Verónica (Parte I)

Juro que jamás he visto a un segundero moverse tan lentamente. Los alumnos de la sección “D” de cuarto grado contienen su emoción en medio del silencio obligatorio y del viernes vahoso. Se aproxima la hora de salida, la libertad condicional del merecido fin de semana se hace esperar, como es tradición. Una mariposa negra atraviesa transversalmente el lugar; entra por una ventana y sale por otra sin pena ni gloria, con su vuelo de garabato. La maestra explica, con el último cachito de tiza y con el caletre de quien odia su trabajo, un mapa mental con los pros y los contras de una tal familia Welser. El timbre interrumpe la insoportable disertación, es un bálsamo que alegra los oídos y el espíritu de los estudiantes. Los cierres metálicos de las cartucheras y de los morrales se superponen, como fusas en un pentagrama. Al igual que en un perfecto simulacro de incendio, el salón queda vacío en tiempo récord.

Aguardo a tu hermano en el estacionamiento de campo abierto, hoy acordamos ir a tu casa y hacer, de una vez por todas, la maldita maqueta sobre las placas tectónicas para la clase de ciencias naturales. Cargo con la bolsa negra y liviana que contiene las tablas de anime, los frasquitos de témpera, el bote de pega Elefante y los pinceles de distintos grosores. Llega sereno y masticando, me ofrece la mitad de una dona con glasé agrietado de chocolate que sobresale, con timidez, de un papel marrón con manchas de aceite. Al yo rechazar el obsequio, él trata, sin éxito, de encestarlo en un basurero a media distancia. Su indolencia y mi indiferencia hacen que nadie vaya a recogerlo, ahí se pudrirá hasta el lunes, las hormigas tendrán un buen festín. Un Mazda 6 plateado se detiene frente a nosotros, abre la maleta, metemos los bultos y los útiles para el proyecto, abordamos.

Nos desplazamos a través de la Francisco Fajardo, el asfalto parece brillar; Caracas tiene oxígeno, respira, aún no es tan lúgubre. Tu madre hace sonar su pulsera de piedritas encadenadas cada vez que gira el volante. Inhalo la fragancia de goma y plástico típica del carro recién comprado en agencia, la saboreo, la disfruto. Mi suéter me protege del soplo silencioso y polar del aire acondicionado, que, en nuestra cúpula viajera y hermética, es un paraíso que se burla del calor exterior. En la radio suena la voz familiar de Chataing, funge como invitado en un programa vespertino y hace un chiste espontáneo sobre la laparoscopia. El motor corre como la seda, sin ruidos, sin quejidos, sin achaques.

Con diplomacia de obligación, saludo a tu señora de servicio, quien, vistiendo un uniforme rosa con algunas hebras deshilachadas y una malla en la cabeza, está concentrada en las hornillas. No sé en qué momento me he quedado solo en un hogar que recién acabo de conocer.  Me siento en la silla de madera negra barnizada de tu comedor, que hace juego con el resto de la mesa. Me vibran las tripas, trato de acallarlas con la caricia inútil y ansiosa del hambriento. Juego con los cubiertos, el tenedor se me escapa de los dedos, cae, rebota con vehemencia, inspecciono que no haya dejado marca sobre la superficie lisa; lo regreso, junto con su compañero, a su posición original, lo dejo quieto.

Bajas las escaleras, tus pisadas son silenciosas e ingrávidas. Me asaltas de sorpresa, por la retaguardia. Agitas mis hombros sin darte cuenta de mi susto y tu voz canalla retumba en mi vida por primera vez: “¿y este muchachón quién es?, ¡nunca te había visto en esta casa!”. Me enamoro de ti desde el primer instante, los nervios bailan breakdance en mi pecho, se esfuman, violentamente, mis ganas de comer. “Soy Tomás”, digo sorprendido por no haber balbuceado a pesar del shock. “Soy Verónica, la hermana de Hernán”. “Sí, lo supuse”. Te volteas para ir a la cocina, cierro los ojos, arrugo el rostro, me lamento de haber dado una respuesta tan imbécil; los abro y, observándote de espaldas, trato de memorizar tu fisionomía, tu uniforme beige del Mater, la cinta blanca que llevas en el pelo, tus medias altas sin zapatos.

Vuelves con un plato en la mano, te colocas frente a mí. Me miras con un matiz entre la curiosidad, la complicidad y la malicia. Me sonríes adrede, sabiendo que haces efecto; me sonrojo a la par que mi frente traicionera comienza a brillar. Lo notas, te enorgulleces de tu estocada y comienzas a almorzar. Engulles sin perder tiempo, como si estuvieses apurada. Un espagueti colgante es absorbido por tu boca empinada, parece una larguirucha lombriz que busca guarida en un refugio vertical. Desenfundas, desde el bolsillo de tu falda, tu Baby Nokia; lo pones sin cuidado (sabes lo resistentes que son) a pocos centímetros de ti. El aparato emite una notificación bitonal reafirmada por el encendido de leds ubicados a los laterales de la pantalla verde. Lo acercas con rapidez hacia tu cara, como ocultando, torpemente, la evidencia de un crimen peligroso. Exhalas un suspiro de romance adolescente y besas el teléfono. Me topo, por primera vez, con eso de los celos; me oxidan las arterias, me corroen la sangre. He muerto y renacido en un instante. Ya no me importa pasar el Templo del Fuego, ya no me importa que Mario se adueñe de las 120 estrellas del castillo, ya no me importan las capas estúpidas de la superficie terrestre ni su representación en poliestireno. Soy otro, y es horrible ser otro de manera tan repentina.

 

T.M.

 

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