¡Epa, se volvió loco!

Ignacio, luego de peinarse hacia atrás el mechón que se balanceaba sobre su frente, enlaza un nuevo nudo en su pulsera roja y negra del Milan, los hilos están ya casi desteñidos. Luis Benjamín, casi gimiendo a causa del cansancio, se arremanga la chemise azul en cuyo brazo hay un delfín bordado, es la rúbrica de la textilera en la que trabaja su madre y que le brinda el 50% de su vestimenta. Yo, secándome de la cara el sudor que empapa mi gorra/boina de los Leones (equipo que, a fin de cuentas, no me gusta), arrojo, con la mayor cantidad de fuerza que me es posible, la agrietada pelota de goma con el siniestro objetivo de “quemar” a Juan Pablo, he fallado por sólo unos centímetros. El recreo, reposo en medio de las tediosas charlas de octavo grado, aún dispone de algunos minutos de vida, mas todo tiene su final, y lo sabemos. El sol, fresco pero cálido, abrillanta el asfalto del escondido patio en el que nos hallamos; en teoría, no podemos jugar allí, pero nos sentimos la banda de Al Capone.

María, encargada de atender la casi clandestina cantina que está al lado, saca, desde una cava de anime, un paquete de chistorras, empacadas al vacío, que su esposo ha traído directamente desde Madrid; tienen una pinta increíble, parecen brillar. La plancha, recién lijada, comienza a exhalar esa especie de vaho que desprenden los elementos a exceso de temperatura; todos estamos asomados sobre el mostrador, es un espectáculo hechizante. La manteca, al hacer contacto con la ibérica mezcolanza de carnes de cerdo, da su nota característica: tsssssssst, ese sonido inconfundible de la fritura que, a los catorce años de edad, en pleno bachillerato, no es una amenaza para el físico ni para la salud. Los panes canilla, que desprenden migas desde su corteza al ser abiertos de tajo con un cuchillo afilado, son adobados con salsas que preceden al relleno principal; una composición dadaísta de blancos, rojos y naranjas sobre un lienzo beige de harina de trigo. Las latas de malta, que anuncian un sorteo en el que, supuestamente, hay miles de premios, escapan, en fila india, desde la nevera promocional; están heladas, cubiertas de gotas frías que asemejan al rocío de Eos.

Luego de digerir, en siguiente recreo, nos dividimos en dos equipos y ponemos a rodar el viejo balón Adidas que Luis Benjamín ha traído desde su casa. Yo, sin pensarlo, me coloco de portero; durante el último año, en los juegos que he disputado en el colegio y en el Club Miranda, he descubierto que no soy tan malo. Ignacio, hábil con las piernas, regatea a Luis Alejandro mientras éste, con movimientos bruscos, intenta contraatacar; Ignacio imita, con exagerado y gracioso acento, a los narradores argentinos de la televisión por Cable.

-Ahí va Ignacio Ayala, la estrella del Milan, miren cómo se la lleva.

-Marico, te la voy a quitar.

-¡Epa! Luis Alejandro no sabe qué hacer, el público delira.

-Bro, de qué te sirve presumir tanto, si no puedes avanzar.

-Los camarógrafos aman a Ayala, Dios mío, no puede ser esta habilidad. ¡Qué Ronaldinho ni qué Ronaldinho!

Luis Alejandro, frustrado aplica la de muchos profesionales, empuja a Ignacio, éste cae al suelo, no se hace daño.

-¡Epa, se volvió loco! ¡Una falta digna de roja, señores, una falta digna de roja!

A nuestro mundo, de FIFA, de salidas al cine con las muchachas del Andes, de deportes improvisados, de rock y de almuerzos compartidos los viernes en nuestras casas, no le dista mucho para ser perfecto. La Venezuela de 2004, con todo y sus traspiés, aún es un país habitable; todavía es una atmósfera para que un grupo de amigos adolescentes pueda ser legítimamente feliz. Hoy en día, trece años después, cuando el comunismo ha terminado de arrasar con todo, sólo quedan las ruinas y un grupo de adultos dispersados, esperanzados, tristes, hacedores de proyectos, que se ven, de vez en cuando, sólo para lamentar el presente y sonreír al pasado. El tiempo nunca está a gusto con lo que tiene, siempre quiere más. Con las dictaduras sucede igual, con la única diferencia de que, al final, el mismo tiempo, al igual que el timbre de nuestro recreo, les anuncia que llega el final y las convierte en sangre y polvo.

 

Tomás Marín.

 

 

 

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