Diosdado se va a morir

Los eslabones oxidados del columpio chirrían, como adoloridos, al vaivén de tu balanceo. Un letrerito verde, con las letras casi deshechas por la humedad y por los años, advierte, en tono de regaño inofensivo, que la instalación recreativa (de la que queda este mamotreto ruinoso y lamentable) es para niños de hasta diez años; tú ya tienes 23. Un tornillo opaco gira sobre su eje y amenaza con rendirse, con suicidarse y hacerte caer. La colilla de mi cigarro se apaga instantáneamente al hundirse en la grama empapada por la lluvia de anoche. El sol va, poco a poco, clareando el cielo fresco de Caurimare. Te ofrezco el fondito sobreviviente del Santa Teresa que, a pico, nos hemos bebido a lo largo de la madrugada; lo rechazas, me lo trago de un sorbo, guapeando. Un Yaris, repleto de trasnochados, baja por la curva, sus tripulantes cantan y gritan, cervezas en mano, una canción de Caramelos de Cianuro que brota de las cornetas; Asier aún pide disculpas a Verónica y reconoce que ella tiene derecho a mucho más que sexo.

Una doña, con el cabello canoso repleto de cilindros de plástico, pasea a un Schnauzer prepotente y de ladridos insoportables. Un olorcito a café recién colado se escapa a través de unas persianas y arriba a mi nariz. Te quedas quieta, tus dedos aprietan las viejas cadenas; pareces una niña de primaria que, a falta de amigas, ve pasar, en soledad, los minutos del recreo. El parabrisas de mi carro suda, está empañado; como en apariciones, apreciables desde cierta perspectiva, se distinguen los viejos dibujos de penes que, hace meses, hicieron en él, con sus dedos, los inmaduros de mis mejores amigos. Con mi palma abierta trato de quitar el agua. Debo correr a mi casa, terminar de hacer las maletas, descansar un poco y dirigirme hacia Maiquetía, hoy es mi vuelo a Madrid.

«Bueno, ahora sí me tengo que ir», digo mientras intento sacar las llaves de mi bolsillo. Siempre he tenido pánico a las despedidas, a decidir en qué momento escribir esos epílogos incómodos que cierran, abruptamente, tantas y tantas páginas de vivencias, de besos, de peleas, de reconciliaciones, de borracheras compartidas y de recuerdos bonitos. Me abrazas, lloras y comienzas a temblar. «¿Por qué esto, Tomás?, ¿por qué esto?, ¿por qué he tenido que despedir a tres amigos en dos semanas?, ¿cuándo seremos normales otra vez, como cuando éramos chamos, marico?, ¿cuándo se van a ir estos malditos?, ¿cuándo se va a morir Diosdado Cabello?, ¿cuándo llegará la justicia en esta puta mierda?». Me despego de tus tenazas tristes. Como en el clímax de una película cursi y mala, estrello mi frente contra la tuya. «Todo esto va a pasar, te lo juro. Si algo he aprendido de leer libros y libros sobre Heráclito es a saber que esto va a pasar. Diosdado se va a morir y, cuando se muera, vendremos a tomar ron a este mismo parque, te lo juro». «Cuídate mucho en Madrid, no hagas locuras».

Tu figura, de pie en medio de la calle, se vuelve más y más pequeñita dentro del retrovisor. Desapareces, aunque la vida sigue ahí, ofreciendo caminos nuevos a los que tenemos, aún, la fortuna de respirar. ¿Cómo no amar a Caracas, si me ha acercado a gente como tú?, ¿cómo no odiar a Caracas, si me ha alejado a gente como tú?. Me conoces bien, sabes que soy pesimista y que mis esperanzas perecieron hace tiempo. Pero te dejo el consuelo de que la misma muerte, que ama tanto a esta ciudad, es implacable con todos; y cada segundo que pasa es un paso más que Diosdado da hacia la tumba.

 

T.M.

 

 

 

 

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Un comentario en “Diosdado se va a morir

  1. Sin lugar a duda uno de tus mejores textos, Tomás. Nos trasladas a Caracas, a una Caracas que persiste en tu mente y que muchos recordamos. Sé que te lo he dicho en un texto anterior, pero tienes que tener mucho cuidado, no vaya a ser que sólo por el título te avise de “terrorismo literario” eres un gran escritor, sigue así.

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