Édgara Lampou

el

Édgara Lampou, víctima de un aburrimiento atroz, notó que el cielo de aquella noche estaba más obscuro que de costumbre. Subida a una silla que estaba encima de otra silla más grande, desempolvó la roída caja de cartón que el viejo señor Polazzi le había regalado dos navidades atrás. Contó, con una concentración monacal, cada una de las cobrizas moneditas que, en conjunto, formaban una considerable montaña. Contenta y satisfecha con su fortuna metálica (que se guardó de inmediato los bolsillos), abordó su bicicleta y marchó hacia la zona de comercios.

Édgara Lampou, con actitud de magnate prepotente, vació sobre el mostrador la totalidad del dinero. Con un gesto similar al de una estatua cesárea, señaló un telescopio naranja de mediano alcance. Exigió, como parte fundamental e irreductible del pacto de transacción, que el telescopio fuese envuelto en dos capas de papel. Con cuidado e ilusión, colocó su nueva adquisición en la cesta frontal de su bicicleta. Pedaleó, con incansable energía, a lo largo del camino repleto de farolas que la llevó de nuevo a casa.

Édgara Lampou, con una sonrisa que hundía hoyuelos en sus mejillas, colocó el telescopio arriba de su mesita de café. Con violencia aristocrática, apartó de un manotazo un rompecabezas a medio terminar que pretendía dar la imagen de un bohemio callejón parisino. Despojó, con la sensualidad inherente al caso, al aparato de  sus ropajes de protección. Extasiada y sudando, contempló al telescopio de lentillas impecables durante nueve preciosos minutos. Apuntó, con decisión y movimientos de experta, el objetivo hacia el firmamento.

Édgara Lampou, entretenida como quien disfruta con una buena obra de teatro, visualizaba los cráteres, los mares secos y la mancha con forma de conejo que está estampada en la superficie de la luna. Embriagada de luces y contrastes, su fantasía ataba cabos y creaba personajes que se debatían entre tramas y conflictos de gran profundidad. Anotó, con la punta gruesa de un lápiz adornado con rombos, todas sus hipótesis y elucubraciones. A través de largas parrafadas apoyadas por diestros dibujos, relató acerca de plantas, de animales cornudos que tomaban té azul mientras discutían sobre revistas de mitología de vanguardia, y de paisajes chafados a pesar de la falta de gravedad.

Édgara Lampou, quizás en broma o quizás en serio, publicó sin correcciones los textos de aquella sesión. Altiva y calmada, aseveraba que sus descubrimientos habían sido aprobados por una supuesta prestigiosa academia científica de Edimburgo. Editó, tanto en versión de bolsillo como en tapa dura, millares de volúmenes que se fueron haciendo más y más cotizados. Rodeada por periodistas y paparazzis, se desplazaba con la ayuda de escoltas. Dio, con presentaciones de Power Point y firmas de autógrafos, ruedas de prensa que eran retransmitidas a todos los confines.

Édgara Lampou, cansada, notó que ya era la hora de dormir. Vestida con su pijama olorosa a suavizante de algarroba, se envolvió entre las sábanas. Y rió, y rió, y rió.

T.M.

 

 

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3 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Maria Milagros dice:

    Me encantaría leer lo que Édgara escribió contemplando la luna!

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    1. tomasmarind dice:

      Este cuento está basado en un suceso real. El periodista Richard Adams Locke, en 1835, publicó una serie de artículos en los que aseveraba que un gran astrónomo había descubierto una serie de seres fantásticos en la luna. Mucha gente se lo creyó. Edgar Allan Poe, astrónomo aficionado, desmintió los hechos, pero pocos le creyeron hasta que se confirmó que todo era una farsa.

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  2. tomasmarind dice:

    Este cuento está basado en un suceso real. El periodista Richard Adams Locke, en 1835, publicó una serie de artículos en los que aseveraba que un gran astrónomo había descubierto una serie de seres fantásticos en la luna. Mucha gente se lo creyó. Edgar Allan Poe, astrónomo aficionado, desmintió los hechos, pero pocos le creyeron hasta que se confirmó que todo era una farsa.

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