De cómo Barbanegra se volvió Barbanegra; por Tomás Marín

La señora Cándida, protegiendo sus ojos del sol con la ayuda de la palma de su mano, lleva más de una hora y media esperando en la cola; no tiene mucha esperanza, pero la desabrida consigna de “Protesta con tu voto” la hizo salir de su casa y querer contribuir, aunque sea con un granito de arena, a la utópica causa democrática. Una gorda cincuentona, con el pelo pintado y uniforme de la milicia, grita y disfruta arreando a los ciudadanos que ya ejercieron sugfragio; pretende maquillar, con su “autoridad”, su perenne complejo de ser una nadie, de tener el papel de una miserable y prescindible rueda dentada en el cada vez más sólido e impermeable engranaje dictatorial.

Dos guardias nacionales, larguiruchos y con los rostros moldeados por las muecas del hambre, llevan a rastras a un raterito que quiso hurtarle el celular a una doña encopetada; algunos espectadores aplauden el espectáculo y se sienten orgullosos. El estado general de ánimo, que otrora fuera euforia y esperanza de victoria, hoy está alicaído y marchando por mera inercia; el gobierno ha cumplido a cabalidad su objetivo a largo plazo de ahogarnos con su éter, de dejar en claro que él y sólo el controla y tiene todas las llaves.

Ramos Allup, ya con la máscara caída y con la vena de adequismo oportunista hinchada en su faz de viejo roedor, publica un artículo de opinión en el que se propone convencer a cuatro incautos de que ir a las urnas es la decisión más sabia; fantasea y se regodea porque sabe que es muy probable que él será el candidato presidencial de la farsa electoral de 2018. Durante los sanguinarios e inolvidables meses de las protestas, más de 120 venezolanos fueron a las urnas (y no precisamente a las del CNE) porque, en su desespero, creyeron en la llamada a la calle orquestada por una dirigencia que, no conforme con sacrificarlos, negoció sus vidas con el enemigo a cambio de cinco gobernaciones.

Ayer hablaba por teléfono con Ninoska, una amiga de Caracas. Comentábamos, entre mucho delay e infinita amargura, sobre el hecho de que, si pudiésemos viajar en el tiempo hasta 1998 y advertir de todo lo que ocurriría después, nadie nos creería; nos llamarían locos, exagerados e intensos. Hasta hace algunos meses, se podía decir que en Venezuela había dos fuerzas que competían, que disputaban (aunque injustamente). Hoy, el chavismo es la fuerza única. La “oposición”, por estúpida, por torpe, por avara, por demagoga, por farandulera, se desintegró y entregó la cabeza del país (al igual que el mito de Salomé y Juan el Bautista) en bandeja de plata.

Nos bombardearon por ambos flancos, el rojo y el azul, y nos destrozaron. La batalla se hundió porque nuestros propios capitanes (al igual que hizo Barbanegra con el Queen Anne’s revenge para quedarse con el tesoro) perforaron la flota. A mala hora descubrimos que no eran más que corsarios y filibusteros que nos obligaron a caminar por la borda hasta caer al mar. Ellos se quedaron con el botín, ellos incendiaron nuestra labor e izaron el pendón negro de las tibias y la calavera. La señora Cándida no quiere volver a salir de casa más que para trabajar y sobrevivir mientras el buque, herido de muerte, naufraga. No quiere darle su voto al chavismo, llámese PSUV o Mesa de la Unidad.

Tomás Marín

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