que sienten hacia una madre que, tras su maldad y egoísmo, esconde un ser totalmente vulnerable y neurótico. La búsqueda espiritual, estimulada por la reciente muerte del padre, del “Pelícano”, personaje referencial que representa el sacrificio total en beneficio de los seres queridos. Un final poético que, como un símil del más radical desprendimiento, invoca una renuncia integral con todas las características de una catarsis.

 

“Un oso”, de Anton Chéjov.

Comedia corta y doméstica que representa la visita que recibe una viuda por parte de un tosco hombre que viene, con toda falta de respeto y educación, a reclamar una deuda pendiente con su difunto marido. Los diálogos rápidos y frescos, rúbrica del autor ruso, proporcionan una paleta humorística que, con calidez, hacen higa de los lutos y las solemnidades. El pragmatismo de la vida y la actitud ante la pérdida se hacen dos protagonistas más que juegan y adornan el conjunto de enredos tejidos, de una manera casi accidentada, por personajes inolvidables arrastrados por la intuición.

 

Tomás Marín

Comunicador Social/Periodista Internacional

Residente en Madrid

(En busca de nuevas ofertas laborales)

tomasmarind@hotmail.com

 

 

 

 

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