Memo

El 2017 acaba de nacer. El salón de fiestas de la Hermandad Gallega, aunque no está tan concurrido como en años anteriores, luce alegre. Los papelillos vuelan circulares por el piso, impulsados por el aire que genera el pasar de los zapatos elegantes de los comensales. Una solterona, ya embriagada, pide risueña, al mesonero, un refill de champaña para su copa. Un gordo, con un cintillo de luces, se desamarra la corbata y se ajusta el larguísimo cinturón. Timbales, guitarras y otros instrumentos aguardan en la tarima. Me besas en la sien. “¿Qué súper planes tienes para este año, Tomás?”.

Entre vítores y aplausos, aparecen los músicos; se ajustan, calibran, cuentan el tempo y tocan con la exquisita afinación que sólo da la experiencia. Un señor respetable, con traje impecable y carisma al caminar, se apodera del micrófono, da las buenas noches y canta. Ya se han formado las primeras parejas de baile. Esa música, como dice mi padre, alegra hasta a un muerto. Con un pasapalo de hojaldre en la mano, acercas tu boca a mi oreja:

-Tomás, ¿quién es ese carajo?

-¿Qué?

-¿Quién es ese carajo?

-¡Memo Morales!

-¿Quién?

-Memo Morales, hija mía, ¿no sabes quién es Memo Morales?

-Nop.

-¡Uno de los cantantes más famosos de la Billo’s!

-Ah.

Tras un breve rato de boleros y pasodobles, me sugieres salir a orearnos. Ante mi negativa, te sientas en una silla cubierta por tela gruesa cuyo espaldar está adornado por un lazo naranja que, seguro, no se ha lavado desde que Lusinchi era candidato; cruzas los brazos y exhalas. Tu malcriadez me hace tornar los ojos hacia arriba y consentir tu capricho. Abrimos la pesada puerta de vidrio y nos vamos.

Tu vestido vinotinto no te cubre los hombros, tienes frío. Te ofrezco mi chaqueta, la aceptas con una sonrisa, te cubres con ella, te queda gigante, sólo te falta el antifaz y la espada para que seas “El Zorro”. El concierto aún se escucha. Está desierta toda el área de la piscina, cuya agua, aclarada por los bombillos, refleja y refracta líneas luminosas; podríamos cometer mil crímenes y nadie se enteraría. Nos echamos en una tumbona, nos acurrucamos. Un fuego artificial explota en verde y en rojo sobre una barriada lejana. La algarabía se detiene de repente, no le prestamos atención, alguna falla eléctrica interna habrá apagado los amplificadores. Un seguridad, al pasitrote, sale del recinto y se comunica por el walkie talkie: “Menéndez a caseta, Menéndez a caseta, cuando llegue una ambulancia, déjenla pasar inmediatamente y que se dirija lo más cercano posible a la sala de fiestas”. Arqueamos las cejas, nos levantamos de nuestra comodidad. Algo grave pasó.

 

T.M.

 

 

 

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s