A la virgen no le importas

Manejas mientras alzas las manos y cantas el coro de “Amnesia invocada”: “esta vez, yo no me voy a ahogar, esta vez, tú no vas a ganar”. Corina, una de tus mejores amigas, te acompaña con su voz desde el asiento de copiloto. El tablero huele a body splash de melocotón y a crema hidratante. La reunión estuvo agradable y amena; lo de siempre, bailar un poco, comentar las ganas de irse, mezclar bebidas, jugar un par de partidas de papelito y despedirse. El Cafetal, de madrugada, es una maraña de calles vacías con pocos vehículos y ningún peatón. Las indicaciones se contradicen, los semáforos iluminan en distintos idiomas.

-¿Por dónde es que se sale de esta mierda?

-Marica, da la vuelta en “u”, tienes que agarrar para el otro lado.

Con la capacidad de calcular distancias alterada por el alcohol y con el miedo a ser víctima, a esa hora, del hampa acechante, haces un giro tonto e ilegal que, además, viola la orden de poca autoridad que da la luz roja. Un motorizado, veloz, flaco, negro y temerario, viene en sentido contrario. Corina lo advierte y trata de alertarte, pero la acción ocurre más rápido que sus palabras previsoras. El impacto es del lado derecho del capó y éste queda destrozado en un instante. El motorizado vuela por los aires, hace piruetas involuntarias y cae, boca abajo, al asfalto, donde, al igual que el carro, queda inmóvil.

El shock dura segundos que parecen horas, que parecen siglos. Corina se lleva las manos a la boca y rompe a llorar, tiene taquicardia, no puede tragar saliva. No sueltas el volante, no parpadeas, miras hacia el frente sin un punto fijo, como en un estado de catatonia. Corina agarra el teléfono, no sabe a quién marcar, tiene las manos heladas. Se acercan los primeros curiosos, se aproxima una patrulla de PoliBaruta. Uno de los oficiales se acerca al motorizado inconsciente y llama a los paramédicos aunque, por su mirada de escepticismo y de compasión, no cree que se pueda hacer mucho más.

Te trasladan a una comisaría de Caurimare; ya casi amanece y todo es un sinfín de papeles y datos. Tu madre, nerviosa, no te suelta la mano. Tu padre está reunido con el abogado y con el secretario, se habla de homicidio culposo con el agravante de conducir ebria; no hace falta alcoholímetro, el aliento a Cacique te delata. Ya a Corina la han ido a buscar. Lo único que anhelas es enredarte entre tus sábanas, estar bajo tu techo, abrazar a tu conejo de peluche, dormir, despertar, ir a la cocina, desayunar una arepa de perico con un buen vaso de Toddy y escuchar, como fondo, la narración del Sevilla – Madrid que tu hermano estaría viendo en el televisor de la sala.

Un sargento, de papada descomunal, camina por el vestíbulo, hace de vocero, lleva una hoja firmada, sellada y notariada. La familia del occiso no está dispuesta a capitular, quiere ver tu sangre y sueña maquillar su miseria con tus monedas; en el fondo, ellos se sienten afortunados con lo que ha sucedido. El proceso irá a los tribunales, esa palabra tan ajena que hoy es palpable. No hay tiempo definido para el juicio que determinará la sentencia. Tu libertad estará condicionada. Tu madre palidece. Tu padre pasea su mano, una y otra vez, sobre su calva. El abogado, al caletre de protocolo, te promete que saldrás de ésta.

No hay compañeros ni amigos sentados en las tribunas de la corte. Dos uniformados, metralletas en mano, escoltan el lugar; uno de ellos te mira con lascivia animal, te violaría ahí mismo si tuviese la oportunidad. Los rosarios de tu tía son inútiles (siempre lo han sido), a la virgen no le importas, ella estará tranquila siempre que tenga su trono, sus vestidos y sus ofrendas. Desde el banquillo acusador, te lanzan miradas de odio, sonrisas de sadismo, de resentimiento. El veredicto se da rápido, tu abogado cierra los ojos y se encoge de hombros, como en una disculpa pesarosa. Al otro lado, una mujer mofletuda, con licras estampadas con figuras de flores, se echa aires victoriosos con su visera de “Barrio nuevo, barrio tricolor”. Te aplastaron, te aplastaste.

Estás desnuda en una celda de prevención, tratas de cubrirte con tus brazos pero te obligan a pararte derecha. Una guardia te catea una y otra vez, tienes ganas de vomitar de desmayarte. Te acercan un uniforme rosado, te dan un minuto para ponértelo, se te resbala de las manos, lo recoges, te lo colocas. Te acercan unos zapatos blancos, estériles, como de enfermero; un proceso similar. “A la jaula”, ordena una voz. Dos palmadas, te pones en marcha.

Las reclusas, como sabuesos, olfatean tu terror, te acarician, te interrogan, te empujan, te rodean. Una gorda canosa, con una cicatriz en la nariz, pide que te dejen en paz; con cierto respeto, le dicen que no interfiera. Nadie quiere ser aguafiestas y, hoy, te toca ser la piñata. Una guardia interfiere, detiene al abuso y manda a reagrupar: “en filas, uno, dos, tres, uno, dos, tres”. “Espera que te agarremos sola, sifrinita”, grita una valiente con ojos apagados y cola de caballo, el resto de la manada celebra y se endosa la amenaza. Volteas hacia todos lados, se murió la intimidad, se murió la paz.

Te bautizan como bautizan a las “hijitas de papá” en el Instituto de Orientación Femenina; un bautizo a lo “pirata”. Entre tres te sujetan los brazos, una te tapa la boca, otra, con un punzón, te explota el ojo derecho. Una muchacha flaca se compadece: “no, no, tampoco así, ella no ha hecho nada”. Te dejan sola en el suelo, de rodillas, con el 50% de tu vista a partir de ahora. La flaca saca un pañuelo percudido, limpia sangre y materia viscosa de tu cara. “Vamos a enfermería. ¡Coño de sus madres!. ¿Qué te hicieron estas malditas perras?. El coño de sus putas madres”.

Te asomas, con un parche improvisado, por la ventana de la enfermería. Suenan, a lo lejos, las campanas de una catedral: ton, ton, ton, ton. ¡Qué verde es Los Teques!, ¡qué negro se hace un corazón cuando es llevado al extremo!. Tu pelo está enredado, no te importa; en 24 años, por primera vez no te importa. Hay que sobrevivir a cómo dé lugar; tu burbuja, al igual que tu ojo, está reventada. La incertidumbre te envuelve. Quizás todo sea mejor mañana, pero esta noche, tú no vas a ganar.

 

T.M.

 

 

 

 

 

 

 

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