¿Venezuela merece morir?

Siento que no hay falacia más tonta que el sentir patriótico. Las humanidades (mas no mucha de la humanidad) ha avanzado en investigaciones y debates hasta concluir que nada es, o debería ser, sagrado. Pero nos enseñaron, sin opción a cuestionar, que Venezuela era un país arropado por una especie de bendición mágica; quizás lo sea, quizás no. El haber dogmatizado esta premisa convirtió a Venezuela en una nación malcriada, que siempre tiene una excusa a mano cuando algo le sale mal. Un ejemplo de ello, aunque muy básico, es la selección de fútbol, la intocable Vinotinto. Cuando pierde, siempre la derrota es atribuida a un factor externo: el cansancio, la altura, el arbitraje, el césped; es como una ofensa imperdonable el admitir que, aunque hemos mejorado muchísimo en los últimos quince años, no somos una selección tan buena y no tenemos, por ahora, tanto nivel. Si somos obtusos para observar eso, ¿cómo podremos hacer un diagnóstico apropiado y combatir el problema?

Este planteamiento es sólo un reflejo de lo que ha permeado desde lo social. La mayoría de los venezolanos ha decidido obviar los síntomas, sostener su cáncer en secreto, de un modo similar al que describía Susan Sontag en “La enfermedad y sus metáforas”, cuando ilustró los modos en los que un tumor se hace tabú, entorpeciendo la búsqueda de un proceso certero de curación efectiva.

“Venezuela es el mejor país del mundo”, vociferan muchos, consolándose en un delirio “balsámico”, a la par que ven, a través de los vendajes oculares inútiles, cómo todo se cae a pedazos (literal y metafóricamente). El intermedio es atribuir la destrucción del país al gobierno (esto, técnicamente, no deja de ser verdad, aunque debe ser desmenuzado). El socialismo bolivariano, esa maldición extraña que, al igual que un tsunami, ha arrasado con todo a su paso, ¿es la causa directa del mal; o es el detonante, el campo anárquico que ha dado rienda suelta, a falta de autoridad y de ley, a que los venezolanos hayan retrocedido a ese estado primario en el que el hombre es el lobo del hombre? ¿El venezolano se volvió malo, o afloró lo vil que, al igual que un químico inocuo a la espera de un catalizador, dormía en su interior?

Venezuela es el país del “chalequeo” y la “echadera de broma”, pero se ofende, se “pica” y patalea cuando el venablo va dirigido hacia lo más sagrado que tiene: el concepto y la abstracción de sí misma. Venezuela es un Narciso demacrado que no le quiere hacer caso al incendio devastador que ha ocurrido a su alrededor; cree ser feliz viendo su cara en el último charquito de agua que queda en el suelo. Prefirió mirarse y mirarse antes que apagar las llamas. Morirá chamuscada, pero satisfecha de bucear en el espejismo de su orgullo. Los radicales de la oposición y del gobierno tienen su propias consignas referentes a esto: unos tecleando que el que se fue ya no tiene derecho a opinar, otros gritando: “al vende-patria, ni pan ni agua”.

Venezuela desperdició bonanzas petroleras, gobiernos progresistas y oportunidades únicas e impostergables. Se durmió en laureles (lo más triste de todo es que estos laureles jamás existieron). Ahora despierta, poco a poco, y se da cuenta de que está paralizada, pero, como siempre, no es su culpa.

No tenemos los mejores paisajes del mundo. No tenemos las mujeres más lindas (ese concepto, tan simplificador de la mujer, de por sí es retrógrado). La mayoría de nuestro petróleo es un bitumen que ya nadie quiere. Tener desierto, selva, un poquito de nieve (porque, admitámoslo, hay más hielo en un carrito de raspados que en el pico Bolívar) y montañas no es ninguna particularidad, no es ningún logro; Tanzania, México, Estados Unidos y muchos otros países también lo tienen y no andan presumiendo.

De todas formas, ésas no son las cosas que miden que un país sea mejor o peor, pues este barómetro se halla en la gente. Hay venezolanos muy valiosos, muy dulces y muy buenos. Pero creo, en este punto de mi vida, que la mayoría no lo es. La bondad, que de por sí es un concepto muy difícil de definir, muestra su exceso o su defecto en las condiciones extremas. Como decía el aforismo de Tagore: “se sabe si brilla cuando llega la obscuridad”.

Tengo una amiga que necesita de ciertas pastillas para vivir. Consiguió, con una revendedora, una caja por precio de diez mil Bolívares. Cuando la negociación estuvo a punto de cerrarse (fíjense que, para conseguir una simple medicina, hay que emplear términos que parecieran sacados de una novela de mafiosos), la revendedora se enteró de lo necesarias que eran estas pastillas para mi amiga, por lo que le exigió, además del pago, jabón, detergente y aceite. ¿De qué sirve tener un Roraima y un Salto Ángel cuando tienes monstruos así conviviendo contigo?

