El Nihilismo explicado a los niños por el gato Bizcocho

Hola, amiguitillos, bienvenidos a una nueva cita en esta decepción aberrante y sin sentido llamada “vida”. Soy el gato Bizcocho (Me llamo así porque me gustan los bizcochos; si crees que es por alguna razón física, me molestaré mucho contigo y, cuando estés durmiendo, clavaré mis garritas, con todas mis fuerzas, dentro de tus insolentes ojos). Hoy trataré (aunque no creo que lo logre, pues ustedes son unos pusilánimes y egoístas infantes cuyo corto entendimiento no es capaz de trascender más allá de los juegos y de los dulces) de explicarles una palabra que, a lo mejor, les resultará muy extraña: “Nihilismo”.

Ha existido una gran cantidad de filósofos y autores que han dedicado sus escritos a estudiar y vivir el Nihilismo, muchos de ellos terminaron sus días asolados por depresiones terribles, locuras atormentadoras, obscuras y profundas que desembocaron suicidios espantosos un poco malitos de la cabeza, con un par de tornillitos fuera de lugar. Pero no os preocupéis (¿por qué hablo a manera de “vosotros”, si soy venezolano?), que, en nuestro viaje a través de los umbrales de la demencia, de la devastación psicológica y del pesimismo total este interesante mundo, descubriremos que, como decía Schopenhauer, la existencia no es más que un cruel chiste sin pies o cabeza cosas fascinantes. ¿Listos?, ¡Aquí vamos! ¡Miau!

¿Qué mejor manera de explicar el Nihilismo que mediante un ejemplo? Imaginen tres cosas que los hagan felices, aprovechen mientras puedan, porque, cuando sean mayores, no encontrarán la felicidad ni a patadas que los hagan sonreír. Les daré unos segundos mientras voy a servirme un trago para que se lo piensen bien. ¡Se acabó el tiempo, mis queridos pillines! ¡Qué casualidad!, eso es lo mismo que dice la Parca a los enfermos terminales y a los ancianos! ¿Qué tienen por allá?, Dulce de membrillo, San Nicolás y tu perrito. ¡Perfecto, mis queridos compañeritos! Vamos a analizar cada una de estas cosas que ustedes, en un engaño de autoconsuelo, creen que los hacen felices.

Dulce de membrillo: ¡Qué rico es degustar un buen dulce de membrillo!, ¿verdad? el almíbar dando su rico y azucarado sabor, un auténtico placer. Ahora bien, deben saber que el placer es para algunos pocos (mucha gente morirá sin haber probado dulce membrillo, aún cuando hubiesen querido) y, además, es temporal. La “alegría” que te provoca consumir el dulce hará que, al tenerlo ausente, se produzca una asociación del mismo con un estado de armonía que dista mucho de cuando comes brócoli o te pegan. ¡Pero no te preocupes!, cuando crezcas, ya no habrá más dulce de membrillo, habrá cocaína, sexo (aunque éste es bueno), heroína y LSD.

San Nicolás: No existe, lo más parecido que encontrarás, físicamente, es Carlos Marx y Mario Silva.

Tu perrito: Envejecerá y morirá, eventualmente, ahondando un vacío en tu vida que se repetirá a través de tus abuelos, tus padres o algunos de tus amigos que, afectados por el demonio de la vejez y de los achaques, fenecerán solitarios anhelando la feliz época en la que un gato trataba de explicar que los cuentos de hadas son estúpidos e irreales y que el “…y vivieron felices para siempre” dura lo mismo que un parpadeo que se ve empañado por inseguridades enfermizas que, ensombrecidas por una sociedad falócrata, son capaces de mermar todas las ilusiones habidas y por haber. Pero no se espanten, no todo es tan negro al menos que estés en Mozambique y hay una solución: ¡morir ustedes primero!

Pero se ha terminado la sesión, amiguitos. No estén tristes, que aún lo malo no ha llegado. Espero haberme muerto pronto verlos en una próxima oportunidad. ¡Miau!

T.M.

 

 

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