Nuestra propia Antártida

Fabiola, subyugada a la hambrienta ansiedad de las horas del mediodía, abre violentamente la puerta del congelador; tiene esperanzas de conseguir algo rápido que pueda calentarse en el microondas. La escarcha blanca, como un caos salido de la caja de Pandora, vuela por todos lados celebrando su libertad; es un diminuto invierno eléctrico. Una hallaca de hojas obscuras, que ha estado hibernando desde el diciembre pasado, parece suplicar por eutanasia; da la impresión de ser un alpinista abandonado a su suerte en una cumbre del Himalaya. Los cubitos, amoldados a los espacios de la antiquísima hielera azul, se han convertido en siameses con más ataduras que cuerpo; han formado una superficie en donde las hormigas podrían hacer patinaje artístico. Varias botellas de plástico, totalmente empañadas, descansan en posición horizontal; quién sabe cuánto tiempo han estado allí.

Tomás Marín

 

 

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