La diáspora sin azúcar, por favor

En los últimos años, la diáspora venezolana se ha convertido en la lágrima fácil, en el tema tautológico que todos, incluso el que redacta este artículo, hemos explotado alguna vez, ya sea escribiendo un poema, componiendo una crónica o diseñando una torta. Se dibuja y se desdibuja en una perenne lamentación que, con palabras y palabras, cae, repetidas veces, en lo cursi, sin dejar suturar la llaga de las despedidas (si no lo creen, pregúntenle a Desorden Público o a los redactores de ProDavinci (aunque “Los que se quedan, los que se van” es una canción excelente)). Es por esto que el equipo de redacción de La Cantárida (que somos una botella vacía de aceite de oliva y yo) se ha propuesto, como broche de oro, hacer el artículo definitivo sobre la emigración, sin recurrir a lugares comunes o metáforas que jueguen con los sentimentalismos.

Primero que todo, es necesario hablar sobre las acepciones de la emigración. ¿Qué es emigrar?, es un concepto que varía con respecto a quien lo ejecuta directamente o a quien afronta las consecuencias colaterales al ver cómo un amigo/familiar toma un avión/carro/tren/canoa/caballo/túnel/nave espacial para intentar la búsqueda de mayores estabilidades integrales, económicas, políticas y/o sociales. Emigrar puede abarcar desde un desprendimiento total, casi budista, hasta una foto tonta en el piso de Cruz-Diez acompañada por los hashtags #LlevoTuLuzYTuAromaEnMiPiel #VenezuelaElMejorPaísDelMundo #DenmeLikes. Objetiva y simplemente, emigrar es irte de tu país. Ojo, no es cuando te colocas un traje de baño, unos lentes obscuros y un sombrero, te vas a Aruba y dices: “bueno, señores, me voy del país, feliz fin de semana a todos, nos vemos el lunes”. No. Emigrar es irte permanentemente de tu país, sin el deseo, al menos a corto o mediano plazo, de regresar.

Hay emigrantes que tienen la fortuna de contar con gente que los espera en el lugar de destino: familiares, amigos, amigos de familiares, conocidos, conocidos de amigos, amigos de conocidos, familiares de amigos, familiares de conocidos, amigos de conocidos de familiares; se entiende, ¿no?. A los menos afortunados los espera la policía migratoria, pero eso es tema para otro artículo. Hay gente, sin embargo, que se va y arriba sola, teniendo que comenzar desde cero, literalmente desde cero. Tiene que buscar nuevos estudios, nuevo trabajo, nuevos amigos; en fin, recurrir a una vida nueva. Pero no al estilo de Mario Bros cuando se cae de la plataforma, se muere y dices: “rayos, qué mala suerte, tengo que recurrir a una vida nueva, sólo me quedan tres”. No. Esto es la realidad.

Toda la odisea del emigrante comienza con el día en el que decides irte de tu país. Una buena mañana te levantas, te desperezas, te quitas las lagañas, bostezas y exclamas: “hoy amanecí como con ganas de irme del país”. Lo primero que debes hacer es concertar una cita. No una cita como cuando te sonrojabas y decías: “Hola, Cristina, la verdad es que te he visto desde hace días y me pareces una chica simpática y bonita, ¿te gustaría tener una cita conmigo?”. No. Ésta es una cita burocrática en la que, luego de implorar e implorar e implorar para que te asignen un día, deberás enfrentarte a un sinfín de papeleos, trabas, papeleos, funcionarios pedantes, papeleos, trabas, papeleos, corrupciones, afiches del “galáctico” y respuestas tipo: “lo siento, camarada, le falta un comprobante/copia/partida de nacimiento original de su tatarabuela, sellada y cotejada por Simón Bolívar”. Todo esto mientras ruegas que no te den la peor de las respuestas, la más desesperante, la más frustrante, la más vil: “señor, se nos cayó el sistema” (aunque, en realidad, “se nos cayó el sistema” es un eufemismo para decir: “somos unos malditos vagos y no nos gusta trabajar. Danos algo ahí para el café”).

