Un yogurt con 17 toppings

La Carlota, bajo las nubes grises, era un campo de guerra; iban y venían fotogramas y pinceladas de lo que, cada vez más, parece una guerra civil. Las detonaciones, veloces y vivaces, tronaban sin recato por todos los rincones; nadie sabía hacia dónde mirar. La Guardia Nacional, organizada en barricadas móviles, cerraba el paso cada vez más estrecho;  las posibilidades de huir iban despareciendo. Un Schnauzer, desorientado y tembloroso, escondía la cola entre las patas; tenía amarrada una bandana tricolor que era el epítome de mucha estupidez. Los escudos, pintados con diversas consignas patrioteras, resistían la represión rigurosa; ¿qué sería de las dictaduras si no existiese la fuerza bruta?

Andrea, tras experimentar un dolor que no le era familiar, cayó al asfalto; un proyectil la alcanzó por la parte del talón. Tres encapuchados, profiriendo gritos que parecían un lenguaje ajeno, la levantaron y la llevaron a un lugar más seguro; Andrea, recostada, veía todo el enfrentamiento, experimentaba, en carne propia, una suerte de teicoscopía. Las líneas telefónicas, al igual que los paramédicos directos, estaban colapsadas; Andrea tenía que esperar mientras sentía el contacto del plomo y el hueso. Otros manifestantes, de distintas e impensables formas, iban colapsando; parecían pinos débiles en la mesa de un mal boliche. Un motorizado, identificado con una cruz verde y simétrica, la ayudó a subir al vehículo; a toda marcha se fueron a la clínica.

Por suerte, Andrea, ya pasados unos días, está fuera de peligro; hoy, o mañana, la dejarán irse a casa. Andrea, durante una época, trabajó en la misma franquicia de Yogen Früz en la que su papá servía de gerente. Cuántas veces no habremos comido con descuento (y, a veces, gratis) gracias a ella. Sin embargo, hubo una en especial que es la que me encantaría recordar en este texto.

Volvíamos de casa de Juan Pablo. Andrea, ebria, al igual que yo, cantaba, sacando la cabeza por la ventana del copiloto, una estrofa de Desorden Público: “Y eso mismo ocurre a todos, placeres que vuelven loco, que tu cuerpo sea tu reino, marcha hereje hasta el infierno”. El cinturón de seguridad, siempre tolerante, se enroscaba y se desenroscaba al mismo ritmo de los movimientos coreográficos de Andrea; el sonido, apenas distinguible entre el de las bocinas, me daba risa nerviosa: “fuuuush”, “wuiuuuuuu”, “fuuiuuushh”. La autopista, como es costumbre en la Caracas de madrugada, estaba casi desierta; las vallas, a veces, son las mejores acompañantes para los conductores solitarios. Dos luces de policía, azules y rojas, daban, a lo lejos, vueltas sobre su eje; lo poco que quedaba de autoridad para esa época.

-Tomás, tengo una idea.

-¿Cuál, Andrea?

-Adivina qué tengo en el bolso.

-¿Un Triceratops?

-No.

-¿Dos Triceratops?

-¿No tienes hambre?

-Siempre.

-Tengo las llaves del Yogen Früz.

-Vamos, pues.

Mal estacioné, un poco a la intemperie, sobre la acera. Nos bajamos. Andrea, tras sacar las llaves de su bolso y luego de más de quince intentos (no exagero), abrió el candado de la santamaría y luego la puerta del local. Cerramos todo luego de pasar. Andrea, un poco a tientas, encendió las luces y activó unos suiches que hicieron girar las máquinas a las que les colocaba la mezcla contenida en unos grandes envases asépticos. Desde una alacena, extrajo un bol plateado.

-Tomás, ¿de qué lo quieres?

-Andrea, eso es demasiado grande.

-Tú dijiste que tenías hambre. Vamos a llenar esto de yogurt helado y nos lo comemos.

-¿De qué hay toppings?

-De todo.

Galletas, chocolate, sirope, maní, avellanas cubiertas, chispitas. La mezcolanza, a pesar de lo grande del bol, parecía que se iba a desbordar. 17 Toppings. Nos sentamos en unos cojines rosados y comimos, al igual que dos niños. Fue un crimen precioso, un robo sin víctimas y con mucha alegría (aunque, evidentemente, no nos lo terminamos), un campo de dulce guerra, no como La Carlota.

 

Tomás Marín

 

 

 

 

 

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