Jalea de mango

Ruth sentía náuseas, quería llorar. El oleaje, aunque más atenuado que en días anteriores, golpeaba el casco de la nave con ferocidad malévola. Una anciana robusta, con una pañoleta manchada sobre el cabello gris, tosía con asfixia flemática. Dos niños, de chalecos rasgados y boinas negras, jugaban a deshuesar un espinazo. Se cumplían casi tres semanas en alta mar, el viaje era agotador, insoportable.

Ruth consiguió espacio en el trasatlántico gracias a un sacrificado amigo de la familia que, según sus propias palabras, tenía “contactos especiales”. En un principio, Ruth no quería partir, no consentía la idea de abandonar a su madre viuda en una Alemania ocupada por los nazis. Sus tíos, sin embargo, acabaron convenciéndola tras insistir, solemnemente, en la promesa de que ellos la cuidarían con garbo y la esconderían con inteligencia, a fin de que nada malo le ocurriese.

Zhak, amigo y vocinglero, pasó sus dedos huesudos por los cabellos amarillos de Ruth.

-Estás pálida, Ruth, ¿estás enferma?

-¿Cuánto falta para llegar, Zhak?

-Está previsto que hoy hagamos la escala. Van a recargar suministros antes de que lleguemos al nuevo país.

El Atlántico era infinito, un titán que parecía disponer de todo, como un adolescente malcriado y caprichoso. El humo de las calderas se perdía en el viento cada vez más cálido. Sudamérica, el destino, era tierra de nadie, un lugar desconocido más allá de la última Tule, una salvación milagrosa pero extraña. Apoyados en la baranda blanca y descascada, Ruth y Zhak permanecían en silencio.

El barco atracó. El encargado, repartiendo papeles sellados y notificando que se hallaban en un tal puerto de La Guaira, advirtió que no se alejaran demasiado, que retomarían el camino en pocas horas. Ruth, pasado el mareo, tenía hambre, mucha hambre; en los últimos días, sólo había comido dos pedazos de pan y uno de queso. El aire del trópico y el calor que le rozaba la cara le hacían bien. Se sentó, junto a Zhak, en una piedra húmeda con olor a salitre; veía a la gente gritar y trabajar. No comprendía nada de lo que decían, el español era un idioma ajeno.

Un muchachito moreno, con una gran cesta de panelas amarillas, ofrecía, cantarín, su mercancía. Ruth tuvo curiosidad y, con un gesto de la mano frágil, solicitó al pequeño vendedor. Con la ayuda de Zhak, que algo entendía del castellano luego de haber trabajado un tiempo en Málaga junto a unos primos sefardíes, supo que aquello era jalea de mango, una fruta sobre la que ella, quizás, había leído alguna vez en un libro. Entre educada y tímida, aceptó el dulce que le tendió el muchacho, dio la mitad a Zhak y engulló su parte con desesperación de fiera, manchándose los labios, que se relamía una y otra vez.

-Zhak, pregúntale si acepta monedas europeas, tengo unas en el bolsillo, que me dejó mi madre.

-Él dice que no le debes nada, que te lo regala, que sabe que tienes hambre.

Cayendo la tarde, el encargado, con su silbato, llamaba a embarcar nuevamente. El cielo estaba despejado, con un azul naval imponente y pulcro. Una radio de pulpería hacía sonar a un hombre que hablaba con la voz ronca. Ruth no quería marcharse, la ataba un lazo terso e invisible. Ya tendría siete décadas para aprender a hablar español.

 

T.M.

Crónica basada en un capítulo de “La historia fabulada III”, de Francisco Herrera-Luque.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s