Estampa de la Caracas trasnochada

Nos desplazamos a bordo del viejo Corolla de Pinky, parece un milagro que siga rodando luego de tantas décadas prestando servicio. El viento gélido de la Caracas madrugadora golpea nuestras caras a través de las ventanas abiertas, es refrescante y delicado en su violencia. La Francisco Fajardo está desierta, tan sólo dos lejanas luces de vehículo, cual pareja de cocuyos enamorados, se asoman en la distancia. El manto negro del cielo se va destiñendo, casi son las seis de la mañana. No existe miedo, sólo hay risas que son epílogo a nuestros chistes y juegos de palabras; hay euforia en nuestras cabezas, hay alcohol en nuestra sangre.

Pinky, el conductor, es el único que no está embriagado con ron del malo; siempre ha sido un muchacho responsable y maduro. En la emisora que capta el reproductor, se escucha la voz de Horacio Blanco cantando junto a Cuarto Poder, es una fusión de rap y ska que predica a favor de la tolerancia. Los bucles amarillos de María Cristina, quien va sentada en mis piernas, son sutiles látigos que, despeinados por el aire, me azotan la nariz. Navegamos, como exploradores de una novela de Verne, en búsqueda de una arepera, debemos calmar el hambre y despistar al trasnocho. Nos apretujamos ocho personas en un carro de cinco puestos, somos sardinas en lata que sueñan con sentirse libres.

Venimos de casa de Patilla, en Caurimare; ella se ha pasado parte de la velada contándonos sus experiencias liberales en Suiza y en Boston. Leímos, en voz alta, ensayos y cuentos de Salvador Garmendia amenizados con galletas de soda, Doritos chiclosos y mezclas bizarras de Ponche Crema y Blue Curaçao. Jugamos fútbol americano utilizando una vela gruesa como balón, nos revolcamos en la grama e hicimos una montaña unos sobre otros. Cantamos y gritamos el nuevo sencillo de Caramelos de Cianuro: “…Y he aprendido que amar a dos es igual a no amar ninguna”, hay un pedazo de la letra que no entendemos y que nos hace discutir. Nos tomamos fotos tontas que, dentro de diez o veinte años, nos harán reír; el tiempo se ha congelado y se ha convertido en una pieza de museo que apreciaremos cuando ya no seamos tan divertidos.

Un mesonero, con un chaleco que pretende simular la piel de una vaca, nos atiende con amabilidad, tiene el semblante del hombre tempranero y descansado. Los jugos de parchita y las reinas pepiadas nos avispan, estamos en un oasis. Suena un celular, una de nuestras madres está preocupada y sólo quiere saber si estamos vivos, si estamos seguros, si estamos acompañados, si estamos bien. Nos dividimos la cuenta, un cúmulo de billetes y monedas, procedentes de distintos bolsillos, es reunido sobre el mantel, parece la mesa de un crupier de Las Vegas, sólo que sin cartas y sin fichas. Fantaseamos con ser filósofos ontológicos y artistas alternativos, Caracas nos necesita y nosotros necesitamos de ella.

 

T.M.

 

 

 

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