Caracas arde, Alejandra

Caracas arde, Alejandra; el asfalto hierve entre torres de humo y círculos de fuego. La gente, empapada de adrenalina, corre impulsada por una tempestad de hartazgo y de pánico, no se regalan ni un minuto para detenerse a mirar. Los hombres armados, desde sus corazas distópicas, escupen y disparan mientras dan gracias al dios que les ha concedido ese trabajo. Las vallas y los afiches se prestan, en sacrificio, para la construcción de barricadas, toda defensa es noble en el ensayo de una guerra civil. Nuestro mundo, gangrenado entre tenazas, va sufriendo infartos progresivos, el torrente se ha detenido tras la tercera detonación.

Las bombas, Alejandra, son fantasmas que cada vez dan menos miedo, no tienen más rúbrica que una fecha vencida y una danza en espiral. El monstruo, vomitando los últimos restos de su bilis negra y venenosa, se tambalea mientras suda frío, arroja lamentos de pólvora que son rugidos de titán moribundo. Los malvados, con yesqueros y látigos, se devoran a dentelladas; sobre los rateros, temblorosos y minúsculos, cae todo el peso del derrumbe. Los celulares, aguantando los golpecitos de dedos veloces, encauzan la estampida de mensajes de calma y noticias falsas: “Mami, estoy bien, me he resguardado en casa de Paty. Te amo”; “Cuatro millones de cadáveres desperdigados en medio de la avenida Universidad”. Los cínicos, con la cara desdentada y los estómagos vacíos, se ríen nerviosos, sueltan la carcajada histérica del condenado que ve brillar, camino al cadalso, el hacha del verdugo.

Nuestros soldados, Alejandra, no cuelgan dagas curvas de sus cinturones ni se protegen las cabezas con cascos de centurión; hacen más respirando en Caracas que todos los que, desde el extranjero, ondeamos banderas tricolor y componemos poemas insulsos e idiotas. La historia escribe sus páginas sobre kilómetros de ruinas que una vez fueron ciudad, en aquel césped en donde papá nos llevaba a jugar y a comer helado cuando éramos niños, en aquel caballito descascado que nos hacía felices porque no estaba jineteado por el imbécil de Bolívar.

Anoche soñé contigo, Alejandra, tratábamos de sacarle melodías a un organillo diminuto; nuestro inconsciente nunca será domado por tanquetas ni ballenas, un PNB se hace pedazos en los espacios oníricos en donde tenemos el derecho inalienable de andar contentos. Me siento mal estando acá, me sentiría mal estando allá; a veces siento que he nacido para ser un nómada abrigado por el recuerdo del recuerdo del recuerdo de un país. Qué bien vendría otro abrazo tuyo, Alejandra, otro cuento de hilandera, otra tertulia literaria calentada por el humo de un café. Pero Caracas arde, Alejandra, y, entre tantos santos muertos, eres mi única heroína.

T.M.

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