Ojalá gane Pablo Iglesias

Mi mamá, con casi dos días sin dormir, arrastra su maletín con amargura y cansancio, la falta de sueño es la peor enemiga de la cordura. Mi papá y yo, que hemos estado despiertos durante el mismo tiempo, nos sentamos en el piso de granito; por fin hemos llegado a España luego de las interminables horas del agotador viaje que, saliendo de Caracas, hizo una larguísima escala en Bogotá. El aeropuerto de Barajas, con un inquieto fluir de personas a las diez de la mañana, nos brindará seis horas de descanso hasta que abordemos el avión que nos trasladará a Viena, vamos a visitar a mi hermana. Nuestros ojos, opacos y rojizos, buscan, en la pantalla que anuncia las salidas, el número y la puerta que coincidan con nuestros boletos. Los altavoces, con voz nítida, repiten su mensaje una y otra vez: “Bienvenidos al aeropuerto Adolfo Suárez de Barajas”.

Las mesas de revisión de equipaje, largas y esbeltas, están repletas de bártulos que son revisados por los encargados de seguridad, es un proceso mecánico y veloz. La correa, incansable, va transportando bolsos, laptops, morrales y celulares hacia el arco de rayos X, cualquier elemento sospechoso hará activar la alarma. El monitor, antiquísimo, muestra un fondo blanco sobre el que desfilan formas y figuras indescifrables ante la atenta y seria mirada del inspector, quien tiene un dedo sobre el botón rojo, listo para activarlo ante cualquier anomalía. El cierre del maletín de mi papá es abierto, con cierta violencia, por las manos enguantadas de una señorita uniformada. Un tarrito de Nucita, sellado, origina la discusión entre mi padre y la señorita; yo lo había encontrado, una semana antes y después de mucho buscar, en un centro comercial medio destartalado de Prados del Este y, como sé que a mi hermana le encanta, se lo llevaba como obsequio.

-¿Qué es esto, señor?

-Nucita. Es un dulce muy famoso en Venezuela. Se lo estamos llevando a mi hija.

-Pero esto no puede ir aquí.

-¿Por qué?

-Está prohibido.

-Pero no nos dijeron nada en Venezuela ni en Colombia.

-Lo siento, señor, pero esto es la Unión Europea.

-¿No hay manera de llevarlo en la maleta de equipaje?, aún falta mucho para el vuelo.

-Eso no es asunto mío. Yo lo que sé es que esto no puede pasar de aquí.

-Pero es un regalo para mi hija.

-Lo siento, señor.

-¿No puedo hablar con alguien para ver si es posible llevarlo a equipaje? Revíselo si quiere, no tiene nada.

-No

La señorita, parsimoniosa, arroja, con displicencia, el tarro de Nucita, aún sin abrir, en las fauces circulares de un contenedor de basura; el proceso debe continuar, no puede detenerse. Mi papá, con frustración evidente en su cara, rellena el Maletín y se lo cuelga en el hombro, no podemos darnos el lujo de enlutarnos por el dulce caído en desgracia; tanto nadar (desde Prados del Este) para morir en la orilla (de Barajas). Mi mamá, incólume, se nos ha adelantado varios metros, ya sólo queda pensar en Viena. Mi papá, alejándose hacia la zona de las tiendas, se voltea y pronuncia, a la señorita, una de las frases más épicas que he escuchado alguna vez: “Ojalá, algún día, gane Pablo Iglesias, para que tú sepas lo difícil que es conseguir un dulce en un país destrozado”. La señorita, acomodándose el flequillo y sin dejar de trabajar, exhala un suspiro a la vez que responde con alivio: “ni lo quiera Dios, señor, ni lo quiera Dios”.

 

T.M.

 

 

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