Cinco obras de teatro que deben ser leídas (V)

“El balcón”, de Jean Genet.

En medio de un territorio asolado por una sangrienta guerra civil, se erige una casa de fantasía en la que los clientes son invitados a “desnudarse en todas las formas posibles”. Los deseos, muchas veces transgresores y profanos, de convertirse, aunque sea por unas horas, en los personajes que nunca pudieron ser en vida, hacen que hombres y mujeres, muy respetados (y hasta temidos), se refugien en este pequeño pero simbólico mundo teatral que funciona como sedante ante la realidad, recrudecida por la pólvora, la sangre, las lágrimas y el miedo. Los magisterios, el clero, los padres de familia, los revolucionarios; toda la “buena” sociedad hace parte en este amasijo delirante en el que el espectador, eventualmente, se sentirá reflejado.

 

“La tormenta”, de August Strindberg.

Una pieza concisa, hecha para el teatro pequeño (el modelo de “Teatro de Cámara” que tanto buscó perfeccionar el autor). Un anciano, casi ermitaño, vive enclaustrado, junto a sus buenos y sagrados recuerdos, en una residencia junto a una honesta e ingenua criada que le ayuda en algunos quehaceres diarios. Durante las últimas semanas, los misteriosos vecinos del piso de arriba, que jamás dejan verse y viven envueltos en una serie de ruidos inexplicables y de horarios extraños, terminarán por encauzar los hechos que, gracias a una de las visitas del hermano del protagonista, desatarán un tifón para el personaje que deberá aferrarse al timón de su propia voluntad para sortear las olas del pasado que arremeterán violentamente.

 

“Corona de amor y muerte”, de Alejandro Casona.

Con fantasía imaginativa y poética exquisita, se nos presenta la perspectiva legendaria en la historia de Inés de Castro y Pedro de Portugal, pareja que logró enfrentarse al poder de la realeza, llevando su romance a los macabros límites que sobrepasan la muerte. Cada personaje presenta una pugna interna entre su referente histórico, el deber para con su pueblo y su vulnerabilidad como ser humano, ejecutando, por esta manera, acciones terribles, aunque vayan en contra de su voluntad. Una escena inolvidable es la del Rey (tan desalmado como comprensivo) “enfrentado” a su nieto y arrojándole el acertijo que lo describía: “¿Qué hombre, qué hombre es, que está ardiendo y siente frío, que mira y no puede ver, que está a la orilla del agua y está muriendo de sed?”.

 

“Las brujas de Salem”, de Arthur Miller.

Basada en los enigmáticos juicios llevados a cabo en el pueblo de Salem, Massachusetts, a finales del siglo XVII, en donde las principales acusaciones eran la práctica de la brujería y las alianzas satánicas; los partícipes en estos sucesos (casi todos basados en personas reales) nos van haciendo intuir el modo en el que un juego de jóvenes se va saliendo de control y arrastrando odios y resentimientos guardados hasta hacer estallar una epidemia de histeria colectiva capaz de desenmascarar el rostro más obscuro de los seres humanos en su costumbre de defender, incluso con sangre, conceptos indemostrables. Una línea destacable, que resume el espíritu de la obra, es la de Proctor, cuando, presionado por el gobernador a admitir un supuesto vínculo con el diablo, responde: “¡Sí, siento que arde en mí su fuego!… ¡Oigo crepitar las llamas que muestran su cara! ¡Y es mi propia cara!… ¡Y la suya!… ¡Y la suya!… ¡La de todos los que tenéis miedo de sacar al hombre de su ignorancia, conscientes ahora de que todo esto es un fraude! ¡Miedo de que se descubra y se luche contra la intolerancia y el fanatismo! ¡Queréis derribar el cielo y ensalzar la mentira!”.

 

“Los bellos durmientes”, de Antonio Gala.

Sexo, amor, drogas, té, éxito, fracaso, familia, vejez; son muchos los cuestionamientos y las reflexiones que se hacen en torno a esta pieza que representa la llegada de Marcos, un cuarentón de mente liberal, al esterilizado mundo de Diana y Claudio, donde todo es pragmatismo y finanzas. Aunque algunas conclusiones puedan caer en lo cursi, la obra va madurando y convirtiéndose en un canto a la tolerancia, a la libre elección en todos los sentidos aunque el entorno parezca aprisionar. Un monólogo valioso es el de Marcos al decir: “El atractivo es un don: compártelo, no lo uses nunca como arma de dominio… Un ser iluminado no es macho ni hembra: está por encima de esas posturas… El sexo es móvil, cambiante, divertido…”.

 

Tomás Marín

Comunicador Social/Periodista Internacional

Residente en Madrid

tomasmarind@hotmail.com

 

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