Trump eres tú

A Estados Unidos le ha salido su propio Chávez, su propio Pablo Iglesias, su propio Hirohito. Un populista peligroso, infantil y terco que ha utilizado la ya tradicional fórmula para el éxito cuantitativo en la política: encauzar la rabia esparcida en la nación. Donald Trump ha dado una bofetada dolorosa a todos quienes lo subestimaron. Su victoria, y el consecuente futuro de la misma (más incierto que necesariamente negro), ha dado una áspera lección a todas las personas que sólo creen en el monofacético, lindo e hipersimplificado activismo del sofá, de los memes y de las redes sociales. Existe un mundo muy amplio más allá del 2.0.

Al momento de conocerse la victoria del partido republicano, muchos de los adversarios al magnate neoyorquino corrieron a buscar (o teclear) chivos expiatorios; los “rednecks”, los misóginos, los ignorantes, los homófobos, la alienación, la mediatización, la derecha. Afirmar que casi sesenta millones de ciudadanos “inferiores y oscurantistas” están encasillados en estas características, es hacer un diagnóstico irresponsable acerca de un problema mucho más grande de lo que se cree. Es evidente que existe gente (mucha gente) con estos calificativos dentro del bando vencedor; sin embargo, el fenómeno Trump es la cosecha de una serie de acciones que casi todos hemos cultivado sin saber.

Todos hemos discriminado y sido discriminados alguna vez. Recuerdo que, en el colegio, muchos de mis compañeros (y algunos representantes y profesores) me apartaban, me insultaban, me temían y me estigmatizaban por el hecho de que mi padre había votado, en las elecciones de 1998, por Hugo Chávez. “No te acerques a Marín, que su familia es chavista”. Mi respuesta, naturalmente, fue aferrarme y “entender” más a ese “héroe” de los desprotegidos, de los desadaptados y de los freaks. Mi resentimiento era mayor que mi capacidad de asimilar que Venezuela se enrumbaba hacia el absolutismo socialista, porque yo era impulsivo e inmaduro. Es lo mismo que sucede con el pueblo norteamericano que eligió a Trump, es impulsivo e inmaduro gracias a que, en los últimos años (o quizás nunca en su historia, con excepciones), no ha padecido realmente una crisis de profundidad que temple su juicio ante un demagogo consentido (e, irónicamente, sin mucho sentido).

La línea discursiva de campaña del recién presidente electo tuvo como punto de mayor fortaleza las radicales medidas a tomar respecto a política exterior. La decimonónica idea de amurallar la frontera sur del país para evitar los flujos migratorios ilegales, o el inquisidor fortalecimiento de los sistemas de control con respecto a los musulmanes, son distopías que ya sonaban y que fueron recogidas y amplificadas. Trump se convirtió en portavoz de muchos que, pensando cuestiones parecidas, no se atrevían a decirlas por lo sensible de su implicación. Muchos mexicanos (y latinoamericanos en general), incluso los que viven en Estados Unidos, no tuvieron freno jamás para referirse despectivamente a sus vecinos del norte. Términos peyorativos como “gringo”, expresiones como “los tenemos comiendo comida latina”, mafias (que no podemos negar su existencia), entre otras, fueron ráfagas de aire que avivaron un hartazgo que fue materializado en las urnas y que, al devolver el insulto, provocó una ola de indignación y victimismo.

Trump no es la causa, Trump es la consecuencia de mucho estirar la liga y de hacer parte en un lamentable círculo vicioso de compasión/desprecio que, como un paraje desolador, no tiene un final visible. Esperemos que la diplomacia mundial sea capaz de contener el “derrame” en caso de que este “loco” pierda los estribos. Que haya paz y que Dios, si existe, bendiga a América.

T.M.

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