Cuando ocurrieron las inundaciones en Apure, en 2015, se realizó una colecta de donativos consistente en medicinas, insumos, alimentos no perecederos y agua (triste ironía). Se descubrió, pocos días después, que la Guardia Nacional, encargada de repartir y administrar la ayuda, extorsionaba a las víctimas al vender, (a precios altos, para colmo) la ayuda que las víctimas de los siniestros requerían con urgencia. ¿No es momento de replantearnos la cuestión de si el venezolano es tan “chévere”, como dicen por ahí?

Nunca he creído en la apología del delito, aunque mis circunstancias, desde un punto de vista materialista-marxista, dan puerta abierta a que mi posición en ese aspecto sea  subjetiva y discutible. En el “Caracazo”, esa bandera que Chávez nos vendió como una rebelión del hambre, fueron saqueadas licorerías por doquier. Desconozco las propiedades alimenticias del ron y del whisky, pero creo que, cuando tienes hambre, no vas a saquear una licorería. El “Caracazo” no fue más que un robo en masa convertido en fenómeno mediático y político.

El crimen en Venezuela no es más que la materialización nietzscheana de la voluntad de poder, del placer que siente el delincuente al empuñar armas blancas o de fuego y saberse capaz de decidir sobre la vida y el sufrimiento de los demás. Al igual que el nativo-americano, que, al no estar consciente del valor del oro a causa de su abundancia, lo entregó a cambio de baratijas, el pistolero, al criarse entre la abundancia de la sangre, piensa que ésta no es valiosa, que no es grave derramarla. ¿Esto lo exime de culpa?, naturalmente, no. La voluntad de poder y el placer casi sexual de decidir sobre otro se manifiesta en muchas formas: en los funcionarios públicos que juegan con tu desesperación y con tu tiempo, que se dan importancia, importancia con la que buscan maquillar su complejo; en la revendedora de las pastillas de mi amiga, en la telefonista maleducada.

En Venezuela, nadie es “huevón”, el “huevón” siempre es el otro. “Yo no soy ningún huevón”, siempre dice alguien con entonación que celebra su “superioridad”, muchas veces acompañada de un “Yo no me dejo joder por nadie”. En vista de esas circunstancias, yo, Tomás Marín, me declaro el único “huevón” que ha nacido en el país. Me criaron para ser “huevón”: para dar paso, para no saltarme el puesto en la fila, para no hacer trampa en mis estudios, para respetar el semáforo, para ser cortés aunque esté de mal humor, para, muchas veces, sacrificarme a fin de evitar el conflicto. Es por eso que Caracas me tragó vivo, es por eso que Venezuela me dio empellones una y otra vez. Es por eso que me fui, aún sabiendo que, quizás algún día, tendré que regresar humillado y triste. Me fui con el sueño de hacer arte, de hacer comunicación, de llevarme lo bonito de Caracas, de desprenderme del comunismo y de tener una novia escandinava que dé paso, que no se salte el puesto en la fila, que no haga trampa, que respete el semáforo, en fin, que sea tonta, como yo.

T.M.

 

 

 

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6 comentarios en “¿Venezuela merece morir?

  1. Bravo Tomas! Por fin alguien comenzo escribir lo que yo desde siempre estube diciendo.Lo que pasa que cuando lo estube diciendo , por tener acento de no hablaepana , todos me estaban mandando 2pa mi pais” preguntando que hago en Vzla. Asi que se te olvido escribir todavia de forma mas destacada sobre falta de criticismo y tambien sobre la xenofobia muy fuerte en vzla.No te crrees, yo durante este 25 años que vivo aqui no hay ni una semana libre de un ataque con la base xenofobica contra mi. pero si-cuando de habla sobre Vzla , los venezolanos primero que destacan es la tolerancia, hospitalidad.No la hay. Igualmente como no existe Vzla “el pais mas bello del mundo y las venezolanas mas lindas del mundo”-como por fin claro y raspado expresaste.Expresaste la verdad. doy gracias a Dios que existe por lo menos un solo venezolano que tiene la mente y jucio clarpo.Saludos, Tomas

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  2. Creo que hay mucho de cierto en La mirada que das a la Venezuela Obscura, que existe, dolorosamente existe. Pero tambien existe la otra Venezuela .
    Tomás.No te puedes abrograr el derecho de ser Tomás Marin, el único Venezolano “g#$%”. Creo que somos muchos mas asi, y no somos extraterrestres o foraneos a esta Tierra que tiene Claros y Oscuros, llena de matices y hoy por hoy, deflagrada. Ya Uslar Pietri hablaba de los “pendejos”. Pues bien, creo que somos muchos los que calzamos como “pendejos honorables” , ciudadanos de un pais Potencialmente posible, No Inasible. Pero, reconociendo que solo una Mirada honesta y coherente puede develar la Integridad esencial de muchos Venezolanos que, fuera o dentro del país tendremos la Intención convertida en Acción sensible y decidida para convertir lo potencialmente bueno en Cinetica del Movimiento Humano con Valor y Dignidad.

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  3. Un reflejo muy claro de una de las caras de Venezuela pero que si te pones a pensar demasiado lloras, ya esta claro que uno tiene los sentidos despistados pero me pregunto si uno va a dejar de buscar el porque y empiese a buscar el como, el como empiezo a cambiar tus palabras son muy buenas y sieretas

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