El cuarteto de Nos y la Caracas triste

Anoche soñé que El cuarteto de Nos estaba tocando en Caracas. El escenario, ubicado en medio de una calle que era como una mezcla entre La Floresta y la Cota Mil, no era mucho más que una modesta tarima de madera humildemente armada. El público , que llenaba poco más de la mitad del lugar, se distribuía entre el asfalto y una grada portátil que algún colegio había puesto en préstamo para la ocasión. No centelleaban grandes luces, la única iluminación artificial era proporcionada por unos simples bombillos dispuestos a lo largo de una sobria tramoya.

El cuarteto estaba ahí casi como parte de una voluntaria ayuda humanitaria; sabían bien que esa tarde no resarciría ni siquiera los desplazamientos y el hospedaje en Venezuela. Los miembros de la banda, de vez en cuando, enviaban palabras de aliento e intentaban romper el marcado ambiente de abulia con buenas canciones, juegos de palabras y la invitación abierta a quien quisiera subir a cantar o tocar junto a ellos. Parecía más una sesión de jamming que un concierto propiamente. A pesar de todo, los asistentes no tenían la algarabía propia de un espectáculo de rock; algunos apenas se movían, otros estaban de brazos cruzados. La crítica y deprimente situación del país era una gris atmósfera que todo lo abarcaba.

Caracas estaba nublada y húmeda. La música terminó en la tarde; había que aprovechar la luz del día para volver a las casas y evitar a los asesinos y ladrones, más abundantes que nunca. Los pocos autobuses estaban repletos, las personas se amontonaban dentro y fuera y ninguno quería irse a pie. Nadie quería morir asesinado a disparos, nadie quería ser ése maldito número rojo que engrosa y engrosa la patética estadística.

Quizás, algún día, El cuarteto de Nos vuelva a tocar en Caracas; quizás no. Es difícil sopesar lo que ocurrirá primero, si su retiro de la música o la caída de nuestra tiranía. El futuro siempre es incierto cuando el presente está tomado por las grotescas zarpas de una dictadura militar. Pero eso sí: Tengan la certeza de que en la VI República (nazca ésta tarde o temprano), el rock será más dulce que nunca, imbuido en esa inenarrable ambrosía que sólo poseen los países que tienen algo de paz.

 

Tomás Marín

 

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