El loco Batuta

Enrique se baja de un Impala brillante que, con vidrios polarizados, se estaciona, parsimonioso, en medio del patio norte del Colegio San Ignacio. Carga un bulto negro, de los Power Rangers, que da la impresión de ser más grande que él. Se acerca a la ventana del piloto y, con un beso en cada mejilla, se despide de su padre. El vehículo arranca, como en un estado de apuro y de lucha contra el retraso. Enrique lo sigue con la mirada, como una víctima del pánico que, irónicamente, ve escapar su único medio de huida. Nota, al caminar, una trenza desamarrada; torpemente la amontona dentro de la bota Timberland. Prosigue su trayecto. Se aferra, con sus pulgares, a las agarraderas del morral.

«Quiero que le den la bienvenida a su compañero nuevo, Enrique», dice Liliana, maestra obesa y malencarada, invitando al muchacho a levantarse y a presentarse. Enrique está rojo, no sabe hacia donde mirar. Intenta, sin éxito, entrelazar los dedos frente a su pecho. El salón, curioso, guarda silencio y apunta, con todos sus ojos, al recién llegado. Luis, con su camisa por fuera y con su cabello de indígena, arroja la primera piedra: «¡miércoles!, ¡qué flaco es!, ¡parece una batuta!». Todos rompen en carcajadas. Liliana llama la atención sin evitar una sonrisa cómplice al comentario. «¿Qué es una batuta?», pregunta, ingenuo, el gordo Lezama. «¡Qué imbécil eres! —le responden, gritando, desde el otro lado—. Es el palo que usan los directores de música». Enrique se mantiene mudo, estar allí es un infierno. «Hola, soy Enrique —finalmente logra articular—. Soy de los Valles del Tuy». «¿Y eso dónde es?», inquiere Lezama. «No sé». Burla general, etiqueta indeleble.

Batuta (ninguno de sus compañeros lo volvió a llamar Enrique) desayuna solo sobre una piedra blanca adyacente a la efigie calcárea de la virgen. Bebe de un termo cuya tapa de plástico se puede utilizar como taza. Le despoja a un sándwich su vestimenta de aluminio y, antes de comerlo, lo observa, fijamente, durante algunos minutos. No presta importancia a los niños de su alrededor que, a balonazos, juegan a ser el Real Madrid y el Barcelona. Es meticuloso en armar y desarmar los elementos de su lonchera.

Mónica, la psicopedagoga cuarentona, de pelo cobrizo y lentes de pasta gruesa, irrumpe en el aula con saludo y simpatía de protocolo, solicita a Batuta, le tiende la mano con compasión infinita, de ésas que hacen ósmosis en la capa profesional. Ambos salen, uno al lado del otro, mientras aparecen, progresivamente, los juicios y los cuchicheos. «Batuta tiene que estar mal de la cabeza —alega Luis—. Ese chamo es demasiado raro». «¡Luis! —salta Liliana—. No digas esas cosas, vamos a continuar con la clase».

Veo a tu mamá llorar, Batuta, una mañana en la que, buscando unas circulares (cumpliendo mi función de delegado semanal), paso frente a la puerta entreabierta de la oficina de Mónica. Percibo que algo anda mal, que una pieza no encaja y que nadie se ha dado cuenta. Mónica, con su mano de uñas largas, hace señas para que me vaya, para que respete la intimidad de un conflicto que no logro entender aún. Prefiero no pensar en eso y me distraigo contando las hojas que, haciendo llamado a los representantes, invitan a una reunión con motivo de los patrulleros escolares.

Estoy tomándome, sentado en la redoma pequeña, un Toddy envasado en un mini tetra-brick que trae adherido un pitillo flexible. Te me acercas y me preguntas si puedes comer junto a mí. Mi gesto te invita a tomar asiento. Abres la lonchera, que sólo trae una rebanada, envuelta en plástico fino, de queso Facilistas; lo picas, te lo comes. Hablamos por primera vez. Me explicas lo que es la palabra “esquizofrenia”, me confiesas que sufrir de eso ha colocado muchos obstáculos y sufrimientos en tu vida. No hallo consuelo para darte, ignoro las bases y consecuencias de lo que padeces. Aún así, nos hacemos amigos.

Voy a conocer tu hogar, un apartamento ubicado en un edificio de Parque Central. Jugamos Nintendo, nos intercambiamos el control para ayudar a una bolita rosada que va comiéndose a los enemigos y combinando poderes. Agarras un balón Tamanaco de fútbol que ya no aguanta más suciedad y comienza a soltar costuras. Me dices para ir a jugar fútbol a la calle. Bajamos por el ascensor que, con el espejo repleto de cartas correspondientes a la asociación de vecinos, va dando tumbos hasta llegar a la planta baja. A veces tú eres el portero, a veces yo lo soy; sudamos, nos manchamos de tierra. Descansamos comiendo dos helados Semáforo que hemos comprado a un haitiano que pasaba por allí sonando campanillas.

“El loco Batuta”, te llama todo el mundo. Te rodean en espirales para burlarse de ti. Mi cobardía sobrepasa mis ganas de defenderte, no me atrevo a poner mi mejilla a tu favor; así me resigné a que nunca llegaría a hacer algo importante con mi vida, a que mi indolencia me hará morir como un infeliz fracasado. Nunca respondes la ofensa, Batuta, la herida de los niños malos no te causa dolor ni ira evidente. A los empujones que te hacen caer al suelo los recibes como algo merecido.

Tus padres se enteran, forman un escándalo en los pasillos de tercer grado que, décadas después, la gente aún comenta. El personal docente está en shock, no está programado para que la gente le estrelle verdades a la cara. Los alumnos (mira qué bravos son ahora) están aterrados. Una secretaria amenaza con llamar a la policía. Es la última vez que te veo vestido de estudiante. Cuando las aguas retoman un curso más calmado, tu papá te carga hacia el carro, te mete por la misma puerta donde, meses atrás te vi salir por primera vez. Irónicamente, comienza a llover.

Me reconoces en Madrid, Batuta, después de casi quince años, caminando frente al Museo de Ciencias Naturales. Damos una caminata que nada arrastra, una caminata de dos seres tímidos. Pasamos por Matadero, nos distraemos con una exposición de artesanía internacional. Me invitas a una copa de vino, que acepto. Buscamos algún bar cerca de la Latina. “La Cabra en el Tejado”, entramos. La copa de vino se convierte en dos botellas que nos embriagan en una tertulia larga. Me atiborras a cuentos negros sobre tu vida, a sucesos que helarían hasta a Agatha Christie. Los fines de semana, el doctor, comprobado por un parte médico que me muestras, te deja salir. En teoría no puedes ingerir alcohol, pero la vida es muy corta, Batuta; sobre todo cuando tus ojos drenan y descargas tu rabia con un golpe a la barra que hace dar un sobresalto a la mesera.

El mundo es muy loco, Batuta, tú pareces el único cuerdo.

T.M.

 

 

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