Frente a tu emigración, la reacción de la gente suele variar. Hay quienes te apoyan, quienes aplauden tu decisión y la secundan. Pero hay quienes no se hallan muy a gusto, éstos se dividen en dos: los tranquilos y los radicales. Los tranquilos te argumentarán cosas como: “Pero, ¿por qué te quieres ir del país?, si éste es el mejor país del mundo, no importa que tengamos inflación, inseguridad, déficit, corrupción, odio y dictadura. Debes quedarte aquí y luchar”. Los radicales, en cambio, dispararán a herir, te espetarán algo como: “No puedo creerlo, ¡te vas del país!, eres un apátrida, un cobarde, un traidor, un maldito, ojalá te maten y te quemen; pero, antes, ¿podrías ayudarme a conseguir estas medicinas para mi mamá?, es que aquí no hay”.

El día en el que te vas, suele haber una combinación de sentimientos y nervios encontrados. Hay gente que es más relajada, ésos que se sientan en su poltrona y dicen: “uf, en dos horas me tengo que ir, déjame ver a quién llamo para que me lleve”. Otras, en cambio, actúan con más prudencia: “¡el vuelo sale en doce horas y el taxi que pedí hace tres meses no ha llegado, ¡ay!”. Vas por la Caracas – La Guaira (que no es lo mismo que ir a un Caracas – La Guaira) y te das cuenta, al llegar al aeropuerto y esperar el avión, que, realmente, las cosas que más quieres no se pueden llevar en una maleta; tal es el caso de una bazuca para disparar a los GNBs, PNBs y Polivargas que sólo quieren matraquearte.

Llegas al otro país, esperas tu maleta en una correa que funciona. Por primera vez, los cuerpos de seguridad te inspiran otra cosa que no sea risa, pánico, lástima o asco. Estás entre ilusionado y cansado, la misma sensación que sentías cuando era junio y llegaban los parciales y los finales en la universidad. Sales del aeropuerto, no ves gente “viva” ni gente muerta. (Irónicamente, el país de la “viveza” criolla es el país de la muerte). Comienza tu aventura.

Tres aspectos a tomar en cuenta cuando emigres:

1.- No te sientas en la obligación de amar a tu país:

Nacer en un país es algo fortuito, no lo decidiste; el país (o tú) no será mejor o peor por eso. Estás en tu derecho de amarlo u odiarlo, de expresarte como desees. Lo único imperdonable es que no lo conozcas o lo investigues a fondo, para argumentar lo mucho que lo idolatras o lo mucho que lo detestas.

2.-No ocultes o reniegues de dónde vienes, pero tampoco quieras imponerte.

Toma siempre en cuenta que eres un invitado (aunque tengas pasaporte, residencia, permiso, pareja, etc.) Exporta cultura, trabajo honesto, alegría; no exportes la mejor manera para saltar el torniquete del metro sin pagar. Respeta. No eres más sabroso o más insípido que nadie. Eres un invitado, no lo olvides.

3.- No imites el acento de otro país.

Ten algo de dignidad.

 

Tomás Marín

Fotografía: Tomás Marín

 

 

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Un comentario en “La diáspora sin azúcar, por favor

  1. Hola, este artículo me dejo algún tipo de sin sabor pues creo que se le fue todo en título y preámbulo y la esencia del tema “La diaspora sin azúcar” se perdió en algún punto. En cuanto a las recomendaciones en el punto 1: No se ama a un país por haber nacido en él sino porque a través de él se forma nuestra personalidad cuando vas creciendo las costumbres y tradiciones entre otras cosas nos educan y se arraigan en nuestro ser. Puede no gustarnos muchas cosas pero en el fondo lo amamos. Es como tener una madre no educada que ni sabe hablar y fea, pero igual la amamos sólo por ser la mujer que nos dio la vida y protegió desde bebés con todo su amor. Un país se ama porque ofrece todo lo que tiene para ti, Venezuela, por ejemplo, no es los políticos, ni la gente abusiva, es la tierra que da mil frutos que ofrece mil climas y paisajes y que tiene gente cálida abierta y dispuesta a dar una mano, tal como lo intenta hacer Ud. cuando redacta un tema que le genera inquietud. El punto 3 es relativo, si de lengua se trata deberíamos hablar el lenguaje del país que nos recibió como gesto de agradecimiento por habernos abierto las puertas y si de acento se trata cuando compartimos el mismo idioma, creo que hay mucha gente, entre la que me cuento, que fácilmente se nos pega la entonación al hablar. Así que no tiene nada de malo intentar hablar como lo hacen en el país donde estas. Es mi punto de vista respetando el suyo al respecto. Gracias por compartir.

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